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jueves, 17 de septiembre de 2026
lunes, 14 de septiembre de 2026
martes, 25 de agosto de 2026
🇦🇷 24 DE AGOSTO DE 1816: NACIÓ MERCEDITAS SAN MARTÍN — LA HIJA DEL LIBERTADOR QUE FUE ARTISTA, COMPAÑERA DE SU PADRE Y DEJÓ SU PROPIA HUELLA EN LA HISTORIA ARGENTINA —
El 24 de agosto de 1816, mientras Mendoza era el corazón político y militar desde donde José de San Martín preparaba la gigantesca empresa del Cruce de los Andes, nació en aquella ciudad Mercedes Tomasa de San Martín y Escalada, la única hija del Libertador y de María de los Remedios de Escalada. Su nacimiento ocurrió en la vivienda que ocupaba la familia en la actual calle Corrientes 343, desaparecida durante el terremoto de 1861. Apenas una semana después, el 31 de agosto, Merceditas fue bautizada en la antigua Iglesia Matriz de Mendoza; sus padrinos fueron José Antonio Álvarez Condarco, uno de los hombres de confianza de San Martín, y Josefa Álvarez. Su infancia quedó inevitablemente atravesada por la epopeya emancipadora. Mientras su padre conducía campañas decisivas en Chile y Perú, Mercedes permaneció junto a su madre y sus abuelos maternos. Remedios murió en Buenos Aires en 1823 y, pocos meses después, San Martín tomó una decisión que cambiaría para siempre la vida de ambos: el 10 de febrero de 1824 padre e hija zarparon hacia Europa a bordo del navío francés Le Bayonnais. Mercedes tenía siete años. Tras pasar por Inglaterra y establecerse posteriormente en Bruselas, el Libertador se ocupó de manera directa de su educación. Allí, en 1825, escribió las célebres Máximas para su hija, doce principios destinados a formar su carácter alrededor de valores como la verdad, la solidaridad, el respeto, la austeridad, la tolerancia religiosa y el amor a la Patria. A fines de 1830 se trasladaron a Francia y en 1832 ambos fueron alcanzados por la epidemia de cólera que azotaba la región parisina. Durante la enfermedad recibieron los cuidados de Mariano Severo Balcarce, médico y diplomático argentino, hijo del general Antonio González Balcarce. Mercedes y Mariano contrajeron matrimonio el 13 de diciembre de 1832. Tuvieron dos hijas: María Mercedes, nacida en Buenos Aires en 1833, y Josefa Dominga, nacida en Grand Bourg, Francia, en 1836. Pero Merceditas fue mucho más que “la hija de San Martín”. Su faceta artística permanece injustamente eclipsada por el gigantesco apellido que llevaba. La historiografía del arte argentino la incluye entre las primeras mujeres que desarrollaron una actividad pictórica en el país, y existen testimonios concretos de su producción. El Museo Histórico Nacional conserva un retrato al óleo del general San Martín realizado por Mercedes en 1856, inspirado en la imagen de su padre anciano; también se conocen trabajos vinculados a Simón Bolívar y otras obras que decoraban su residencia familiar. Su vínculo con Mendoza tampoco desapareció con la distancia. Cuando el devastador terremoto del 20 de marzo de 1861 destruyó gran parte de la ciudad que la había visto nacer, Mercedes participó activamente en Europa en la recaudación de fondos destinados a ayudar a las víctimas mendocinas. Acompañó a su padre hasta sus últimos años y estuvo a su lado durante la etapa final de su vida en Boulogne-sur-Mer, donde San Martín murió el 17 de agosto de 1850. Más tarde, Mercedes y su familia se radicaron en Brunoy, cerca de París. Allí murió el 28 de febrero de 1875, a los 58 años. Sus restos fueron trasladados a la Argentina en 1951 y hoy descansan en la Basílica de San Francisco de la Ciudad de Mendoza, junto a los de su esposo Mariano Balcarce y su hija María Mercedes. Los restos del Libertador, en cambio, reposan en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires. Y todavía existe un último lazo simbólico entre aquella niña nacida en Mendoza y el presente: el 24 de agosto fue establecido oficialmente en la provincia como Día del Padre, justamente en memoria de la fecha en que José de San Martín se convirtió en padre de Merceditas. Así, detrás del apellido más monumental de nuestra historia aparece también una mujer culta, artista, esposa, madre, hija inseparable y mendocina de nacimiento que construyó una trayectoria propia a ambos lados del Atlántico. 🇦🇷🏔️
Dos mujeres y un mismo sueño: las santafesinas que acompañaron a Belgrano
Por Roberto Arnaiz
La historia suele recordar a quienes levantaron la espada. Mucho menos a quienes entregaron su fortuna, su trabajo o sus manos para que aquella espada pudiera defender una causa.
Sin embargo, las revoluciones no se sostienen únicamente con generales y soldados. También necesitan personas dispuestas a arriesgar lo propio cuando el resultado todavía es incierto. Allí aparecen dos mujeres santafesinas cuyas vidas quedaron unidas para siempre a Manuel Belgrano.
Nunca se conocieron.
Jamás compartieron un mismo escenario.
Pero ambas participaron, cada una a su manera, de los primeros pasos de la Patria.
La primera fue Gregoria Pérez de Denis.
En octubre de 1810, cuando la Primera Junta envió a Belgrano hacia el Paraguay para asegurar la adhesión de aquellas provincias, la Revolución apenas comenzaba. Nadie podía garantizar que sobreviviera. España conservaba un enorme poder militar y político, y el fracaso era una posibilidad concreta.
Fue entonces cuando Gregoria tomó una decisión extraordinaria.
Sin que nadie se lo exigiera, puso a disposición del Ejército sus haciendas, sus ganados y cuanto fuera necesario para sostener la expedición. No ofreció lo que le sobraba. Ofreció aquello con lo que vivía.
Belgrano agradeció aquel gesto y la historia terminó reconociéndola como la Primera Patricia Argentina. No por un título nobiliario, sino porque comprendió antes que muchos que la libertad también exigía sacrificios silenciosos. (santafe.gov.ar)
Dos años después, el escenario cambió.
Belgrano ya no marchaba hacia el Paraguay. Se encontraba en Rosario organizando la defensa de las baterías Libertad e Independencia, levantadas sobre las barrancas del Paraná. Allí comprendió que sus soldados necesitaban un emblema propio y decidió crear una bandera con los mismos colores de la escarapela.
La tradición histórica señala que la mujer encargada de confeccionar aquel primer paño fue María Catalina Echevarría de Vidal, hermana de Vicente Anastasio Echevarría, amigo y colaborador de Belgrano.
No existe un documento contemporáneo que describa el momento en que tomó la aguja y comenzó a coser. Esa historia llegó hasta nosotros a través de una tradición transmitida durante generaciones y recogida posteriormente por distintos historiadores. La mayoría la acepta como verosímil, aunque reconoce que la documentación directa es escasa. Precisamente por eso conviene distinguir con claridad entre lo que sabemos con certeza y aquello que pertenece a una tradición histórica consolidada. (historia-hispanica.rah.es)
Más allá de ese debate, hay una verdad difícil de discutir.
La bandera no apareció por arte de magia.
Alguien tuvo que buscar las telas, cortar los paños, unir las costuras y transformar una idea en un símbolo.
La tradición atribuye ese trabajo a María Catalina. Y, aunque los documentos no permitan reconstruir cada detalle, su figura representa a todas aquellas mujeres cuyo aporte quedó eclipsado por el paso del tiempo.
Gregoria y Catalina simbolizan dos formas diferentes de servir a una misma causa.
Una sostuvo al Ejército con sus bienes.
La otra, según la tradición, ayudó a dar forma al símbolo que desde entonces identifica a los argentinos.
Ni buscaron honores.
Ni reclamaron protagonismo.
Simplemente entendieron que había momentos en los que cada uno debía ofrecer lo mejor que tenía.
Durante muchos años la historia concentró su atención en las batallas, los gobiernos y los grandes nombres. Poco a poco comenzamos a descubrir otra dimensión de la Independencia: la de las mujeres que organizaron recursos, protegieron información, asistieron a los heridos, financiaron campañas y sostuvieron a quienes marchaban al frente.
Belgrano imaginó una nación fundada en la educación, el trabajo y el compromiso ciudadano. Ese proyecto no habría podido sostenerse sin personas como Gregoria Pérez de Denis y María Catalina Echevarría de Vidal.
Una entregó su fortuna.
La otra, según la tradición, cosió la primera bandera.
Ambas demostraron que la Patria también comenzó a construirse lejos de los campos de batalla.
Y quizá esa sea la enseñanza más vigente de sus historias: los grandes cambios no dependen solamente de quienes ocupan el centro de la escena. Muchas veces nacen del gesto silencioso de quienes, sin esperar reconocimiento, deciden poner lo mejor de sí al servicio de una causa que los trasciende.
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