“En el preciso momento en que repensaba los poderosos versos de Keats, pensaba que quizás solo estaba siendo leal a mi memoria. Quizás, la verdadera emoción que yo extraía de los versos de Keats radicaba en aquel lejano instante de mi niñez en Buenos Aires cuando por primera vez oí a mi padre leerlos en voz alta. Y cuando la poesía, el lenguaje, no era solo un medio para la comunicación sino que también podía ser una pasión y un placer: cuando tuve esa revelación, no creo que comprendiera las palabras, pero sentí que algo me sucedía. Y no solo afectaba a mi inteligencia sino a todo mi ser, a mi carne y a mi sangre”.
Jorge Luis Borges,
El enigma de la poesía
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