sábado, 3 de octubre de 2026

«Cuando se ha tenido la suerte de amar con fuerza, se pasa uno la vida buscando nuevamente ese ardor y esa luz». 
Alberta Camus,
El verano (Retorno a Tipasa, ensayo)


Albert Camus y la lucidez frente al absurdo

Albert Camus ocupa un lugar fundamental en la literatura y el pensamiento del siglo XX por haber convertido el absurdo de la existencia en el punto de partida de una profunda reflexión sobre la libertad, la justicia y la dignidad humana. Nacido en Argelia en 1913, desarrolló una obra que desafía las certezas absolutas y plantea que, incluso en un mundo carente de sentido último, el ser humano puede construir una vida guiada por la responsabilidad y la solidaridad.

Novelas como El extranjero y La peste, junto con ensayos como El mito de Sísifo y El hombre rebelde, exploran la condición humana desde una mirada lúcida que rechaza tanto el nihilismo como el fanatismo. Para Camus, la rebeldía no era una negación de la vida, sino una afirmación ética frente a la injusticia y el sufrimiento. Su escritura, caracterizada por la claridad y la profundidad filosófica, convirtió preguntas universales en relatos de extraordinaria fuerza literaria.

Galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1957, Camus dejó un legado que trasciende generaciones. Su obra continúa invitando a reflexionar sobre el valor de la libertad, la responsabilidad individual y la necesidad de mantener la esperanza incluso en medio de las circunstancias más adversas.

Trevelin, Chubut

Trevelin, Chubut 
"Hoy tengo que hacer muchas cosas: hay que matar la memoria, hay que petrificar el alma, hay que aprender de nuevo a vivir".
Anna Ajmátova

viernes, 2 de octubre de 2026

Sol, luna y Talía 

Giambattista Basile


Había una vez un gran señor a quien le nació una hija llamada Talía. Mandó llamar a los sabios y adivinos de su reino para que le predijeran el porvenir. Después de muchas deliberaciones, todos llegaron a la conclusión de que la niña correría un grave peligro por culpa de una astilla de lino. Por eso, el padre prohibió que entraran en su casa lino, cáñamo ni ninguna otra cosa semejante, con la esperanza de evitar aquella desgracia.

Pero, cuando Talía ya había crecido, un día se encontraba junto a una ventana y vio pasar a una anciana que hilaba. Como nunca había visto una rueca ni un huso y le agradó mucho verlos girar, sintió tanta curiosidad que hizo subir a la anciana. Tomó la rueca en sus manos y comenzó a estirar el hilo. Por desgracia, una astilla de lino se le clavó bajo una uña y cayó muerta al suelo.

Al ver aquello, la anciana bajó las escaleras a grandes saltos, y todavía sigue saltando. Cuando el desdichado padre se enteró de lo ocurrido, después de pagar con barriles de lágrimas aquella cuba de vino agrio, llevó a Talía al palacio que tenía en el campo. La sentó en un sillón de terciopelo, bajo un dosel de brocado, cerró las puertas y abandonó para siempre aquel palacio, causa de tanto dolor, para borrar por completo de su memoria la desgracia.

Pasado algún tiempo, un rey que había salido de caza por aquellos parajes perdió uno de sus halcones, que entró volando por una ventana de la casa. Como el ave no regresaba al reclamo, el rey mandó golpear la puerta, creyendo que allí vivía gente. Pero, después de llamar un buen rato sin obtener respuesta, hizo traer una escalera de vendimiador y quiso subir él mismo para ver qué había dentro.

Una vez arriba, recorrió todas las habitaciones y rincones y se quedó como una momia al no encontrar a nadie con vida. Por último, llegó a la habitación donde Talía permanecía como encantada. Al verla, creyó que dormía y la llamó, pero ella no recobró el sentido, por mucho que él gritara y tratara de despertarla. Encendido por el ardor de tanta belleza, la tomó en brazos, la llevó a una cama y recogió de ella los frutos del amor. Luego la dejó tendida y regresó a su reino, donde durante un tiempo no volvió a acordarse de lo sucedido.

Al cabo de nueve meses, Talía parió dos criaturas, un varón y una niña, que parecían dos puñados de joyas. Dos hadas aparecieron en el palacio, se encargaron de cuidarlos y los ponían a mamar de los pechos de su madre. Pero un día, al querer mamar y no encontrar los pezones, se aferraron a uno de los dedos de Talía y succionaron con tanta fuerza que sacaron la astilla.

Entonces Talía pareció despertar de un profundo sueño. Al ver aquellas dos joyas a su lado, les dio de mamar y los quiso tanto como a su propia vida.

Sin saber todavía qué le había sucedido, se encontró completamente sola en aquel palacio, con dos hijos junto a ella, y veía que le llevaban algo de comer, aunque nunca aparecía la persona que lo hacía.

El rey, entretanto, se acordó de Talía y, con el pretexto de ir de caza, volvió a verla. La encontró despierta y acompañada de dos pequeños Cupidos, lo que le produjo una alegría que casi lo dejó sin sentido. Le dijo a Talía quién era y le contó cómo había sucedido todo. Entre ambos se trabó entonces una estrecha amistad y unión, y el rey permaneció con ella un puñado de días. Al despedirse, prometió que regresaría para llevársela consigo y volvió a su reino.

A todas horas pronunciaba los nombres de Talía y de sus hijos. Si comía, tenía a Talía en la boca; si se acostaba, llamaba a Sol y a Luna, pues así había nombrado a los niños.

La esposa del rey, que ya había comenzado a sospechar por lo mucho que su marido prolongaba sus cacerías, al oírlo repetir «Talía, Luna y Sol» sintió un calor muy distinto del que produce el sol. Mandó llamar al secretario y le dijo:

—Escucha, hijo mío: estás entre Escila y Caribdis, entre el quicio y la puerta, entre la maza y la reja. Si me dices de quién está enamorado mi marido, te haré rico. Pero, si me ocultas el asunto, me encargaré de que no te encuentren ni muerto ni vivo.

El secretario, zarandeado por el miedo de un lado y degollado por el interés del otro —venda que ciega al honor, niebla que enturbia la justicia y desherrador de la lealtad—, se lo contó todo, llamando al pan pan y al vino vino.

La reina envió al mismo secretario ante Talía en nombre del rey, con el mensaje de que este deseaba ver a sus hijos. Talía se los mandó llena de alegría, pero aquel corazón de Medea ordenó al cocinero que los degollara y preparara con ellos diversos guisos y bocados sabrosos, para hacérselos comer a su desdichado marido.

El cocinero, que era blando de entrañas, sintió compasión al ver aquellas dos hermosas manzanas de oro. Se las entregó a su esposa para que las escondiera y, en su lugar, preparó dos cabritos de cien maneras diferentes.

Cuando llegó el rey, la reina hizo servir los platos con gran regocijo. Mientras comía con mucho gusto, el rey exclamaba:

—¡Oh, qué bueno está esto, por vida de Lanfusa! ¡Qué sabroso está aquello, por el alma de mi abuelo!

Y ella respondía una y otra vez:

—Come, que de lo tuyo comes.

Las primeras dos o tres veces, el rey no prestó atención a aquella cantinela. Pero, como la música no cesaba, acabó por contestar:

—Ya sé que como de lo mío, porque tú no has traído nada a esta casa.

Se levantó furioso y se marchó a una finca cercana para desahogar su cólera.

Entretanto, la reina, no satisfecha con todo lo que ya había hecho, volvió a llamar al secretario y mandó traer a Talía con el pretexto de que el rey la esperaba. Talía acudió de inmediato, ansiosa por encontrarse con la luz de sus ojos, sin saber que la aguardaba el fuego.

Cuando compareció ante la reina, esta, con cara de Nerón y hecha una víbora, le dijo:

—¡Bienvenida seas, doña Matraca! Así que tú eres esa buena pieza, esa mala hierba con la que goza mi marido. Tú eres esa perra maldita que me tiene la cabeza dando vueltas. Pues has llegado al purgatorio, donde te haré pagar el daño que me has causado.

Al oírla, Talía comenzó a disculparse: no había sido culpa suya, pues el marido de la reina había tomado posesión de su territorio cuando ella estaba inconsciente. Pero la reina no quiso escuchar razones. Hizo encender una gran hoguera en el patio del palacio y ordenó que arrojaran a Talía en medio de las llamas.

Talía, al verse perdida, se arrodilló ante ella y le rogó que al menos le concediera tiempo para quitarse la ropa que llevaba puesta. La reina accedió, no por compasión hacia la desdichada joven, sino para quedarse con aquellas prendas bordadas de oro y perlas.

—Desnúdate; te lo concedo.

Talía comenzó a desvestirse y lanzó un grito por cada prenda que se quitaba. Se sacó el vestido, la falda y el corpiño. Cuando llegó el momento de quitarse la enagua, lanzó el último grito. Ya la arrastraban para convertirla en cenizas y hacer con ellas la lejía destinada a lavar los calzones de Caronte, cuando llegó corriendo el rey.

Al encontrarse con aquel espectáculo, exigió saber qué ocurría. Preguntó por sus hijos y entonces su esposa, mientras le reprochaba la traición sufrida, le dijo que se los había hecho engullir. Al oírlo, el desdichado rey se entregó a la desesperación y comenzó a lamentarse:

—¡Así que yo mismo he sido el hombre lobo de mis corderitos! ¡Ay de mí! ¿Por qué mis venas no reconocieron la fuente de esa misma sangre? ¡Ah, turca renegada! ¡Qué perrería has cometido! Pero ahora vas a pagarla: no mandaré esa cara de tirana al Coliseo a hacer penitencia.

Dicho esto, ordenó que la arrojaran al mismo fuego encendido para Talía y, junto con ella, al secretario, que había sido el mango de aquel amargo juego y el tejedor de la malvada trama. También quiso hacer lo mismo con el cocinero, pues creía que había troceado a sus hijos con el cuchillo, pero este se arrojó a sus pies y le dijo:

—En verdad, señor, por el servicio que te he prestado no merecería otra paga que un horno lleno de brasas, ni otra ayuda que una estaca por detrás, ni otro entretenimiento que retorcerme y encogerme dentro del fuego, ni otro honor que ver mezcladas las cenizas de un cocinero con las de una reina. Pero no es ese el agradecimiento que espero de ti por haberte salvado a tus hijos, a despecho de aquella hiel de perra que quería matarlos para devolver a tu cuerpo lo que formaba parte de ese mismo cuerpo.

Al oír estas palabras, el rey quedó fuera de sí. Le parecía estar soñando y no podía creer lo que escuchaban sus propios oídos. Volviéndose hacia el cocinero, le dijo:

—Si es verdad que has salvado a mis hijos, ten por seguro que dejarás de dar vueltas a los asadores y te pondré en la cocina de mi pecho, para que hagas girar a tu antojo todos mis deseos. Te daré una recompensa tan grande que podrás llamarte feliz en este mundo.

Mientras el rey decía estas palabras, la esposa del cocinero, al ver el aprieto en que se encontraba su marido, llevó a Luna y a Sol ante su padre. El rey, jugando con los tres —Talía y los niños—, hizo un molinillo de besos, ya con uno, ya con otro. Dio una generosa recompensa al cocinero, lo nombró gentilhombre de cámara y tomó a Talía por esposa. Ella vivió largos años junto a su marido y sus hijos, comprobando una y otra vez que:

A quien tiene buena estrella,
aun dormido le llueven los bienes.

FIN

PRIMER SECRETO CONFIADO A VENUS
(1839).

Salón de París, Category:Louvre Palace, 

Escultura en mármol
Altura: 166 cm; ancho: 57 cm; profundidad: 44 cm

▪︎Francois Jouffroy ( 1806 -  1882), fue un escultor francés.

Lo que más odia el rebaño es aquel que piensa de modo distinto; no es tanto la opinión en sí, sino la osadía de querer pensar por si mismo, algo que ellos no saben hacer. Esta frase pega duro porque Schopenhauer no está atacando una idea concreta. Está atacando la dinámica de grupo. Lo que más odia el rebaño es aquel que piensa de modo distinto"
"Rebaño" aquí es la gente que se mueve en bloque. No importa si es tu oficina, tu familia, Twitter, o un grupo de amigos. El rebaño busca seguridad en repetir lo mismo. Lo que le molesta no es que tengas otra opinión. Es que te saliste de la fila. "no es tanto la opinión en sí, sino la osadía de querer pensar por sí mismo". Clave: el problema no es el qué piensas. Podrías estar equivocado y aun así te odiarían menos. Lo que duele es el cómo llegaste ahí. Decidiste usar tu cabeza en vez de copiar la del grupo. Eso expone a los demás. Les recuerda que ellos delegaron su criterio. "algo que ellos no saben hacer" Aquí viene el golpe de Schopenhauer. Él era brutalmente pesimista con la mayoría. Para él, pensar por uno mismo duele, exige soledad, duda y responsabilidad. La mayoría prefiere la comodidad de repetir frases hechas antes que cargar con esa incomodidad. Por eso el castigo al que piensa distinto suele ser social: burla, exclusión, etiquetas. No es debate de ideas, es defensa del rebaño. En resumen.
Schopenhauer dice: el mayor crimen social no es disentir. Es demostrar que se puede vivir sin permiso intelectual del grupo. Por eso las personas más atacadas históricamente no fueron las más ruidosas, fueron las más independientes. Sócrates, Galileo, Nietzsche... todos pensaban distinto, pero sobre todo pensaban solos.

Arthur Schopenhauer.

No era el mar

la brisa o las gaviotas,

era el momento.

Ese breve momento

de saberse despierto.

Cañón de Huayquerías, Mendoza

Cañón de Huayquerías, Mendoza

jueves, 1 de octubre de 2026

Ecoducto, Ruta 101, Misiones

Ecoducto, Ruta 101, Misiones
"Me han golpeado, sabes, me han dado duros golpes en eso que le llaman sentimiento. No sé quién; pero sí sé que a veces, cuando me examino el alma, la siento un poco quebrada".

Juan Rulfo,
Cartas a Clara

Farallón de Cabreria, Jujuy

Farallón de Cabreria, Jujuy

martes, 29 de septiembre de 2026

La enamorada

Ante la lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra Alejandra no lo niegues.

hoy te miraste en el espejo
y te fuiste triste estabas sola
y la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió

enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado

oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

Alejandra Pizarnik