domingo, 2 de agosto de 2026

Primera parte sobre El doble.

Golyadkin nunca abandonó San Petersburgo. Solo cambió de nombre.

Su tormento no era lo que hacía, sino lo que los demás creían de él al hacerlo. Medía gestos, calculaba saludos, leía cada silencio como una sentencia. Mucho antes de que existiera una pantalla, ya existía la obsesión por la imagen proyectada.

Cuando su doble irrumpe, no llega un adversario ajeno: llega la versión más hábil, más simpática, mejor recibida — todo aquello que él no consigue ser ante los otros, ahora caminando por su misma calle.

Hoy esa escena se repite sin necesidad de duplicado alguno. Basta el perfil cuidado, la versión pulida que se exhibe mientras la genuina —la que sostiene el verdadero peso— permanece relegada.

Dostoievski, en 1846, ya intuía que esa parte relegada termina exigiendo su lugar.

Inspirado en Dostoievski.

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