jueves, 30 de abril de 2026

"Ser de río sin peces, esto he sido.
Y revestida voy de espuma y hielo.
Ahogado y roto llevo todo el cielo
Y el árbol se me entrega malherido.

A dos orillas del dolor uncido
Va mi caudal a un mar de desconsuelo.
La garza de su estero es alto vuelo
Y adiós y breve sol desvanecido.

Para morir sin canto, ciego, avanza
Mordido de vacío y de añoranza.
Ay, pero a veces hondo y sosegado
Se detiene bajo una sombra pura.
Se detiene y recibe la hermosura
Con un leve temblor maravillado".

Rosario Castellanos,
Ser río sin peces
"El amor eterno no existe. Hasta la más fuerte pasión tiene su tiempo de vida. Llegando su día, se acaba; nace otro amor. -Por eso mismo el amor es eterno -concluyó Juan Fulgencio-. Porque se renueva. Terminan las pasiones, es el amor el que permanece".

"Gabriela, clavo y canela", 
Jorge Amado
"Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo,  no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado".

Julio Cortázar,
Rayuela
"Todo es inútil y hay que tener por lo menos el valor de no usar pretextos. Me hubiera gustado clavar la noche en el papel como a una gran mariposa nocturna. Pero, en cambio, fue ella la que me alzó entre sus aguas como el cuerpo lívido de un muerto y me arrastrara, inexorable, entre fríos y vagas espumas, noche abajo.
Ésta es la noche".

Juan Carlos Onetti,
El pozo
No necesito una mesa ni flores para recordarte.
Porque desde que te fuiste, llevo un altar encendido dentro de mí.

Ahí pongo tus risas, tus silencios y tus maneras.
Pongo tus regaños, tus historias repetidas, tus cosas pequeñas.
Pongo tu olor, que a veces vuelve en medio de la nada,
y me hace cerrar los ojos como quien reza sin palabras.

No me hace falta el copal,
porque el humo ya sale de mi pecho cada vez que te pienso.
Y no necesito velas,
porque tu recuerdo sigue alumbrando por dentro.

He aprendido que el alma también tiene su altar,
y que los muertos viven ahí:
en las esquinas del pensamiento,
en las grietas del corazón,
en los sueños que todavía se atreven a tocar la puerta.

A veces me descubro hablándote bajito,
como quien conversa con un Dios que no responde,
pero escucha.
Y me doy cuenta de que no estoy loco,
solo fiel.
Fiel a lo que fuimos,
a lo que todavía somos aunque no estés.

Dicen que uno debe dejar ir.
Y yo dejo ir, sí…
pero no olvido.
Porque olvidar sería apagar la última vela,
y no pienso quedarme a oscuras.

Tu nombre sigue ahí,
entre los pliegues de mis días,
respirando conmigo.
Y cada vez que me duele la vida,
voy y enciendo otra memoria tuya.
Una risa.
Una mirada.
Una palabra que aún me acompaña.

He comprendido que los altares no se hacen con flores,
sino con recuerdos.
Y que el alma es la única casa donde caben los que ya se fueron.

El viento entra por la ventana.
Mueve algo invisible.
Y siento, sin entender por qué,
que el altar también respira conmigo.

Hay recuerdos que no mueren porque aprendieron a rezar dentro de uno.

Un altar en mí alma,
Fernando D'Sandri
Del libro El viento tiene sus nombres
“Cada ser humano lleva dentro de sí dos voces, una de las cuales le susurra la verdad desnuda, y la otra le falsea la realidad para que pueda soportarla. ¿Cuántas veces nos hemos mirado al espejo y sólo hemos visto nuestro rostro, mientras nuestras almas estaban detrás del cristal, mirándonos con los ojos vacíos?
¿Has intentado permanecer en completo silencio, escuchando tus pensamientos mientras fluyen sin restricciones?  Es aterrador. El hombre no soporta enfrentarse a sí mismo, por eso llena su vida de ruido, de trabajo, de conversaciones vacías, de estupefacientes, de cualquier cosa que le haga escapar de la pregunta que siempre le persigue: ¿Por qué estoy aquí?  ¿Qué me mantiene en marcha?  Quizás la respuesta no sea buscar, sino dejar de huir".
Fiódor Dostoievski
"Las palabras tienen entidad... Algún día seremos capaces de medir el poder de las palabras. Tienen entidad. Se pegan a las paredes, al papel pintado, a las alfombras, a la tapicería, a tu ropa. Y, finalmente, se te quedan pegadas dentro".
Maya Angelou
“Cuando cambiamos mucho, entonces nuestros amigos que no han cambiado se convierten en fantasmas de nuestro propio pasado: su voz nos suena espantosamente vaga, como si nos oyésemos a nosotros mismos, pero más jóvenes, más duros, más inmaduros”.

— Friedrich Nietzsche
"Era feliz. Uno nunca se da cuenta de cuándo es feliz, Ángela, y me pregunté por qué la asimilación de un sentimiento tan benévolo nos encuentra siempre poco preparados, despistados, tanto que sólo conocemos la nostalgia de la felicidad o su espera perpetua". 

Margaret Mazzantini
"Podrá faltarme el aire,
el agua,
el pan,
sé que me faltarán.

El aire, que no es de nadie.
El agua, que es del sediento.
El pan… Sé que me faltarán.

La fe, jamás.

Cuanto menos aire, más.
Cuanto más sediento, más.

Ni más ni menos. Más".

Blas de Otero,
Podrá faltarme el aire...
Tu gato arreglo tu corazón sin que te dieras cuenta
"Pero no soy bueno para decir las cosas, me faltan las palabras. Siento que hay algo sublime en el amor que hiciste nacer en mí; pero en mi diccionario no están las palabras para explicar eso. No las encuentro. A veces, cuando he estado cerca de ti y he intentado decirte qué es lo que siento, me han dado ganas de esconderme entre tus brazos y quedarme callado, quieto, sin decir nada, porque esa es mi intención, explicarte de ese modo mi gran amor por ti, apretándome muy fuerte contra tu cuerpecito, como si yo fuera una cosa humilde y pequeña que me quisiera encerrar entre tus brazos y no salir nunca".

— Juan Rulfo, Cartas a Clara
"No es posible despertar la conciencia sin dolor. La gente es capaz de hacer cualquier cosa, por más absurda que parezca, para evitar enfrentarse a su propia alma. Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad".
Carl Jung