viernes, 21 de agosto de 2026

Jorge Luis Borges 
La casa de Asterión es un relato breve escrito por Jorge Luis Borges en 1947. Publicado por primera vez en un número de la revista ‘Anales de Buenos Aires’, aunque su inclusión en ‘El Aleph’, uno de los dos volúmenes más famosos de Borges (el otro es ‘Ficciones’) lo hizo bastante más conocido.

El relato es una revisión de un famoso mito griego, "Ariadna, Teseo y el minotauro" de verdad recomiendo leerlo antes de los spoilers, su efecto es tremendo.

Resumen:

 Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.

Apolodoro, Biblioteca, III, 1.
Y Asterión comienza su discurso.

Primero rechaza las acusaciones que sobre él arroja la plebe, no es ni un misántropo, ni un soberbio, ni mucho menos un loco, calumnias que “castigará a su tiempo”.

Luego admite que no sale de su casa, pero da buenas razones para ello. 

En primer lugar es muy grande, de hecho tiene un número infinito de puertas (el texto anota que el original decía catorce, número que para Asterión equivale al infinito), de nuevo desprecia el rumor de que hay una casa parecida en Egipto.

Otra calumnia es que es un prisionero, de nuevo, aunque su casa es tan grande y un laberinto para los extraños. Ha salido a la calle, pero las caras aplanadas de la plebe, sus llantos y rezos de terror que les inspiraba verle, lo terminaron por fastidiar.

Humildemente acepta que aunque su modestia lo quiera, no se le puede confundir con el vulgo.

Tampoco sabe leer, pues, como el filósofo, piensa que nada es comunicable por el arte de la escritura, eso a veces le pesa pues los días son largos.

Aunque tiene muchas distracciones.

A veces corre por las galerías como un carnero en embestida, juega a que le buscan, escondiéndose entre los infinitos (catorce) aljibes de su casa. También juega a estar dormido, en ocasiones realmente lo hace, pero su juego favorito es fingir que ‘otro Asterión’ lo visita y que le muestra la casa.

También reflexiona sobre esta, con infinitos patios, pesebres, aljibes y galerías, todos idénticos, son uno y muchos a la vez.

Por último habla de que cada nueve años, entran a su casa nueve hombres para que él los libre de todo mal, tan pronto los escucha corre alegremente a buscarlos, ceremonia que dura pocos minutos. Ignora quiénes son, pero sabe que uno profetizó al morir, que alguna vez llegaría su redentor, desde entonces no le duele la soledad, sabe que existe y que en algún momento se van a encontrar.

El discurso de Asterión es seguido por estas líneas:

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre. 

–¿Lo creerás, Ariadna? –dijo Teseo–. El minotauro apenas se defendió

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