| Días finales de Manuel Belgrano |
| El 20 de junio de 1820 moría Manuel Belgrano en la pobreza extrema, en una Buenos Aires asolada por la guerra civil. Fue uno de los más notables economistas argentinos, precursor del periodismo nacional, impulsor de la educación popular, la industria nacional y la justicia social. Se destacó durante las invasiones inglesas, cuando se incorporó a las milicias criollas para defender la ciudad, y fue uno de los pocos que se negaron a prestar juramento al invasor. Cumplió un rol protagónico durante la Revolución de Mayo y fue nombrado vocal de la Primera Junta. Encabezó la expedición al Paraguay; y el 27 de febrero de 1812 creó la bandera, algo que le valió la reprimenda del Primer Triunvirato. En el Norte encabezó el heroico éxodo del pueblo jujeño y logró las grandes victorias de Tucumán y Salta. Tras las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, sin embargo, se retiró del Ejército del Norte. En 1816, participó activamente en el Congreso de Tucumán que el 9 de julio declararía la Independencia. Reproducimos a continuación, un capítulo de un libro de Bernardo González Arrili, donde hace referencia a los últimos días en la vida de Manuel Belgrano. |
| Fuente: González Arrili, Bernardo, Belgrano, Buenos Aires, Editorial Kapelusz, 1948. |
| Días enteros permaneció en su lecho, en la misma habitación donde naciera, atendido por sus hermanos, entre ellos el canónigo don Domingo Estanislao, y la dulce Juana, que le hizo de madre. Iban a verlo muchos amigos de la juventud y casi todos los vecinos; uno, Juan Súllivan, que era médico, tocaba el clavicordio, para distraerlo. Lleváronle unos días a San Isidro, frente al río, pero fue necesario volver pronto a la ciudad. A medida que los signos de su hidropesía aumentaban, se le descarnaba el semblante. Su hermosa cara “así como es lindo, debe ser su corazón”, había dicho Cumbay-, su color sonrosado, su nariz fina y recta, con la lumbre mansa de sus ojos claros y el rizado de los cabellos rubios –“el alemán”, como lo llamaba Balbín-, habíase transformado por completo. Sólo los ojos eran los mismos, aunque más mansos, velados a veces por una cortina de lágrimas sutiles. En vigilia casi continua –dormía dos o tres horas, no más, cada día- algunas tardes pasábalas en su sillón poltrona, mirando el patio, un retazo del cielo de su Buenos Aires bien amada. Allí supo una vez que se anunciaba una invasión de santafesinos de López; como si el alma le empujara, quiso ponerse en pie, y acaso pensó ordenar que le ensillaran un caballo para concurrir a la defensa, pero el dolor le recordó que era un vencido, y dejándose caer en su asiento, llevóse las manos a la cara y lloró, el pecho partido de angustia. Fue a verlo Lamadrid y lo encontró “bastante agobiado”. Le devolvió los “apuntes de mis campañas, que había escrito yo en Fraile Muerto, el año 1818, por orden suya, y me los alcanzó diciendo: Estos apuntes los hizo usted muy a la ligera; es menester que usted los recorra y detalle más prolijamente y me los traiga”. Tenía momentos en que rogaba que le dejaran solo. Su amigo el ex gobernador de Córdoba, doctor Castro, que le preguntó el porqué de su voluntaria soledad, obtuvo esta respuesta: -Pienso en la eternidad, adonde voy, y en la tierra querida que dejo… La indigencia le amargaba sus días finales. El gobernador interino, Ramos Mejía, le socorrió con unos pesos. Para poder pagar sus deudas, solicitó Belgrano que se le diera otra cantidad mayor a cuenta de sus haberes. El gobernador pasó su solicitud a la Junta de Representantes. Los hombres que la formaban tenían entonces preocupaciones de mucho interés y no disponían de mucho tiempo para gastarlo en atender al hombre de Mayo, que moría lentamente en la pobreza. Hicieron a un lado la solicitud. Llegó Balbín, su buen amigo, de Tucumán, unos días antes de que expirara. -Amigo –le dijo Belgrano-, mi situación es cruel. Me hallo muy malo. Duraré muy pocos días. Espero la muerte sin temor, pero me llevo al sepulcro un sentimiento… -Dígamelo usted, si puede saberse… -El de que muero tan pobre que no tengo con qué pagarle el dinero que usted me prestó, aunque no lo perderá. El gobierno me debe algunos miles de pesos, y luego que el país se tranquilice, se los pagarán de mi albacea, quien queda encargado de satisfacer la deuda. Balbín estaba ya casi tan pobre como su amigo. La intranquilidad del país, que era el nombre que se le daba a la anarquía naciente, le dejaba sin blanca. En septiembre, el día 26, publicaba un aviso en La Estrella del Sud, de Buenos Aires, ofreciéndose para “enseñar a la perfección y en poco tiempo los idiomas francés, español y latín, por sólo cuatro pesos al mes”… Belgrano dictó y firmó su testamento veinticinco días antes de morir, el mismo en que se cumplía la primera década de la Revolución. En él encargaba a su hermano, el canónigo, del cuidado de “sus escuelas”. En secreto, encomendó al mismo que, una vez pagadas todas sus deudas, aplicara el sobrante al cuidado y educación de la hija que dejaba en Tucumán, Manuela Mónica, que fue luego “dechado de virtud y amabilidad, tan semejante a su padre en la fisonomía como en la dulzura de su carácter”, según los Apuntes del general Ignacio Álvarez Thomas, escritos en 1846. Regaló su reloj de oro al doctor Redhead: “Es todo cuanto tengo que dar a este hombre bueno y generoso”. El 19 de junio dio un beso a su hermana Juana, para pagarle sus amorosos desvelos, y en la mañana del otro día, a las siete, expiró suspirando: -¡Ay, Patria mía!... Hecha la autopsia de su cadáver, se comprobó con asombro que “el corazón era más grande que el del común de los mortales”, lo que debía ser uno de los efectos de su enfermedad. Se le amortajó con un hábito de Santo Domingo, pues así lo dejó pedido, y en un féretro de madera de pino, recubierto de tela negra, lleváronlo sus hermanos y algunos pocos amigos la media cuadra que distaba su casa del convento dominico, y allí, a la entrada de la iglesia, al pie de la pilastra derecha del arco central, le cavaron la fosa. Una losa de mármol blanco, trozo de la cubierta de una cómoda que había pertenecido a la madre, lo cubrió con la leyenda: “Aquí yace el general Belgrano”. |
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jueves, 20 de junio de 2013
20 de Junio - Día de la Bandera - Días finales de Manuel Belgrano
viernes, 11 de noviembre de 2011
A 60 años del voto femenino y el recuerdo a Eva Perón
A 60 años del voto femenino
Hoy se cumplen 60 años de la primera vez en la historia que las mujeres argentinas pudieron votar, cuarenta años después que ese derecho había sido reconocido para todos los varones, en 1912.
El derecho al voto femenino quedó sancionado durante un acto público encabezado por el presidente Juan Domingo Perón frente a la CGT el 23 de septiembre de 1947, días después que ambas cámaras del Congreso respaldaron la norma que marcó la incorporación de la mitad de la población argentina al derecho de sufragio.
El proyecto, alentado por el peronismo en el gobierno y en particular por la esposa del presidente, Eva Perón, había sido aprobada primero por el Senado y luego por la Cámara de Diputados que la respaldó por unanimidad en la sesión del 9 de septiembre de 1947.
El 11 de noviembre de 1951, cuatro años después, más de 3.500.000 votaron por primera vez en los comicios presidenciales que consagraron la reelección de Perón, el único en el que sufragó su esposa Eva Duarte, quien falleció el 26 de julio del año siguiente.
El voto femenino figuró como uno de los proyectos legislativos más postergados desde 1928 cuando una iniciativa de reconocimiento fue presentado por el socialista Mario Bravo.
El derecho al sufragio de las mujeres fue el centro de los reclamos de dirigentes Alicia Moreau de Justo, Elvira Dellepiane de Rawson y las escritoras Alfonsina Storni y Silvina Ocampo, entre otras.
La participación femenina en la política volvió a dar un salto cualitativo en 1991, cuando se estableció el cupo femenino para cargos electivos, lo que obligó a los partidos políticos a incluir un mínimo de un tercio de mujeres entre los candidatos.
Aportes posteriores convirtieron a la Argentina en el país sudamericano con mayor cantidad de mujeres en el Poder Legislativo y la ubicó entre los primeros diez a nivel mundial.
El país contó en las últimas décadas con la presencia decisiva de mujeres en el centro del poder, desde Eva Perón, en condición de Primera Dama y María Estela "Isabel" Martínez de Perón, elegida vicepresidente y quien quedó en el máximo cargo político tras la muerte de su esposo.
Desde comienzos de siglo se produjo un fuerte protagonismo de mujeres en la máxima instancia del poder: Cristina Kirchner fue elegida presidenta en 2007..
Fuente: La Nacion.com ar
miércoles, 10 de noviembre de 2010
domingo, 25 de julio de 2010
jueves, 1 de julio de 2010
lunes, 7 de junio de 2010
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