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martes, 25 de agosto de 2026

La casa de Asterión
Jorge Luis Borges · El Aleph (1949)

Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
APOLODORO: Biblioteca, ni, I.

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) 1 están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entré el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré-que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo,- aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos; patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo. . Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre. —¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.

jueves, 21 de mayo de 2026

Narrativa francesa │ Marguerite Yourcenar: “La viuda Afrodisia”
Reconocida entre las mejores escritoras del siglo XX, Marguerite Yourcenar se distingue por su capacidad para reflejar los dilemas más hondos del ser humano.
Marguerite Yourcenar | Escrituras | Narrativa | 17/05/2026

Le llamaban Kostis el Rojo porque tenía el pelo de color rojizo, porque su conciencia se hallaba manchada con una gran cantidad de sangre vertida y, sobre todo, porque solía llevar una chaqueta roja cuando bajaba insolentemente a la feria de ganado para obligar a cualquiera de los aterrorizados campesinos que allí había a que le vendiese su mejor montura a bajo precio, so pena de exponerse a diversas variedades de muerte súbita.

Había vivido oculto en la montaña, a unas horas de camino de su pueblo natal. Sus fechorías se limitaron, durante mucho tiempo, a diversos asesinatos políticos y al rapto de una docena de corderos flacos. Hubiera podido volver a la fragua sin que nadie le molestara, pero pertenecía a esa clase de hombres que prefieren el sabor del aire libre y de la comida robada a cualquier otra cosa.

Más tarde, dos o tres crímenes de derecho común pusieron en pie de guerra a los habitantes del pueblo. Lo acorralaron, como si de un lobo se tratase, y lo acosaron como a un jabalí. Finalmente, lograron atraparlo en la noche de San Jorge, y lo habían llevado al pueblo atravesado en la silla de un caballo, con la garganta abierta, como uno de esos animales que cuelgan en las carnicerías. Los tres o cuatro jóvenes a quienes había arrastrado consigo en su vida aventurera terminaron igual que él, agujereados por las balas y por las cuchilladas.

Pusieron sus cabezas en unas horcas y con ellas adornaron la plaza del pueblo. Los cuerpos yacían uno encima de otro a la entrada del cementerio. Los aldeanos vencedores festejaban su victoria protegidos del sol y de las moscas por las persianas echadas, y la viuda del viejo pope al que Kostaki había asesinado seis años antes, en un camino desierto, lloraba en la cocina mientras enjuagaba los vasos que acababa de ofrecer, llenos de aguardiente, a los campesinos que la habían vengado.

La viuda Afrodisia se limpió las lágrimas y se sentó en el único taburete que había en la cocina, apoyando las dos manos en el borde de la mesa, y en sus manos la barbilla, que temblaba como la de una anciana. Unos sollozos reprimidos le sacudían el pecho por debajo de los profundos pliegues de su vestido de estameña. Se adormecía sin querer, mecida por su propia queja.

Se enderezó, sobresaltada: aún no le había llegado la hora de la siesta y del olvido. Durante tres días y tres noches, las mujeres del pueblo habían estado esperando en la plaza, chillando cada vez que resonaba un disparo, allá en la montaña era devuelto por el eco, y los gritos de Afrodisia eran más fuertes aún que los de sus compañeras, tal como corresponde a la mujer de un personaje tan respetado como el anciano pope, tendido en su tumba desde hacía seis años.

Se había sentido enferma cuando volvieron los campesinos, al alba del tercer día, con su sangrienta carga sobre una mula derrengada, y sus vecinos habían tenido que acompañarla hasta la casita en donde vivía apartada desde que se había quedado viuda. No obstante, en cuanto había vuelto en sí, había insistido para ofrecer alguna bebida a sus vengadores. Con las piernas y manos todavía temblorosas, se acercó alternativamente a cada uno de aquellos hombres, que dejaban en la estancia un olor casi insoportable a cuero y a cansancio y, como no le fue posible aliñar con veneno las rebanadas de pan y de queso que les había ofrecido se contentó con escupir encima a escondidas, deseando que la luna de otoño se levantara sobre sus tumbas.

Era en aquel momento cuando ella hubiese debido confesarles toda su vida, confundir su estupidez o justificar sus peores sospechas, gritarles al oído aquella verdad que había sido, a la vez, tan fácil y tan duro disimular durante diez años: su amor por Kostis, su primera cita en un camino encajonado, al pie de una morera que les resguardó de una granizada, y su pasión, nacida con la velocidad del rayo en aquella noche de tormenta; su regreso al pueblo, con el alma agitada por un remordimiento en el que entraba más miedo que arrepentimiento; la semana intolerable en que trató de olvidar a aquel hombre, que se había convertido en algo más necesario para ella que el pan y el agua, y su segunda visita a Kostis, con el pretexto de llevarle harina a la madre del pope, que cuidaba ella sola de una granja en la montaña; y la falda amarilla que llevaba puesta entonces y con la que se habían tapado a modo de manta: parecía como si se hubieran acostado bajo un jirón de sol; y la noche en que tuvieron que esconderse en el establo de una caravanera turca; las ramas nuevas del castaño que le asestaban, al pasar, sus bofetadas de frescor; y la espalda encorvada de Kostis, que la precedía por los senderos en donde un movimiento excesivamente brusco hubiera podido irritar a una víbora; y la cicatriz que ella no había advertido el primer día, y que serpenteaba sobre su nuca; y las miradas locas y codiciosas que él le echaba, como si fuera un objeto robado de mucho valor; y su cuerpo fuerte, de hombre acostumbrado a vivir una vida dura; y su risa, que la tranquilizaba; y la manera muy suya que tenía de balbucear su nombre cuando hacían el amor.

Se levantó y sacudió con amplio ademán la blanca pared por donde zumbaban dos o tres moscas. Las pesadas moscas, que se alimentan de inmundicias, no solo eran unos insectos algo inoportunos, cuyo ir y venir impreciso y ligero soportamos sobre nuestra piel: tal vez se habían posado en aquel cuerpo desnudo, en aquella cabeza sanguinolenta; acaso habían añadido sus insultos a las patadas de los niños y a las miradas curiosas de las mujeres.

¡Ay, si ella hubiera podido, de un simple escobazo barrer todo aquel pueblo lleno de viejas de lengua envenenada, como los dardos de las avispas! Y asimismo al joven sacerdote, ebrio del vino de la Misa, que echaba pestes contra el asesino de su predecesor, y a los campesinos, que se encarnizaban con el cuerpo de Kostis como los zánganos con la fruta chorreando miel. No imaginaban que el duelo de Afrodisia pudiera tener otro motivo que no fuera el viejo pope, enterrado desde hacía seis años en el rincón mejor situado del cementerio: no había podido ella gritarles que la vida de aquel pomposo borracho le importaba tan poco como el banco de madera que había en el fondo del jardín.

Y, no obstante, pese a sus ronquidos que le impedían dormir y a su manera insoportable de carraspear, casi había echado de menos al crédulo anciano que se había dejado engañar, y luego atemorizar, con la cómica exageración de uno de esos celosos que hacen reír en la pantalla de un teatro de sombras: añadía un elemento de farsa al drama de su amor. Y se habían divertido retorciéndole el cuello a los pollos del pope; Kostis se los llevaba, escondidos debajo de la chaqueta, en las noches en que se introducía disimuladamente en el presbiterio. Luego, ella acusaba a los zorros de aquel robo.

Incluso fue agradable —aquella noche en que el viejo se levantó, por haberle despertado sus susurros de amor bajo el plátano— adivinar al anciano asomado a la ventana, espiando cada uno de los movimientos de sus sombras en la tapia del jardín, grotescamente indeciso entre el miedo al escándalo, el temor a un balazo y las ganas de vengarse.

Lo único que Afrodisia tenía que reprocharle a Kostis era precisamente el asesinato de aquel anciano, que servía, a pesar suyo, de tapadera a sus amores.

Desde que se quedó viuda, nadie había sospechado las peligrosas citas que le daba a Kostis en las noches sin luna, de suerte que al plato de su alegría le había faltado la pimienta de un espectador. Cuando los desconfiados ojos de las matronas se posaron en la ancha cintura de la joven, se imaginaron que la viuda del pope se había dejado seducir por algún vendedor ambulante, o por el obrero de alguna fábrica, como si esa clase de gentes fueran de aquellos con quienes Afrodisia hubiera consentido acostarse. Y no tuvo más remedio que aceptar con gozo aquellas humillantes sospechas y tragarse su orgullo con más cuidado aún del que ponía en tragarse sus náuseas.

Y cuando la habían vuelto a ver, unas semanas más tarde, con el vientre plano por debajo de sus anchas faldas, todas se habían preguntado qué era lo que Afrodisia había podido hacer para librarse tan fácilmente de su carga. Nadie se imaginaba que la visita al santuario de San Lucas no había sido sino un pretexto, y que Afrodisia se había quedado encerrada a unas cuantas leguas del pueblo, en la cabaña de la madre del pope, quien ahora consentía en hacerle el pan a Kostis y remendar su chaqueta. La vieja hacía esto no porque fuese tierna de corazón, sino porque Kostis le traía aguardiente y, además, porque allá en su juventud a ella también le había gustado hacer el amor.

Allí fue donde el niño vino al mundo. Tuvieron que ahogarlo entre dos jergones, débil y desnudo como un gatito recién nacido, sin tomarse siquiera la molestia de lavarlo después de nacer.

Y finalmente, uno de los compañeros de Kostis asesinó al alcalde, y las delgadas manos del hombre amado habían apretado y más rabiosamente su viejo fusil de caza. Después llegaron aquellos tres días y aquellas tres noches en que el sol parecía salir y ponerse envuelto en sangre. Y esta noche todo acabaría en una fogata, para la que ya habían juntado un montón de latas de petróleo a la puerta del cementerio. Kostis y sus compañeros serían tratados igual que la carroña de las mulas, a las que se riega con petróleo para no tomarse el trabajo de enterrarlas, y ya no le quedaban a Afrodisia más que unas cuantas horas de sol y de soledad para llevarle luto.

Levantó el picaporte y salió al estrecho terraplén que la separaba del cementerio. Los cuerpos, amontonados, yacían junto a la tapia de adobe, pero no le fue difícil reconocer a Kostis. Era el más alto y ella lo había amado. Un campesino codicioso le había quitado el chaleco para lucirlo los domingos. Ya había unas cuantas moscas pegadas en las lágrimas de sangre de los párpados. Estaba casi desnudo. Dos o tres perros lamían en el suelo unos regueros negros y luego, jadeantes, volvían a echarse en una estrecha franja de sombra.

Al atardecer, a la hora en que el sol se hace inofensivo, los grupitos de mujeres empezarían a reunirse en aquella estrecha terraza; contemplarían la verruga que Kostis tenía entre los dos hombros. Los hombres, a patadas, le darían la vuelta al cadáver para empapar bien de gasolina los pocos harapos que le habían dejado; abrirían las latas con la basta alegría de los vendimiadores que destapan un tonel.

Afrodisia tocó la manga desgarrada de la camisa que ella había cosido con sus propias manos para ofrecérsela a Kostis como regalo de Pascua, y reconoció de repente su nombre tatuado en el brazo izquierdo de Kostis. Si otros ojos que no fueran los suyos veían aquellas letras toscamente dibujadas en la piel, la verdad iluminaría bruscamente su espíritu, como las llamas de la gasolina empezando a bailar sobre la tapia del cementerio.

Se imaginó lapidada, enterrada debajo de las piedras. Sin embargo, era incapaz de arrancar aquel brazo que la acusaba con tanta ternura, o de calentar unos hierros para borrar aquellas marcas que la perdían. No podía infligirle una nueva herida al cuerpo que tanto había sangrado ya...

Las coronas de latón que llenaban la tumba del pope brillaban al otro lado del recinto sagrado, y aquel montículo le recordó bruscamente el vientre adiposo del anciano. Después de su muerte habían relegado a la viuda del difunto pope a una chabola que había a dos pasos del cementerio: no se quejó por vivir en aquel lugar tan apanado, donde sólo crecían las tumbas, pues, en algunas ocasiones, Kostis había podido aventurarse al caer la noche por aquel camino, por donde nunca pasaba alma viviente, y el sepulturero, que vivía en la casa de al lado, estaba sordo como una tapia. La fosa del pope Esteban se hallaba separada de la chabola sólo por la tapia del cementerio, y les había parecido que continuaban acariciándose ante las narices del difunto.

Hoy, aquella misma soledad le permitía a Afrodisia llevar a cabo un proyecto digno de su vida de estratagemas e imprudencias, y empujando la barrera de madera desconchada por el sol se apoderó de la pala y el pico del sepulturero.

La tierra estaba seca y dura, y el sudor de Afrodisia corría más abundante que sus lágrimas. De cuando en cuando la pala sonaba al dar contra una piedra, pero aquel ruido en un lugar desierto no iba a alertar a nadie, y el pueblo entero dormía después de haber comido. Por fin, oyó el sonido seco de la madera vieja: el pico chocaba con el ataúd del pope Esteban, más frágil que la madera de una guitarra, y que se rajó con el choque, enseñando los pocos huesos y la casulla arrugada, que era cuanto quedaba del anciano.

Afrodisia amontonó aquellos restos, los empujó cuidadosamente a un rincón del ataúd, luego cogió por los sobacos el cuerpo de Kostis y lo arrastró hasta la fosa. El amante de antaño le llevaba toda la cabeza a su marido, pero el ataúd sería lo bastante grande para Kostis decapitado.

Afrodisia volvió a poner la tapa, amontonó de nuevo la tierra sobre la tumba, recubrió el montículo recién removido con las coronas compradas antaño en Atenas con el dinero de los feligreses, igualó el polvo del sendero por donde había arrastrado a su muerto. Ahora faltaba un cuerpo en el montón que yacía a la puerta del cementerio, pero los campesinos no registrarían todas las tumbas para encontrarlo.

Se sentó sin aliento y se levantó casi de inmediato, pues se había aficionado a su tarea de enterradora. La cabeza de Kostis aún estaba allá arriba, expuesta a los insultos, ensartada en una horca, allí donde el pueblo cede el sitio a las rocas y al cielo. Nada estaría terminado hasta que no hubiera consumado su rito funerario; y había que darse prisa y aprovechar las horas de calor en que las gentes se encierran en sus casas y duermen, cuentan sus dracmas, hacen el amor y le dejan todo el campo libre al sol.

Dándole la vuelta al pueblo tomó, para subir hasta lo alto, la cuesta por donde pasaba menos gente. Unos perros flacos dormitaban a la escasa sombra de las puertas. Afrodisia les lanzaba una patada al pasar, pagando con ellos el rencor que no podía saciar en sus amos. Luego, cuando uno de aquellos animales se levantó completamente erizado y gimiendo, tuvo que detenerse un instante para tranquilizarlo a fuerza de halagos y de caricias. El aire abrasaba como un hierro al rojo vivo, y Afrodisia se puso el mantón en la cabeza para no caer fulminada antes de haber acabado su tarea.

El sendero desembocaba, por fin, en una explanada blanca y redonda. Más arriba quedaban unas rocas grandes que formaban varias cavernas, donde solo los desesperados como Kostis se atrevían a internarse. Y cuando los extranjeros se aventuraban por allí, siempre se oía la voz áspera de algún aldeano llamándolos. Más arriba ya no había más que las águilas y el cielo, cuyas pistas solo las águilas conocen.

Las cinco cabezas, de Kostis y sus compañeros, clavadas en las horcas, hacían esas muecas que solo pueden hacer los muertos. Kostis apretaba los labios, como si meditara un problema que aún no hubiera tenido tiempo de resolver en vida, algo así como la compra de un caballo o el rescate de una nueva captura, y era el único entre sus amigos a quien la muerte no había cambiado mucho, pues siempre fue muy pálido.

Afrodisia cogió la cabeza y tiró de ella, con un ruido como de seda desgarrada. Se proponía esconderla en su casa, debajo del suelo de la cocina, o tal vez en alguna caverna que ella sola conocía, y acariciaba aquellos restos prometiéndoles que los pondría a salvo.

Fue a sentarse al pie del plátano que crecía más abajo de la explanada, en el terreno del granjero Basilio. Bajo sus pies, las rocas se precipitaban hacia el llano, y los bosques que tapizaban la tierra hacían el efecto, desde lejos, de matas de minúsculos musgos. Muy al fondo se vislumbraba el mar, entre dos labios de montaña, y Afrodisia se decía que hubiera podido incitar a Kostis para que huyese sobre aquellas olas, y así no se vería ahora obligada a mecer en sus rodillas su cabeza sanguinolenta.

Sus lamentos, contenidos desde el principio de la desgracia, estallaron en vehementes sollozos como los de las plañideras en los funerales y, con los codos en las rodillas y las húmedas mejillas apoyadas en las manos, dejaba caer sus lágrimas sobre el rostro del muerto.

—¡Eh, tú, ladrona! Viuda de cura, ¿qué estás haciendo en mi huerto?

El anciano Basilio, armado con una hoz y un palo, se asomaba en lo alto del camino, y su aspecto de desconfianza y de furor no hacía sino acentuar su semejanza con un espantapájaros.

Afrodisia se levantó de un salto, tapando la cabeza con su delantal.

—Sólo te he robado un poco de sombra, tío Basilio, un poco de sombra para refrescarme la frente...

—¿Y qué es lo que escondes en el delantal, ladrona, viuda maldita? ¿Una calabaza? ¿Una sandía?

—Soy pobre, tío Basilio, y solo te he cogido una sandía muy roja. Solo una sandía roja, con sus pepitas negras...

—Enséñamela, mentirosa, especie de topo negro y devuélveme lo que me has robado.

El viejo Basilio bajó por la cuesta enarbolando su palo. Afrodisia echó a correr del lado del precipicio, sujetando con las manos las puntas del delantal. La cuesta se hacía cada vez más empinada, el sendero más resbaladizo, como si la sangre del sol, que ya se preparaba a ponerse, hubiera vuelto pegajosas las piedras.

Hacía mucho rato que Basilio se había parado y daba grandes voces para avisar del peligro a la que huía, diciéndole que volviera sobre sus pasos. El sendero ya no era más que una trocha resbaladiza, de donde se desprendían las piedras.

Afrodisia le oía, mas aquellas palabras desmenuzadas por el viento no las entendía. Solo comprendía una cosa: la necesidad de huir del pueblo, de escapar a la mentira, a la pesada hipocresía, al largo castigo de convertirse un día en una mujer vieja a la que ya nadie querría.

Una piedra, por fin, se desprendió bajo sus pies, cayó al fondo del precipicio como para enseñarle el camino, y la viuda Afrodisia se hundió en el abismo y en la noche, llevándose con ella la cabeza manchada de sangre.

Narradora, ensayista, poeta y traductora, Marguerite Yourcenar es una de las escritoras más brillantes y respetadas del siglo XX europeo. Su estilo destaca por la erudición, el lenguaje poético y la capacidad de Yourcenar para retratar los dilemas más hondos del alma humana. Publicó en 1929 su primera novela relevante, Alexis o el tratado del inútil combate, a la que siguieron Memorias de Adriano (1951) y Opus Nigrum (1968), títulos que la confirman como una figura imprescindible de la literatura universal. En 1938 vieron la luz sus Cuentos orientales, al que pertenece el relato “La viuda Afrodisia”, uno de los más descarnados, trágicos y transgresores de la autora.

Se acompaña este cuento de Marguerite Yourcenar con dos obras de la artista francesa Suzanne Valadon (1865-1938). Hija de una madre soltera y pobre, y educada en la vida callejera, Valadon empezó a trabajar a los 15 años como trapecista en un circo de Montmartre. Fue modelo de pintores como Toulouse-Lautrec, Degas y Renoir, con quienes aprendió las técnicas de la pintura moderna. Sus obras comenzaron a exponerse a inicios de 1890, llegando a convertirse, en 1894, en la primera mujer admitida a la Sociedad Nacional de Bellas Artes. Fue también la primera en pintar desnudos masculinos, lo que contribuyó a forjar su imagen de artista rebelde y transgresora. Desde 1909 participó asiduamente en muestras colectivas como el Salón de Otoño, el de los Independientes y el de las Mujeres Artistas Modernas.

viernes, 1 de mayo de 2026

Historia de la eternidad,
Jorge Luis Borges 

I
En aquel pasaje de las Enéadas que quiere interrogar y definir la naturaleza del tiempo, se afirma que es indispensable conocer previamente la eternidad, que —según todos saben— es el modelo y arquetipo de aquél. Esa advertencia liminar, tanto más grave si la creemos sincera, parece aniquilar toda esperanza de entendernos con el hombre que la escribió. El tiempo es un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica; la eternidad, un juego o una fatigada esperanza. Leemos en el Timeo de Platón que el tiempo es una imagen móvil de la eternidad; y ello es apenas un acorde que a ninguno distrae de la convicción de que la eternidad es una imagen hecha con sustancia de tiempo. Esa imagen, esa burda palabra enriquecida por los desacuerdos humanos, es lo que me propongo historiar.
Invirtiendo el método de Plotino (única manera de aprovecharlo) empezaré por recordar las oscuridades inherentes al tiempo: misterio metafísico, natural, que debe preceder a la eternidad, que es hija de los hombres. Una de esas oscuridades, no la más ardua pero no la menos hermosa, es la que nos impide precisar la dirección del tiempo. Que fluye del pasado hacia el porvenir es la creencia común, pero no es más ilógica la contraria, la fijada en verso español por Miguel de Unamuno:
Nocturno el río de las horas fluye
desde su manantial que es el mañana
eterno…[1]
Ambas son igualmente verosímiles —e igualmente inverificables. Bradley niega las dos y adelanta una hipótesis personal: excluir el porvenir, que es una mera construcción de nuestra esperanza, y reducir lo «actual» a la agonía del momento presente desintegrándose en el pasado. Esa regresión temporal suele corresponder a los estados decrecientes o insípidos, en tanto que cualquier intensidad nos parece marchar sobre el porvenir… Bradley niega el futuro; una de las escuelas filosóficas de la India niega el presente, por considerarlo inasible. «La naranja está por caer de la rama, o ya está en el suelo», afirman esos simplificadores extraños. «Nadie la ve caer».
Otras dificultades propone el tiempo. Una, acaso la mayor, la de sincronizar el tiempo individual de cada persona con el tiempo general de las matemáticas, ha sido harto voceada por la reciente alarma relativista, y todos la recuerdan —o recuerdan haberla recordado hasta hace muy poco. (Yo la recobro así, deformándola: Si el tiempo es un proceso mental, ¿cómo lo pueden compartir miles de hombres, o aun dos hombres distintos?). Otra es la destinada por los eleatas a refutar el movimiento. Puede caber en estas palabras: «Es imposible que en ochocientos años de tiempo transcurra un plazo de catorce minutos, porque antes es obligatorio que hayan pasado siete, y antes de siete, tres minutos y medio, y antes de tres y medio, un minuto y tres cuartos, y así infinitamente, de manera que los catorce minutos nunca se cumplen». Russell rebate ese argumento, afirmando la realidad y aun vulgaridad de números infinitos, pero que se dan de una vez, por definición, no como término «final» de un proceso enumerativo sin fin. Esos guarismos anormales de Russell son un buen anticipo de la eternidad, que tampoco se deja definir por enumeración de sus partes.

Ninguna de las varias eternidades que planearon los hombres —la del nominalismo, la de Ireneo, la de Platón— es una agregación mecánica del pasado, del presente y del porvenir. Es una cosa más sencilla y más mágica: es la simultaneidad de esos tiempos. El idioma común y aquel diccionario asombroso dont chaque édition fait regretter la précédente, parecen ignorarlo, pero así la pensaron los metafísicos. «Los objetos del alma son sucesivos, ahora Sócrates y después un caballo —leo en el quinto libro de las Enéadas—, siempre una cosa aislada que se concibe y miles que se pierden; pero la Inteligencia Divina abarca juntamente todas las cosas. El pasado está en su presente, así como también el porvenir. Nada transcurre en ese mundo, en el que persisten todas las cosas, quietas en la felicidad de su condición». Paso a considerar esa eternidad, de la que derivaron las subsiguientes. Es verdad que Platón no la inaugura —en un libro especial, habla de los «antiguos y sagrados filósofos» que lo precedieron— pero amplía y resume con esplendor cuanto imaginaron los anteriores. Deussen lo compara con el ocaso: luz apasionada y final. Todas las concepciones griegas de eternidad convergen en sus libros ya rechazadas, ya exornadas trágicamente. Por eso lo hago preceder a Ireneo, que ordena la segunda eternidad: la coronada por las tres diversas pero inextricables personas.

Dice Plotino con notorio fervor: «Toda cosa en el cielo inteligible también es cielo, y allí la tierra es cielo, como también lo son los animales, las plantas, los varones y el mar. Tienen por espectáculo el de un mundo que no ha sido engendrado. Cada cual se mira en los otros. No hay cosa en ese reino que no sea diáfana. Nada es impenetrable, nada es opaco y la luz encuentra la luz. Todos están en todas partes, y todo es todo. Cada cosa es todas las cosas. El sol es todas las estrellas, y cada estrella es todas las estrellas y el sol. Nadie camina allí como sobre una tierra extranjera». Ese universo unánime, esa apoteosis de la asimilación y del intercambio, no es todavía la eternidad; es un cielo limítrofe, no emancipado enteramente del número y del espacio. A la contemplación de la eternidad, al mundo de las formas universales quiere exhortar este pasaje del quinto libro: «Que los hombres a quienes maravilla este mundo —su capacidad, su hermosura, el orden de su movimiento continuo, los dioses manifiestos o invisibles que lo recorren, los demonios, árboles y animales— eleven el pensamiento a esa Realidad, de la que todo esto es la copia. Verán ahí las formas inteligibles, no con prestada eternidad sino eternas, y verán también a su capitán, la Inteligencia pura, y la Sabiduría inalcanzable, y la edad genuina de Cronos, cuyo nombre es la Plenitud. Todas las cosas inmortales están en él. Cada intelecto, cada dios y cada alma. Todos los lugares le son presentes, ¿adónde irá? Está en la dicha, ¿a qué probar mudanza y vicisitud? No careció al principio de ese estado y lo ganó después. En una sola eternidad las cosas son suyas: esa eternidad que el tiempo remeda al girar en torno del alma, siempre desertor de un pasado, siempre codicioso de un porvenir».

Las repetidas afirmaciones de pluralidad que dispensan los párrafos anteriores, pueden inducirnos a error. El universo ideal a que nos convida Plotino es menos estudioso de variedad que de plenitud; es un repertorio selecto, que no tolera la repetición y el pleonasmo. Es el inmóvil y terrible museo de los arquetipos platónicos. No sé si lo miraron ojos mortales (fuera de la intuición visionaria o la pesadilla) o si el griego remoto que lo ideó, se lo representó alguna vez, pero algo de museo presiento en él: quieto, monstruoso y clasificado… Se trata de una imaginación personal de la que puede prescindir el lector; de lo que no conviene que prescinda es de alguna noticia general de esos arquetipos platónicos, o causas primordiales o ideas, que pueblan y componen la eternidad.
Una prolija discusión del sistema platónico es imposible aquí, pero no ciertas advertencias de intención propedéutica. Para nosotros, la última y firme realidad de las cosas es la materia —los electrones giratorios que recorren distancias estelares en la soledad de los átomos—; para los capaces de platonizar, la especie, la forma. En el libro tercero de las Enéadas, leemos que la materia es irreal: es una mera y hueca pasividad que recibe las formas universales como las recibiría un espejo; éstas la agitan y la pueblan sin alterarla. Su plenitud es precisamente la de un espejo, que simula estar lleno y está vacío; es un fantasma que ni siquiera desaparece, porque no tiene ni la capacidad de cesar. Lo fundamental son las formas. De ellas, repitiendo a Plotino, dijo Pedro Malón de Chaide mucho después: «Hace Dios como si vos tuviésedes un sello ochavado de oro que en una parte tuviese un león esculpido; en la otra, un caballo; en otra, un águila, y así de las demás; y en un pedazo de cera imprimiésedes el león; en otro, el águila; en otro, el caballo; cierto está que todo lo que está en la cera está en el oro, y no podéis vos imprimir sino lo que allí tenéis esculpido. Mas hay una diferencia, que en la cera al fin es cera, y vale poco; mas en el oro es oro, y vale mucho. En las criaturas están estas perfecciones finitas y de poco valor: en Dios son de oro, son el mismo Dios». De ahí podemos inferir que la materia es nada.

Damos por malo ese criterio y aun por inconcebible, y sin embargo lo aplicamos continuamente. Un capítulo de Schopenhauer no es el papel en las oficinas de Leipzig ni la impresión, ni las delicadezas y perfiles de la escritura gótica, ni la enumeración de los sonidos que lo componen ni siquiera la opinión que tenemos de él; Miriam Hopkins está hecha de Miriam Hopkins, no de los principios nitrogenados o minerales, hidratos de carbono, alcaloides y grasas neutras, que forman la sustancia transitoria de ese fino espectro de plata o esencia inteligible de Hollywood. Esas ilustraciones o sofismas de buena voluntad pueden exhortarnos a tolerar la tesis platónica. La formularemos así: «Los individuos y las cosas existen en cuanto participan de la especie que los incluye, que es su realidad permanente». Busco el ejemplo más favorable: el de un pájaro. El hábito de las bandadas, la pequeñez, la identidad de rasgos, la antigua conexión con los dos crepúsculos, el del principio de los días y el de su término, la circunstancia de que son más frecuentes al oído que a la visión —todo ello nos mueve a admitir la primacía de la especie y la casi perfecta nulidad de los individuos[2]. Keats, ajeno de error, puede pensar que el ruiseñor que lo encanta es aquel mismo que oyó Ruth en los trigales de Belén de Judá; Stevenson erige un solo pájaro que consume los siglos: «el ruiseñor devorador del tiempo». Schopenhauer, el apasionado y lúcido Schopenhauer, aporta una razón: la pura actualidad corporal en que viven los animales, su desconocimiento de la muerte y de los recuerdos. Añade luego, no sin una sonrisa: «Quien me oiga asegurar que el gato gris que ahora juega, en el patio, es aquel mismo que brincaba y que traveseaba hace quinientos años, pensará de mí lo que quiera, pero locura más extraña es imaginar que fundamentalmente es otro». Y después: «Destino y vida de leones quiere la leonidad que, considerada en el tiempo, es un león inmortal que se mantiene mediante la infinita reposición de los individuos, cuya, generación y cuya muerte forman el pulso de esa imperecedera figura». Y antes: «Una infinita duración ha precedido a mi nacimiento, ¿qué fui yo mientras tanto? Metafísicamente podría quizá contestarme: “Yo siempre he sido yo; es decir, cuantos dijeron yo durante ese tiempo, no eran otros que yo”».
Presumo que la eterna Leonidad puede ser aprobada por mi lector, que sentirá un alivio majestuoso ante ese único León, multiplicado en los espejos del tiempo. Del concepto de eterna Humanidad no espero lo mismo: sé que nuestro yo lo rechaza, y que prefiere derramarlo sin miedo sobre el yo de los otros. Mal signo; formas universales mucho más arduas nos propone Platón. Por ejemplo, la Mesidad, o Mesa Inteligible que está en los cielos: arquetipo cuadrúpedo que persiguen, condenados a ensueño y a frustración, todos los ebanistas del mundo. (No puedo negarla del todo: sin una mesa ideal, no hubiéramos llegado a mesas concretas). Por ejemplo, la Triangularidad: eminente polígono de tres lados que no está en el espacio y que no quiere denigrarse a equilátero, escaleno o isósceles. (Tampoco lo repudio; es el de las cartillas de geometría). Por ejemplo: la Necesidad, la Razón, la Postergación, la Relación, la Consideración, el Tamaño, el Orden, la Lentitud, la Posición, la Declaración, el Desorden. De esas comodidades del pensamiento elevadas a formas ya no sé qué opinar; pienso que ningún hombre las podrá intuir sin el auxilio de la muerte, de la fiebre, o de la locura. Me olvidaba de otro arquetipo que los comprende a todos y los exalta: la eternidad, cuya despedazada copia es el tiempo.
Ignoro si mi lector precisa argumentos para descreer de la doctrina platónica. Puedo suministrarle muchos: uno, la incompatible agregación de voces genéricas y de voces abstractas que cohabitan sans géne en la dotación del mundo arquetipo; otro, la reserva de su inventor sobre el procedimiento que usan las cosas para participar de las formas universales; otro, la conjetura de que esos mismos arquetipos asépticos adolecen de mezcla y de variedad. No son irresolubles: son tan confusos como las criaturas del tiempo. Fabricados a imagen de las criaturas, repiten esas mismas anomalías que quieren resolver. La Leonidad, digamos, ¿cómo prescindirá de la Soberbia y de la Rojez, de la Melenidad y la Zarpidad? A esa pregunta no hay contestación y no puede haberla: no esperemos del término leonidad una virtud muy superior a la que tiene esa palabra sin el sufijo[3].
Vuelvo a la eternidad de Plotino. El quinto libro de las Enéadas incluye un inventario muy general de las piezas que la componen. La Justicia está ahí, así como los Números (¿hasta cuál?) y las Virtudes y los Actos y el Movimiento, pero no los errores y las injurias, que son enfermedades de una materia en que se ha maleado una Forma. No en cuanto es melodía, pero sí en cuanto es Armonía y es Ritmo, la Música está ahí. De la patología y la agricultura no hay arquetipos, porque no se precisan. Quedan excluidas igualmente la hacienda, la estrategia, la retórica y el arte de gobernar —aunque, en el tiempo, algo deriven de la Belleza y del Número. No hay individuos, no hay una forma primordial de Sócrates ni siquiera de Hombre Alto o de Emperador; hay, generalmente, el Hombre. En cambio, todas las figuras geométricas están ahí. De los colores sólo están los primarios: no hay Ceniciento ni Purpúreo ni Verde en esa eternidad. En orden ascendente, sus más antiguos arquetipos son éstos: la Diferencia, la Igualdad, la Moción, la Quietud y el Ser.
Hemos examinado una eternidad que es más pobre que el mundo. Queda por ver cómo la adoptó nuestra iglesia y le confío un caudal que es superior a cuanto los años transportan.

II

El mejor documento de la primera eternidad es el quinto libro de las Enéadas; el de la segunda o cristiana, el onceno libro de las Confesiones de San Agustín. La primera no se concibe fuera de la tesis platónica; la segunda, sin el misterio profesional de la Trinidad y sin las discusiones levantadas por predestinación y reprobación. Quinientas páginas en folio no agotarían el tema: espero que estas dos o tres en octavo no parecerán excesivas.
Puede afirmarse, con un suficiente margen de error, que «nuestra» eternidad fue decretada a los pocos años de la dolencia crónica intestinal que mató a Marco Aurelio, y que el lugar de ese vertiginoso mandato fue la barranca de Fourvière, que antes se nombró Forum vetus, célebre ahora por el funicular y por la basílica. Pese a la autoridad de quien la ordenó —el obispo Ireneo—, esa eternidad coercitiva fue mucho más que un vano paramento sacerdotal o un lujo eclesiástico: fue una resolución y fue un arma. El Verbo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo es producido por el Padre y el Verbo, los gnósticos solían inferir de esas dos innegables operaciones que el Padre era anterior al Verbo, y los dos al Espíritu. Esa inferencia disolvía la Trinidad. Ireneo aclaró que el doble proceso —generación del Hijo por el Padre, emisión del Espíritu por los dos— no aconteció en el tiempo, sino que agota de una vez el pasado, el presente y el porvenir. La aclaración prevaleció y ahora es dogma. Así fue promulgada la eternidad, antes apenas consentida en la sombra de algún desautorizado texto platónico. La buena conexión y distinción de las tres hipóstasis del Señor, es un problema inverosímil ahora, y esa futilidad parece contaminar la respuesta; pero no cabe duda de la grandeza del resultado, siquiera para alimentar la esperanza: Aeternitas est merum hodie, est immediata et lucida fruitio rerum infinitarum. Tampoco, de la importancia emocional y polémica de la Trinidad.

Ahora, los católicos laicos la consideran un cuerpo colegiado infinitamente correcto, pero también infinitamente aburrido; los liberales, un vano cancerbero teológico, una superstición que los muchos adelantos de la República ya se encargarán de abolir. La trinidad, claro es, excede esas fórmulas. Imaginada de golpe, su concepción de un padre, un hijo y un espectro, articulados en un solo organismo, parece un caso de teratología intelectual, una deformación que sólo el horror de una pesadilla pudo parir. El infierno es una mera violencia física, pero las tres inextricables Personas importan un horror intelectual, una infinitud ahogada, especiosa, como de contrarios espejos. Dante las quiso denotar con el signo de una superposición de círculos diáfanos, de diverso color; Donne, por el de complicadas serpientes, ricas e indisolubles. Toto coruscat trinitas mysterio, escribió San Paulino; «Fulge en pleno misterio la Trinidad».
Desligada del concepto de redención, la distinción de las tres personas en una, tiene que parecer arbitraria. Considerada como una necesidad de la fe, su misterio fundamental no se alivia, pero despuntan su intención y su empleo. Entendemos que renunciar a la Trinidad —a la Dualidad, por lo menos— es hacer de Jesús un delegado ocasional del Señor, un incidente de la historia, no el auditor imperecedero, continuo, de nuestra devoción. Si el Hijo no es también el Padre, la redención no es obra directa divina; si no es eterno, tampoco lo será el sacrificio de haberse denigrado a hombre y haber muerto en la cruz. «Nada menos que una infinita excelencia pudo satisfacer por un alma perdida para infinitas edades», instó Jeremías Taylor. Así puede justificarse el dogma, si bien los conceptos de la generación del Hijo por el Padre y de la procesión del Espíritu por los dos, siguen insinuando una prioridad, sin contar su culpable condición de meras metáforas. La teología, empeñada en diferenciarlas, resuelve que no hay motivo de confusión, puesto que el resultado de una es el Hijo, el de la otra el Espíritu. Generación eterna del Hijo, procesión eterna del Espíritu, es la soberbia decisión de Ireneo: invención de un acto sin tiempo, de un mutilado zeitloses Zeitwort, que podemos tirar o venerar, pero no discutir. Así Ireneo se propuso salvar el monstruo, y lo consiguió. Sabemos que era enemigo de los filósofos; apoderarse de una de sus armas y volverla contra ellos, debió causarle un belicoso placer.
Para el cristiano, el primer segundo del tiempo coincide con el primer segundo de la Creación —hecho que nos ahorra el espectáculo (reconstruido hace poco por Valéry) de un Dios vacante que devana siglos baldíos en la eternidad «anterior». Manuel Swedenborg (Vera christiana religio, 1771) vio en un confín del orbe espiritual una estatua alucinatoria por la que se imaginan devorados todos aquellos «que deliberan insensata y estérilmente sobre la condición del Señor antes de hacer el mundo».
Desde que Ireneo la inauguró, la eternidad cristiana empezó a diferir de la alejandrina. De ser un mundo aparte, se acomodó a ser uno de los diecinueve atributos de la mente de Dios. Librados a la veneración popular, los arquetipos ofrecían el peligro de convertirse en divinidades o en ángeles; no se negó por consiguiente su realidad —siempre mayor que la de las meras criaturas— pero se los redujo a ideas eternas en el Verbo hacedor. A ese concepto de los universalia ante res viene a parar Alberto Magno: los considera eternos y anteriores a las cosas de la Creación, pero sólo a manera de inspiraciones o formas. Cuida muy bien de separarlos de los universalia in rebus, que son las mismas concepciones divinas ya concretadas variamente en el tiempo, y —sobre todo— de los universalia post res, que son las concepciones redescubiertas por el pensamiento inductivo. Las temporales se distinguen de las divinas en que carecen de eficacia creadora, pero no en otra cosa; la sospecha de que las categorías de Dios pueden no ser precisamente las del latín, no cabe en la escolástica… Pero advierto que me adelanto.
Los manuales de teología no se demoran con dedicación especial en la eternidad. Se reducen a prevenir que es la intuición contemporánea y total de todas las fracciones del tiempo, y a fatigar las Escrituras hebreas en pos de fraudulentas confirmaciones, donde parece que el Espíritu Santo dijo muy mal lo que dice bien el comentador. Suelen agitar con ese propósito esta declaración de ilustre desdén o de mera longevidad: «Un día delante del Señor es como mil años, y mil años son como un día», o las grandes palabras que oyó Moisés y que son el nombre de Dios: «Soy El Que Soy», o las que oyó San Juan el Teólogo en Patmos, antes y después del mar de cristal y de la bestia de color escarlata y de los pájaros que comen carne de capitanes: «Yo soy la A y la Z, el principio y el fin»[4]. Suelen copiar también esta definición de Boecio (concebida en la cárcel, acaso en vísperas de morir por la espada): Aeternitas est interminabilis vitae tota et perfecta possessio, y que me agrada más en la casi voluptuosa repetición de Hans Lassen Martensen: Aeternitas est merum hodie, est immediata et lucida fruitio rerum infinitarum. Parecen desdeñar, en cambio, aquel oscuro juramento del ángel que estaba de pie sobre el mar y sobre la tierra (Revelación, X, 6): «y juró por Aquel que vivirá para siempre, que ha creado el cielo y las cosas que en él están, y la tierra y las cosas que en ella están, y la mar y las cosas que en ella están, que el tiempo dejará de ser». Es verdad que tiempo en ese versículo, debe equivaler a demora.
La eternidad quedó como atributo de la ilimitada mente de Dios, y es muy sabido que generaciones de teólogos han ido trabajando esa mente, a su imagen y semejanza. Ningún estímulo tan vivo como el debate de la predestinación ab aeterno. A los cuatrocientos años de la Cruz, el monje inglés Pelagio incurrió en el escándalo de pensar que los inocentes que mueren sin el bautismo alcanzan la gloria[5]. Agustín, obispo de Hipona, lo refutó con una indignación que sus editores aclaman. Notó las herejías de esa doctrina, aborrecida de los justos y de los mártires: su negación de que en el hombre Adán ya hemos pecado y perecido todos los hombres, su olvido abominable de que esa muerte se trasmite de padre a hijo por la generación carnal, su menosprecio del sangriento sudor, de la agonía sobrenatural y del grito de Quien murió en la cruz, su repulsión de los secretos favores del Espíritu Santo, su restricción de la libertad del Señor. El britano había tenido el atrevimiento de invocar la justicia; el Santo —siempre sensacional y forense— concede que según la justicia, todos los hombres merecemos el fuego sin perdón, pero que Dios ha determinado salvar algunos, según su inescrutable arbitrio, o, como diría Calvino mucho después, no sin brutalidad: porque sí (quia voluit). Ellos son los predestinados. La hipocresía o el pudor de los teólogos ha reservado el uso de esa palabra para los predestinados al cielo. Predestinados al tormento no puede haber: es verdad que los no favorecidos pasan al fuego eterno, pero se trata de una preterición del Señor, no de un acto especial… Ese recurso renovó la concepción de la eternidad.
Generaciones de hombres idolátricos habían habitado la tierra, sin ocasión de rechazar o abrazar la palabra de Dios; era tan insolente imaginar, que pudieran salvarse sin ese medio, como negar que algunos de sus varones, de famosa virtud, serían excluidos de la gloria. (Zwingli, 1523, declaró su esperanza personal de compartir el cielo con Hércules, con Teseo, con Sócrates, con Arístides, con Aristóteles y con Séneca). Una amplificación del noveno atributo del Señor (que es el de omnisciencia) bastó para conjurar la dificultad. Se promulgó que ésta importaba el conocimiento de todas las cosas: vale decir, no sólo de las reales, sino de las posibles también. Se rebuscó un lugar en las Escrituras que permitiera ese complemento infinito, y se encontraron dos: uno, aquel del primer Libro de los Reyes en que el Señor le dice a David que los hombres de Keilah van a entregarlo si no se va de la ciudad, y él se va; otro, aquel del Evangelio según Mateo, que impreca a dos ciudades: «¡Ay de ti, Korazín! ¡Ay de ti, Bethsaida!, porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho las maravillas que en vosotras se han hecho, ha tiempo que se hubieran arrepentido en saco y en ceniza». Con ese repetido apoyo, los modos potenciales del verbo pudieron ingresar en la eternidad: Hércules convive en el cielo con Ulrich Zwingli porque Dios sabe que hubiera observado el año eclesiástico, la Hidra de Lerna queda relegada a las tinieblas exteriores porque le consta que hubiera rechazado el bautismo. Nosotros percibimos los hechos reales e imaginamos los posibles (y los futuros); en el Señor no cabe esa distinción, que pertenece al desconocimiento y al tiempo. Su eternidad registra de una vez (uno intelligendi actu) no solamente todos los instantes de este repleto mundo sino los que tendrían su lugar si el más evanescente de ellos cambiara —y los imposibles, también. Su eternidad combinatoria y puntual es mucho más copiosa que el universo.
A diferencia de las eternidades platónicas, cuyo riesgo mayor es la insipidez, ésta corre peligro de asemejarse a las últimas páginas de Ulises, y aun al capítulo anterior, al del enorme interrogatorio. Un majestuoso escrúpulo de Agustín moderó esa prolijidad. Su doctrina, siquiera verbalmente, rechaza la condenación; el Señor se fija en los elegidos y pasa por alto a los réprobos. Todo lo sabe, pero prefiere demorar su atención en las vidas virtuosas. Juan Escoto Erígena, maestro palatino de Carlos el Calvo, deformó gloriosamente esa idea. Predicó un Dios indeterminable; enseñó un orbe de arquetipos platónicos; enseñó un Dios que no percibe el pecado ni las formas del mal; enseñó la deificación, la reversión final de las criaturas (incluso el tiempo y el demonio) a la unidad primera de Dios. Divina bonitas consummabit malitiam, aeterna vita absorbebit mortem, beatitudo miseriam. Esa mezclada eternidad (que a diferencia de las eternidades platónicas, incluye los destinos individuales; que a diferencia de la institución ortodoxa, rechaza toda imperfección y miseria) fue condenada por el sínodo de Valencia y por el de Langres. De divisione naturae libri V, la obra controversial que la predicaba, ardió en la hoguera pública. Acertada medida que despertó el favor de los bibliófilos y permitió que el libro de Erígena llegara a nuestros años.
El universo requiere la eternidad. Los teólogos no ignoran que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Por eso afirman que la conservación de este mundo es una perpetua creación y que los verbos conservar y crear, tan enemistados aquí, son sinónimos en el Cielo.

III

Hasta aquí, en su orden cronológico, la historia general de la eternidad. De las eternidades, mejor, ya que el deseo humano soñó dos sueños sucesivos y hostiles con ese nombre: uno, el realista, que anhela con extraño amor los quietos arquetipos de las criaturas; otro, el nominalista, que niega la verdad de los arquetipos y quiere congregar en un segundo los detalles del universo. Aquél se basa en el realismo, doctrina tan apartada de nuestro ser que descreo de todas las interpretaciones, incluso de la mía; éste en su contendor el nominalismo, que afirma la verdad de los individuos y lo convencional de los géneros. Ahora, semejantes al espontáneo y alelado prosista de la comedia, todos hacemos nominalismo sans le savoir: es como una premisa general de nuestro pensamiento, un axioma adquirido. De ahí, lo inútil de comentarlo. Hasta aquí, en su orden cronológico, el desarrollo debatido y curial de la eternidad. Hombres remotos, hombres barbados y mitrados la concibieron, públicamente para confundir herejías y para vindicar la distinción de las tres personas en una, secretamente para restañar de algún modo el curso de las horas. «Vivir es perder tiempo: nada podemos recobrar o guardar sino bajo forma de eternidad», leo en el español emersonizado Jorge Santayana. A lo cual basta yuxtaponer aquel terrible pasaje de Lucrecio, sobre la falacia del coito: «Como el sediento que en el sueño quiere beber y agota formas de agua que no lo sacian y perece abrasado por la sed en el medio de un río: así Venus engaña a los amantes con simulacros, y la vista de un cuerpo no les da hartura, y nada pueden desprender o guardar, aunque las manos indecisas y mutuas recorran todo el cuerpo. Al fin, cuando en los cuerpos hay presagio de dichas y Venus está a punto de sembrar los campos de la mujer, los amantes se aprietan con ansiedad, diente amoroso contra diente; del todo en vano, ya que no alcanzan a perderse en el otro ni a ser un mismo ser». Los arquetipos y la eternidad —dos palabras— prometen posesiones más firmes. Lo cierto es que la sucesión es una intolerable miseria y que los apetitos magnánimos codician todos los minutos del tiempo y toda la variedad del espacio.
Es sabido que la identidad personal reside en la memoria y que la anulación de esa facultad comporta la idiotez. Cabe pensar lo mismo del universo. Sin una eternidad, sin un espejo delicado y secreto de lo que pasó por las almas, la historia universal es tiempo perdido, y en ella nuestra historia personal —lo cual nos afantasma incómodamente. No basta con el disco gramofónico de Berliner o con el perspicuo cinematógrafo, meras imágenes de imágenes, ídolos de otros ídolos. La eternidad es una más copiosa invención. Es verdad que no es concebible, pero el humilde tiempo sucesivo tampoco lo es. Negar la eternidad, suponer la vasta aniquilación de los años cargados de ciudades, de ríos y de júbilos, no es menos increíble que imaginar su total salvamento.
¿Cómo fue incoada la eternidad? San Agustín ignora el problema, pero señala un hecho que parece permitir una solución: los elementos de pasado y de porvenir que hay en todo presente. Alega un caso determinado: la rememoración de un poema. «Antes de comenzar, el poema está en mi anticipación; apenas lo acabé, en mi memoria; pero mientras lo digo, está distendiéndose en la memoria, por lo que llevo dicho; en la anticipación, por lo que me falta decir. Lo que sucede con la totalidad del poema, sucede con cada verso y con cada sílaba. Digo lo mismo, de la acción más larga de la que forma parte el poema, y del destino individual, que se compone de una serie de acciones, y de la humanidad, que es una serie de destinos individuales». Esa comprobación del íntimo enlace de los diversos tiempos del tiempo incluye, sin embargo, la sucesión, hecho que no condice con un modelo de la unánime eternidad.
Pienso que la nostalgia fue ese modelo. El hombre enternecido y desterrado que rememora posibilidades felices, las ve sub specie aeternitatis, con olvido total de que la ejecución de una de ellas excluía o postergaba las otras. En la pasión, el recuerdo se inclina a lo intemporal. Congregamos las dichas de un pasado en una sola imagen; los ponientes diversamente rojos que miro cada tarde, serán en el recuerdo un solo poniente. Con la previsión pasa igual: las más incompatibles esperanzas pueden convivir sin estorbo. Dicho sea con otras palabras: el estilo del deseo es la eternidad. (Es verosímil que en la insinuación de lo eterno —de la immediata et lucida fruitio rerum infinitarum— esté la causa del agrado especial que las enumeraciones procuran).
IV
Sólo me resta señalar al lector mi teoría personal de la eternidad. Es una pobre eternidad ya sin Dios, y aun sin otro poseedor y sin arquetipos. La formulé en el libro El idioma de los argentinos, en 1928. Trascribo lo que entonces publiqué; la página se titulaba Sentirse en muerte.
«Deseo registrar aquí una experiencia que tuve hace unas noches: fruslería demasiado evanescente y extática para que la llame aventura; demasiado irrazonable y sentimental para pensamiento. Se trata de una escena y de su palabra: palabra ya antedicha por mí, pero no vivida hasta entonces con entera dedicación de mi yo. Paso a historiarla, con los accidentes de tiempo y de lugar que la declararon.
»La rememoro así. La tarde que precedió a esa noche, estuve en Barracas: localidad no visitada por mi costumbre, y cuya distancia de las que después recorrí, ya dio un extraño sabor a ese día. Su noche no tenía destino alguno; como era serena, salí a caminar y recordar, después de comer. No quise determinarle rumbo a esa caminata; procuré una máxima latitud de probabilidades para no cansar la expectativa con la obligatoria antevisión de una sola de ellas. Realicé en la mala medida de lo posible, eso que llaman caminar al azar; acepté, sin otro consciente prejuicio que el de soslayar las avenidas o calles anchas, las más oscuras invitaciones de la casualidad. Con todo, una suerte de gravitación familiar me alejó hacia unos barrios, de cuyo nombre quiero siempre acordarme y que dictan reverencia a mi pecho. No quiero significar así el barrio mío, el preciso ámbito de la infancia, sino sus todavía misteriosas inmediaciones: confín que he poseído entero en palabras y poco en realidad, vecino y mitológico a un tiempo. El revés de lo conocido, su espalda, son para mí esas calles penúltimas, casi tan efectivamente ignoradas como el soterrado cimiento de nuestra casa o nuestro invisible esqueleto. La marcha me dejó en una esquina. Aspiré noche, en asueto serenísimo de pensar. La visión, nada complicada por cierto, parecía simplificada por mi cansancio. La irrealizaba su misma tipicidad. La calle era de casas bajas, y aunque su primera significación fuera de pobreza, la segunda era ciertamente de dicha. Era de lo más pobre y de lo más lindo. Ninguna casa se animaba a la calle; la higuera oscurecía sobre la ochava; los portoncitos —más altos que las líneas estiradas de las paredes— parecían obrados en la misma sustancia infinita de la noche. La vereda era escarpada sobre la calle; la calle era de barro elemental, barro de América no conquistado aún. Al fondo, el callejón, ya campeano, se desmoronaba hacia el Maldonado. Sobre la tierra turbia y caótica, una tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima. No habrá manera de nombrar la ternura mejor que ese rosado.
»Me quedé mirando esa sencillez. Pensé, con seguridad en voz alta: Esto es lo mismo de hace treinta años… Conjeturé esa fecha: época reciente en otros países, pero ya remota en este cambiadizo lado del mundo. Tal vez cantaba un pájaro y sentí por él un cariño chico, y de tamaño de pájaro; pero lo más seguro es que en ese ya vertiginoso silencio no hubo más ruido que el también intemporal de los grillos. El fácil pensamiento Estoy en mil ochocientos y tantos dejó de ser unas cuantas aproximativas palabras y se profundizó a realidad. Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo: indefinido temor imbuido de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconcebible palabra eternidad. Sólo después alcancé a definir esa imaginación.
»La escribo, ahora, así: Esa pura representación de hechos homogéneos —noche en serenidad, parecita límpida, olor provinciano de la madreselva, barro fundamental— no es meramente idéntica a la que hubo en esa esquina hace tantos años; es, sin parecidos ni repeticiones, la misma. El tiempo, si podemos intuir esa identidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, bastan para desintegrarlo.
»Es evidente que el número de tales momentos humanos no es infinito. Los elementales —los de sufrimiento físico y goce físico, los de acercamiento del sueño, los de la audición de una música, los de mucha intensidad o mucho desgano— son más impersonales aún. Derivo de antemano esta conclusión: la vida es demasiado pobre para no ser también inmortal. Pero ni siquiera tenemos la seguridad de nuestra pobreza, puesto que el tiempo, fácilmente refutable en lo sensitivo, no lo es también en lo intelectual, de cuya esencia parece inseparable el concepto de sucesión. Quede, pues, en anécdota emocional la vislumbrada idea y en la confesa irresolución de esta hoja el momento verdadero de éxtasis y la insinuación posible de eternidad de que esa noche no me fue avara».

Notas
[1] El concepto escolástico del tiempo como la fluencia de lo potencial en lo actual es afín a esta idea. Cf. los objetos eternos de Whitehead, que constituyen «el reino de la posibilidad» e ingresan en el tiempo.
[2] Vivo, Hijo de Despierto, el improbable Robinson metafísico de la novela de Abubeker Abentofail, se resigna a comer aquellas frutas y aquellos peces que abundan en su isla, siempre cuidando de que ninguna especie se pierda y el universo quede empobrecido por culpa de él. 
[3] No quiero despedirme del platonismo (que parece glacial) sin comunicar esta observación, con esperanza de que la prosigan y justifiquen: Lo genérico puede ser más intenso que lo concreto. Casos ilustrativos no faltan. De chico, veraneando en el norte de la provincia, la llanura redonda y los hombres que mateaban en la cocina me interesaron, pero mi felicidad fue terrible cuando supe que ese redondel era «pampa», y esos varones, «gauchos». Igual, el imaginativo que se enamora. Lo genérico (el repetido nombre, el tipo, la patria, el destino adorable que le atribuye) prima sobre los rasgos individuales, que se toleran en gracia de lo anterior.
El ejemplo extremo, el de quien se enamora de oídas, es muy común en las literaturas persa y arábiga. Oír la descripción de una reina —la cabellera semejante a las noches de la separación y la emigración pero la cara como el día de la delicia, los pechos como esferas de marfil que dan luz a las lunas, el andar que avergüenza a los antílopes y provoca la desesperación de los sauces, las onerosas caderas que le impiden tenerse en pie, los pies estrechos como una cabeza de lanza— y enamorarse de ella hasta la placidez y la muerte, es uno de los temas tradicionales en las 10001 Noches. Léase la historia de Badrbasim, hijo de Shahrimán, o la de Ibrahim y Yamila. 
[4] La noción de que el tiempo de los hombres no es conmensurable con el de Dios, resalta en una de las tradiciones islámicas del ciclo del miraj. Se sabe que el Profeta fue arrebatado hasta el séptimo cielo por la resplandeciente yegua Alburak y que conversó en cada uno con los patriarcas y ángeles que lo habitan y que atravesó la Unidad y sintió un frío que le heló el corazón cuando la mano del Señor le dio una palmada en el hombro. El casco de Alburak, al dejar la tierra, volcó una jarra llena de agua; a su regreso, el Profeta la levantó y no se había derramado una sola gota. 
[5] Jesucristo había dicho: Dejad que los niños vengan a mí; Pelagio fue acusado, naturalmente, de interponerse entre los niños y Jesucristo, librándolos así al infierno. Como el de Atanasio (Satanasio), su nombre permitía el retruécano; todos dijeron que Pelagio (Pelagius) tenía que ser un piélago (pelagus) de maldades.

sábado, 28 de febrero de 2026

Cielo de claraboyas
Silvina Ocampo
(Cuento completo)

La reja del ascensor tenía flores con cáliz dorado y follajes rizados de fierro negro, donde se enganchan los ojos cuando uno está triste viendo desenvolverse, hipnotizados por las grandes serpientes, los cables del ascensor.

Era la casa de mi tía más vieja adonde me llevaban los sábados de visita. Encima del hall de esa casa con cielo de claraboyas había otra casa misteriosa en donde se veía vivir a través de los vidrios una familia de pies aureolados como santos. Leves sombras subían sobre el resto de los cuerpos dueños de aquellos pies, sombras achatadas como las manos vistas a través del agua de un baño. Había dos pies chiquitos, y tres pares de pies grandes, dos con tacos altos y finos de pasos cortos. Viajaban baúles con ruido de tormenta, pero la familia no viajaba nunca y seguía sentada en el mismo cuarto desnudo, desplegando diarios con músicas que brotaban incesantes de una pianola que se atrancaba siempre en la misma nota. De tarde en tarde, había voces que rebotaban como pelotas sobre el piso de abajo y se acallaban contra la alfombra.

Una noche de invierno anunciaba las nueve en un reloj muy alto de madera, que crecía como un árbol a la hora de acostarse; por entre las rendijas de las ventanas pesadas de cortinas, siempre con olor a naftalina, entraban chiflones helados que movían la sombra tropical de una planta en forma de palmera. La calle estaba llena de vendedores de diarios y de frutas, tristes como despedidas en la noche. No había nadie ese día en la casa de arriba, salvo el llanto pequeño de una chica (a quien acababan de darle un beso para que se durmiera,) que no quería dormirse, y la sombra de una pollera disfrazada de tía, como un diablo negro con los pies embotinados de institutriz perversa. Una voz de cejas fruncidas y de pelo de alambre que gritaba «¡Celestina, Celestina!», haciendo de aquel nombre un abismo muy oscuro. Y después que el llanto disminuyó despacito… aparecieron dos piecitos desnudos saltando a la cuerda, y una risa y otra risa caían de los pies desnudos de Celestina en camisón, saltando con un caramelo guardado en la boca. Su camisón tenía forma de nube sobre los vidrios cuadriculados y verdes. La voz de los pies embotinados crecía: «¡Celestina, Celestina!». Las risas le contestaban cada vez más claras, cada vez más altas. Los pies desnudos saltaban siempre sobre la cuerda ovalada bailando mientras cantaba una caja de música con una muñeca encima.

Se oyeron pasos endemoniados de botines muy negros, atados con cordones que al desatarse provocan accesos mortales de rabia. La falda con alas de demonio volvió a revolotear sobre los vidrios; los pies desnudos dejaron de saltar; los pies corrían en rondas sin alcanzarse; la falda corría detrás de los piecitos desnudos, alargando los brazos con las garras abiertas, y un mechón de pelo quedó suspendido, prendido de las manos de la falda negra, y brotaban gritos de pelo tironeado.

El cordón de un zapato negro se desató, y fue una zancadilla sobre otro pie de la falda furiosa. Y de nuevo surgió una risa de pelo suelto, y la voz negra gritó, haciendo un pozo oscuro sobre el suelo: «¡Voy a matarte!». Y como un trueno que rompe un vidrio, se oyó el ruido de jarra de loza que se cae al suelo, volcando todo su contenido, derramándose densamente, lentamente, en silencio, un silencio profundo, como el que precede al llanto de un chico golpeado.

Despacito fue dibujándose en el vidrio una cabeza partida en dos, una cabeza donde florecían rulos de sangre atados con moños. La mancha se agrandaba. De una rotura del vidrio empezaron a caer anchas y espesas gotas petrificadas como soldaditos de lluvia sobre las baldosas del patio. Había un silencio inmenso; parecía que la casa entera se había trasladado al campo; los sillones hacían ruedas de silencio alrededor de las visitas del día anterior.

La falda volvió a volar en torno de la cabeza muerta: «¡Celestina, Celestina!», y un fierro golpeaba con ritmo de saltar a la cuerda.

Las puertas se abrían con largos quejidos y todos los pies que entraron se transformaron en rodillas. La claraboya era de ese verde de los frascos de colonia en donde nadaban las faldas abrazadas. Ya no se veía ningún pie y la falda negra se había vuelto santa, más arrodillada que ninguna sobre el vidrio.

Celestina cantaba Les Cloches de Corneville, corriendo con Leonor detrás de los árboles de la plaza, alrededor de la estatua de San Martín. Tenía un vestido marinero y un miedo horrible de morirse al cruzar las calles.

FIN

miércoles, 25 de febrero de 2026

Quizá, entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento.
Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima,  la 
Arremangaba jugando al marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. 
Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de todos, pasándolo por en 
medio de una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la 
cara levantada, amenazándonos a todos con la mano y como diciendo: «Ya me las pagarán 
caro».
Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si 
fuera un aullido de coyote.
Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.
Dicen que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza que por poco lo deja en 
parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.
Lo cierto es que no lo volvimos a ver, sino cuando apareció de vuelta por aquí convertido 
en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en una banca con la carabina 
entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a 
nadie. Y si uno lo miraba, él se hacía el desentendido como si no conociera a la gente.
Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito, se le ocurrió ir a 
darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando todavía estaban 
tocando las campanas el toque de Animas. Entonces se oyeron los gritos, y la gente que 
estaba en la iglesia* rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito 
defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal: Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la 
carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín donde se 
estuvo tendido.
Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el 
curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.
Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. 
No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el 
árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.
Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.

«Acuérdate» 
«El llano en llamas»
 Juan Rulfo.

domingo, 26 de octubre de 2025

Relato Corto: “Un país sin fronteras llamado nosotros”

Lucas y Clara se volvieron a encontrar en una vieja estación de tren,
una de esas que el tiempo ya había olvidado,
donde los rieles se oxidaron
dibujando caminos que nunca llegaron a destino.

Diez años habían pasado
desde que la distancia los convirtió en fantasmas.
Y sin embargo, bastó una mirada entre maletas y relojes detenidos
para reconocer que el amor no se había ido… solo había aprendido a esperar.

—No tenemos un lugar —dijo él,
mirando las paredes descascaradas.

Ella tomó su mano, la puso sobre su pecho y le susurró:
—Aquí caben todos los lugares que fuimos.

Y así fue.
Cada beso que se robaron esa tarde en la estación vacía
dibujó una coordenada nueva:
el banco del parque donde se juraron tormentas,
la cocina estrecha donde quemaron la cena
y se rieron hasta doler,
las cartas que nunca enviaron,
guardadas como capitales secretas de un mapa que solo ellos sabían leer.

El polvo flotando bajo la luz
parecía una constelación de todo lo que no se dijeron.

Cuando el guardavía entró y los vio abrazados,
solo murmuró:
—Aquí no hay nada.

Ellos sonrieron.
Porque sabían que el amor no es el lugar…
es la brújula.
La que te mantiene a flote
aunque todo lo demás se hunda.

Y ahora, cuando alguien les pregunta dónde viven,
solo señalan el aire entre sus cuerpos:
un país sin fronteras,
donde cada latido es camino
y cada recuerdo, horizonte.

Porque algunos amores no ocupan espacio.
Son el espacio.
Y sí…
quizás el amor sea el único territorio
que nos contiene sin pedir permiso.

¿Puede un recuerdo seguir siendo hogar e influir en nosotros?

©Jose Luis Vaquero, 
Sal fuera de ti

miércoles, 13 de agosto de 2025

Micro Relato... "Cuando el universo no responde"

A veces pones el alma en la tierra… y, aun así, no florece lo que soñaste.
No porque no lo merezcas, sino porque la vida no siempre paga con la misma moneda.

Ha cuidado cada tallo, ha regado cada esperanza… y aun así, algunas flores parecen derretirse antes de tiempo, como si el sol tuviera prisa por llevárselas.

—“¿De qué sirve tanto esfuerzo?” —susurra una voz cansada.
—“Sirve para saber que diste lo mejor de ti, incluso cuando no hubo recompensa” —responde otra, más serena.

Sembrar no siempre asegura cosechar, pero sí te recuerda que eres capaz de crear, cuidar y esperar. Y eso, aunque no alimente la mesa, fortalece el alma.

Porque... A veces, la tierra no devuelve flores… pero en silencio, cultiva raíces que sostienen tus próximos pasos.

©Jose Luis Vaquero | salfueradeti 

viernes, 30 de mayo de 2025

El hombre que nunca fue visto.-

Se mira al espejo y vuelve a girar la cara. No por vanidad, ni por descuido, sino porque no soporta lo que ve. En su reflejo no hay juventud, ni belleza, ni esa chispa que despierta sonrisas. En su reflejo solo hay él, un hombre al que el mundo ha aprendido a ignorar.  

Sale a la calle y nota el mismo ritual de siempre. Un gesto de indiferencia, una mirada rápida, una conversación interrumpida cuando se acerca demasiado. Nadie lo rechaza abiertamente, claro, sería demasiado evidente. Pero él lo sabe. Lo siente. En cada silencio, en cada pausa incómoda, en cada noche en la que el teléfono nunca suena.  

No quiere riqueza, ni lujos, ni aplausos. Solo quiere amor, un amor que lo vea más allá de la piel, más allá de lo que los ojos juzgan. Quiere ofrecer caricias, palabras, detalles sin motivo. Quiere ser el que abrace sin esperar, el que cuente historias a la luz de una lámpara gastada.  

Pero el amor nunca llegó. Y cuando quiso buscarlo, tampoco lo encontró. Y así, con el tiempo, el deseo se convirtió en resignación, y la resignación en una rutina que siempre le sabe igual: trabajar, caminar solo, sentarse en el bar con el café que ya ni disfruta.  

El café… Ese pequeño ritual diario que a otros les trae consuelo, pero a él solo le recuerda lo que falta. Sabe exactamente cómo se mueve el humo al ascender, cómo el líquido caliente le quema la lengua si no espera lo suficiente, cómo el aroma le envuelve por un instante antes de desaparecer en el aire. Y sabe que, aunque se siente en la misma mesa cada día, nadie nota su presencia. Nadie le pregunta cómo está, nadie le espera, nadie le extraña.  

"Ojalá fuéramos ciegos", murmura para sí mismo. Quizás entonces sabría lo que es el amor.  

Pero sabe que eso no va a ocurrir. Nadie será ciego, y él nunca será visto.  

Recuerda aquellas noches en las que fantaseaba con una vida distinta, con una mujer que no mirara su piel, sino su alma. Alguien que riera con él, que le hablara con dulzura, que quisiera conocer sus pensamientos. Se imaginó entregándole libros, contándole historias, escuchando sus sueños, caminando juntos bajo la lluvia sin importar el frío. Pero eso era un mundo que solo existía en su mente.  

Si alguna vez la encontrara, le ofrecería mucho más que palabras vacías.  

Ofrecería su inteligencia, su capacidad de razonar, de comprender, de explorar el mundo a través de preguntas infinitas. Le daría diálogos que despierten la mente, conversaciones que no se desvanecen con el paso de los días, sino que permanecen y transforman.  

Le entregaría su cultura, los relatos que ha recopilado, las piezas de historia que ha hilado con cuidado, los versos de poetas olvidados que llevan siglos esperando ser leídos. No serían palabras huecas ni erudición arrogante, sino el placer de compartir y construir juntos un universo de significados.  

Ofrecería su filosofía, su forma de mirar la vida, de cuestionar lo que parece inamovible. No impondría dogmas ni certezas absolutas, sino caminos abiertos, reflexiones compartidas, pensamientos que fluyen libres como el viento.  

Le regalaría su humor, porque el amor no solo necesita profundidad, sino también ligereza. Le haría reír con ocurrencias inesperadas, con comentarios perspicaces, con la alegría de quien sabe que en cada risa hay una victoria sobre la tristeza.  

Le brindaría su ciencia, la maravilla de entender cómo funciona el mundo, el cosmos, la naturaleza, la vida misma. Juntos explorarían los misterios del universo, desde lo diminuto hasta lo infinito, sin miedo a la incertidumbre, con el gozo de descubrir.  

Le obsequiaría su presencia, su manera de estar sin invadir, de acompañar sin exigir, de escuchar sin juzgar. Sería un refugio, un espacio seguro, un lugar donde se puede ser sin máscaras, sin imposiciones.  

Le daría su sinceridad, porque la mentira nunca ha sido su aliada. No disfrazaría sus emociones, no crearía ilusiones falsas. Diría lo que piensa con respeto, lo que siente con claridad, sin juegos, sin engaños.  

Y por último, le entregaría su mirada, la única forma de hablar cuando las palabras sobran. Si ella aceptara su amor, no haría falta que dijera nada. Bastaría con que le mirara con ojos de enamorada, con la certeza de que en él ha encontrado algo más valioso que cualquier tesoro: un hombre que, lejos de ser perfecto, es auténtico.  

Pero ella nunca llegó.  

Cada día se hunde más en su propio silencio. No hay escapatoria. No hay alternativa.  

Y mientras toma el último sorbo de café, ha tomado una decisión. El río lo espera.  

Su corazón, lleno de amor, no soporta más el desamor recibido. La tragedia es inevitable.

En su funeral no habrá viuda ni hijos. Se irá en soledad. La misma soledad que injustamente vivió.  

Diogenes Sinope

jueves, 22 de mayo de 2025

Preciosa historia de las que el mundo necesita.
John Blanchard acudía a la biblioteca a ver los estantes de los libros de diferentes temas.
Era un hombre muy culto. Y en cierta ocasión al acudir en su búsqueda habitual de libros, se encuentra uno que le llamo mucho la atención. No por su contenido, sino por las notas que tenía escritas con lápiz... percibió en ellas una mente reflexiva, un gran corazón y un alma sensible. En la contratapa se encontraba el nombre de la anterior dueña del libro, "Holliz Meiner"
Algo le produjo una incontenible necesidad , y con mucho tiempo y esfuerzo, se dió a la tarea de localizarla...
Parecia imposible, pero después de un buen tiempo...encuentra su dirección en Nueva York y le envía una carta
Se presenta y la invita a corresponderle.
Pero al siguiente día, John fue enviado a servir al otro lado del océano. Esto fue, en tiempo de la segunda guerra mundial.
Durante 13 meses se enviaron mucha correspondencia, y asi se fueron conociendo. Esas cartas eran semillas que caían en corazones fértiles!...Y empezó a florecer un precioso romance.
En varias ocasiones, él le pidió que le enviara una foto...a lo cual ella contesto una y otra vez.. que si estaba interesado de verdad, no tenía que importarle su apariencia... Recalcando "A mí me interesa que conozcas mi corazón, mi alma, lo demás no interesa. Después de ese año aJohn lo dan de alta. El preparó su regreso, arreglando su primer encuentro entre ellos... Sería a las 7:00 de la tarde, en la estación situada en Nueva York.
Y ella le escribe: me reconocerás por una orquídea que llevaré en la solapa de mi vestido.
Y ese día John a las 7:00 busca al corazón que amaba, pero que no conocía.
Era una cita a ciegas!
Y este es su relato:
Llegué a la estación... vi que una mujer se acercaba a mi...
Era mucho más bella de lo que me había imaginado...
delgada, con una figura armoniosa, tez blanca, ojos bien grandes y expresivos, una sonrisa que enamoraba, cabello dorado recogido impecablemente debajo de un sombrero adornado con flores, y unos labios muy sensuales.. Estaba enfundada en un maravilloso vestido verde. Me acerque a ella lentamente olvidando el detalle de la orquídea que no llevaba así que cuando estaba cara a cara la dama lanzo una sonrisa provocativa...y me dice:
-Mira por dónde caminas marinero... y acto seguido siguió su camino. Entonces tras ella aparece una dama... con un vestido viejo, en él estaba una orquídea.. Se notaba que pasaba no por sus mejores años... Su pelo estaba desprolijo y llevaba un viejo sombrero. Era más bien retacona y con pies y tobillos gruesos... Tenia unos zapatos de tacón bajo, maltratados por el tiempo...
Mientras miraba este cuadro, la hermosa dama de vestido verde se alejaba cada vez más.
En ese momento estaba tentado de escapar...salir corriendo, perderme entre los marineros...
Ella jamás sabría si fui a la cita o no... Pero a la vez, me sentí un canalla, porque a pesar de todo esta mujer me habia levantado el espíritu durante la guerra y tiene un alma muy sensible y un buen corazón.
La desilusión fue tremenda... no era lo que yo esperaba.
Pero era un caballero, así que
respiré profundo y me acerque..
Me presenté:
-Yo soy John Blanchard
Me permite invitarla a cenar?... Me alegró que finalmente nos conociéramos personalmente!
La mujer me sonrió tiernamente y me dijo:
-Mire, no se de que se trata...pero la mujer que acaba de pasar, la de vestido verde, me dijo que llevara esta orquídea en mi abrigo.Y dijo que si me invitaba a cenar, yo le debía decir que ella lo estará esperando en el restaurante que está al otro lado de la calle.
Me dijo que esto era una prueba muy importante para ella...porque necesitaba que ud amara lo que nadie más...su esencia.🌷


sábado, 11 de enero de 2025

🧙‍♀️LA🧹LEYENDA🧹DEL🧹GATO🧹NEGRO🧹DE BEFANA🧙‍♀️ ...solo uno era negro: era de Befana y él la acompañó en sus largos viajes; montando en una escoba vio lugares maravillosos, pero siempre desde arriba. El gato a veces se preguntaba cómo era la vida para los humanos: cuando el período de la epifanía terminó, en realidad estaba viviendo una especie de hibernación y durmiendo con la bruja todo el año esperando el 6 de enero. Una noche el gato, en su viaje alrededor del mundo con la anciana, salió a tratar de ver el mundo más cerca, la bolsa estaba abierta y un regalo voló. Después de un tiempo la bruja se dio cuenta: "¡Nunca había ocurrido tal error en miles de años! “El gato calló, pero la vieja era mágica y dijo: “Gata vieja, eras tú, no me enojo...” la vida ha sido aburrida y solitaria conmigo. Pero este niño necesita algo que dar: ¡vete tú! "Así que el gato fue catapultado en una chimenea y cuando llegó a la gran sala de estar comenzó a toser por las grandes cenizas y la familia lo miró asombrado, pero el bebé gritó de alegría: "¡Qué hermoso amigo, todo para mí! “” Y los padres no tuvieron el coraje de separarlos y desde ese día los gatos ya no fueron solo tigreados, porque, en memoria de ese don, había gatos negros. Y es por eso que los gatos negros traen suerte, porque son un regalo de la noche mágica en la que los sueños se hacen realidad.....
- web.

sábado, 4 de enero de 2025

EL CUENTO DE LA LIBÉLULA.

Del libro «Cuentos para crecer y curar» de Michel Dufour.

«En el fondo de un viejo estanque vivía un grupo de larvas que no comprendían por qué cuando alguna de ellas ascendía por los largos tallos de lirio hasta la superficie del agua, nunca más volvía a descender donde ellas estaban.

Se prometieron una a otra que la próxima de ellas que subiera hasta la superficie, volvería para decirles a las demás lo que le había ocurrido.

Poco después, una de dichas larvas sintió un deseo irresistible de ascender hasta la superficie.

Comenzó a caminar hacia arriba por uno de los finos tallos verticales y cuando finalmente estuvo fuera se puso a descansar sobre una hoja de lirio. Entonces experimentó una transformación magnifica que la convirtió en una hermosa libélula con unas alas bellísimas.

Trató de cumplir su promesa, pero fue en vano.

Volando de un extremo al otro de la charca podía ver a sus amigas sobre el fondo.

Entonces comprendió que incluso si ellas a su vez hubieran podido verla, nunca habrían reconocido en esta criatura radiante a una de sus compañeras.

El hecho de que después de esa transformación que llamamos muerte, no podamos ver a nuestros amigos o familiares, ni comunicarnos con ellos, no significa que hayan dejado de existir …

No están aquí, se fueron a otro lugar para cuidarnos desde allí con una vista diferente.

«La muerte no es más que un cambio de misión.»
LA STORIA DEL GATTO DELLA BEFANA
Un tempo i gatti erano tutti tigrati, solo uno era di colore nero: era quello della Befana e la accompagnava nei suoi lunghi viaggi; a cavallo della scopa vedeva luoghi meravigliosi, ma sempre dall’alto. Il micio ogni tanto si chiedeva come era la vita degli umani: quando il periodo dell’Epifania si concludeva, lui infatti viveva una specie di letargo e dormiva con la strega tutto l’anno in attesa del 6 gennaio. Una notte il gatto, nel suo viaggio attorno al mondo assieme alla vecchina, si sporse per tentare di vedere più da vicino il mondo, il sacco era aperto e un regalo volo via. Dopo un pò la strega se ne accorse: “Mai era successo un errore così in millenni di viaggi!” Il gatto taceva, ma la vecchia era magica e disse: “Vecchio micione sei stato tu, non mi arrabbio…la vita è stata noiosa e solitaria con me. Ma a questo bambino bisogna pur dare qualcosa: andrai tu!” Così il gatto fu catapultato in un camino e quando arrivò nel grande salone cominciò a tossire per la gran cenere e la famiglia lo guardò stupita, ma il bambino urlava di gioia: “Che bello un amico tutto per me!” Ed i genitori non ebbero coraggio di separarli e da quel giorno i gatti non furono più solo tigrati, perché, a ricordo di quel dono, ci furono gatti neri. E per questo i gatti neri portano fortuna, perché sono un regalo della magica notte in cui i sogni si avverano.