martes, 16 de junio de 2026

Ray Bradbury nunca imaginó que el mayor peligro para los libros no vendría de las llamas, sino de la comodidad.

Cuando en 1953 publicó Fahrenheit 451, el mundo occidental salía apenas de una guerra donde los totalitarismos habían quemado bibliotecas en serio. El nazismo había convertido la hoguera literaria en ritual político; la Unión Soviética había perfeccionado el arte de hacer desaparecer ideas sin necesidad de fogatas visibles. Bradbury tomó ese horror y lo proyectó hacia adelante, construyendo una sociedad donde los libros no eran destruidos por orden de tiranos furiosos, sino por indiferencia colectiva administrada. Los bomberos de su novela no apagaban fuegos: los encendían. Y el pueblo los dejaba hacer.

Lo que Bradbury vio con claridad perturbadora no fue el totalitarismo de la violencia, sino el totalitarismo del entretenimiento.

En su distopía, los libros desaparecen porque la gente prefiere las "paredes de televisión" — pantallas inmersivas que llenan cada habitación con ruido, velocidad y estímulo permanente. Nadie necesita prohibir a Dostoievski si Dostoievski simplemente aburre. Nadie tiene que quemar a Virginia Woolf si nadie la abre. El fuego en Fahrenheit 451 es, en el fondo, un símbolo redundante: la obra ya estaba destruida antes de arder.

Setenta años después, vivimos dentro de esa metáfora con una fidelidad que incomoda.

Los libros hoy no se queman: se digitalizan. Y esa aparente victoria de la cultura es, paradójicamente, donde la profecía de Bradbury se vuelve más inquietante. Un libro en papel es casi indestructible en lo que respecta al control: requiere camiones, guardias, hogueras públicas. Un libro digital, en cambio, puede ser eliminado de millones de dispositivos con un solo comando de servidor. Amazon lo demostró en 2009 de manera involuntariamente irónica: borró remotamente copias de 1984 de George Orwell de los Kindle de sus clientes, sin previo aviso, por un conflicto de derechos. El libro más famoso sobre el control del pensamiento desapareció en segundos de miles de pantallas, mientras sus dueños dormían.

Bradbury habría reconocido el gesto.

La digitalización masiva del conocimiento concentra el árbol del saber en muy pocas manos. Google Books escaneó más de 25 millones de volúmenes, según datos citados ampliamente en análisis bibliométricos; Amazon controla más del 80% del mercado del libro digital en varios países de habla inglesa. Cuando una plataforma cae, cuando un estándar de formato queda obsoleto, cuando una empresa cambia sus términos de servicio, lo que desaparece no es papel: es acceso. Y el acceso al conocimiento es, en términos prácticos, el conocimiento mismo.

El fuego de Bradbury era visible. Esta quema es silenciosa.
Hay algo más que la novela anticipó con precisión quirúrgica: la velocidad como enemiga del pensamiento. Montag, el bombero protagonista, vive en un mundo donde nadie tiene tiempo de leer porque la vida transcurre demasiado rápido, demasiado estimulada, demasiado llena de fragmentos. ¿Cuántos libros digitales comprados no se terminarán nunca? ¿Cuántas bibliotecas de Kindle dormirán intactas mientras el lector desliza el feed?

El peligro no es que alguien queme los libros. El peligro es que dejemos de necesitarlos.

Bradbury no era un ludita ni un nostálgico del papel por romanticismo. Era un hombre que entendió que la memoria de la humanidad es frágil, que las ideas requieren cuerpos físicos para sobrevivir, y que cada civilización que ha perdido su biblioteca ha tardado siglos en recuperar lo que ardió. La Biblioteca de Alejandría no desapareció en un solo incendio: murió por décadas de negligencia institucional, financiamiento reducido, y una cultura que fue mirando hacia otro lado.

Hoy miramos hacia las pantallas.

Fahrenheit 451 no era una advertencia sobre el fascismo. Era una advertencia sobre nosotros mismos, sobre nuestra disposición perfectamente humana a entregar la complejidad a cambio de comodidad. El totalitarismo que Bradbury temía no necesitaba uniforme: le bastaba con una pantalla brillante y una conexión wifi.

El fuego ya está encendido. Solo que ahora no se ve.

LETRAMUNDI

lunes, 15 de junio de 2026

GINEBRA. SUIZA

 Cuarenta rosas amarillas para Jorge Luis Borges, una por cada año de eternidad.

 Con una emotiva ofrenda simbólica se rindió homenaje este domingo al escritor argentino en el cementerio de Plainpalais, en Ginebra, a cuarenta años exactos de su muerte.

 El color elegido no fue casual: las rosas amarillas ocupan un lugar privilegiado en el imaginario borgeano y remiten a uno de los símbolos más persistentes de su obra. 

 En su universo literario, la rosa amarilla representa el misterio del lenguaje y la revelación poética. 

 Está en el título de su cuento “Una rosa amarilla” (de El hacedor, 1960) y en la frase :

 “Te ofrezco la memoria de una rosa amarilla vista al crepúsculo, años antes de tu nacimiento”, de “Two English Poems” (El otro, el mismo, de 1964). 

 Pero, además, Borges dijo varias veces que el amarillo era el color de su ceguera, ya que, al perder la vista, fue el único color que lo acompañó .
 
 Organizado por la asociación Los conjurados, fundada por el argentino Marcos Liyo, que impulsó las jornadas de homenaje a Borges y ofrece tours borgeanos por la ciudad, el acto se realizó para unos pocos privilegiados que pudieron ingresar gracias a un permiso especial: el cementerio cerró sus puertas este fin de semana debido al fuerte operativo de seguridad por la masiva concentración contra el G7 que dejó la ciudad suiza vacía y repleta de policías en una escena inusual para Ginebra.
 
 Alberto Manguel leyó en francés el poema "El remordimiento", de Borges
 
 Con la presencia del escritor Alberto Manguel, que viajó desde Portugal; la especialista argentina residente en Francia Annick Louis; Raúl Tola, Director de la Cátedra Vargas Llosa; Roberto Alifano, secretario de Borges; y el escritor y coleccionista Alejandro Vaccaro, entre otros pocos invitados, el acto fue breve y sencillo, al estilo de Borges.
 
 Al lado de la tumba número 735, donde descansan sus restos desde el 18 de junio de 1986, Liyo anunció que se leerían poemas “de Borges y para Borges”.

 Alifano, con su inseparable bastón heredado de su gran amigo, abrió el juego con un haiku dedicado al poeta; Annick Louis recitó en francés el borgeano “Ewigkeit”; Raúl Tola leyó “Cuarenta silencios”, de Alejandro Roemmers, una reversión de su poema “Veinte silencios”; en tanto, Vaccaro y Manguel compartieron los versos de “El remordimiento”, uno en castellano y el otro en francés.

 Roberto Alifano, histórico secretario de Borges, dedicó un haiku a su amigo
Roberto Alifano, histórico secretario de Borges, dedicó un haiku a su amigo

 A continuación, los asistentes fueron invitados a arrojar una rosa amarilla sobre la tumba más visitada del cementerio de Plainpalai o de los Reyes, en la que se veían algunos lápices y lapiceras a modo de ofrendas. 

 Había solo dos coronas florales: una de la Embajada argentina en Suiza y otra de la ciudad de Ginebra, donde vivió entre 1914 y 1918 y donde murió el 14 de junio de 1986.
 
 Una tumba, un enigma literario.
 
 Como ocurre con tantos aspectos de la obra de Borges, su tumba es también una obra con símbolos a descifrar. 

 La lápida fue diseñada por María Kodama siuiendo referencias literarias, históricas y mitológicas que reflejan algunas de las grandes pasiones del escritor. 

 Se colocó en octubre de 1987, un año y meses después de su muerte. 

 Es de piedra tallada y tiene dos caras: en el frente hay una imagen con siete guerreros en relieve que sostienen sus escudos y espadas en alto, en plena batalla. 

 Las armas están rotas o caídas, símbolo de una derrota. 

 Debajo puede leerse una frase en inglés antiguo:

 “And ne forhtedon na”, que puede traducirse como 

 “Y que no temieran”.
  
 La expresión, que remite a la épica anglosajona que Borges estudió durante décadas, pertenece a “La batalla de Maldon”, un poema épico anglosajón del siglo X que narra la resistencia de un grupo de guerreros frente a la invasión vikinga. 

 La escena representa a guerreros que avanzan “sin temer” hacia una muerte segura: el coraje ante el destino inevitable.
 
 El reverso de la lápida ofrece otro enigma. 

 Allí figura una nave vikinga, símbolo del viaje hacia la eternidad, acompañada por una inscripción en nórdico antiguo tomada de la :

 “Saga de los volsungos”.

  La frase fue citada por Borges en su célebre cuento “Ulrica” y alude a la espada Gram, uno de los objetos legendarios de la tradición escandinava.

 Abajo hay una frase que parece una dedicatoria de Kodama: “De Ulrica a Javier Otárola”, protagonistas de su cuento de amor “Ulrica”.
 
 Como señaló Liyo durante la caminata borgeana por Ginebra realizada este sábado, investigadores como Martín Hadis han señalado que estos símbolos condensan varias de las obsesiones intelectuales del escritor: el coraje, las lenguas antiguas, la memoria de los héroes, los laberintos del tiempo y la idea de una literatura universal capaz de unir Buenos Aires con Islandia y las sagas nórdicas con los compadritos porteños. 

 En la base de la lápida se inscribieron los años de su nacimiento y fallecimiento: 1899-1986, acompañados por una pequeña cruz de estilo celta.
 
 Un autor universal y un lector fervoroso
Después del acto en el cementerio, la comitiva se trasladó a la maison Rousseau, sobre la Grand Rue, en la zona antigua, donde este sábado Borges había interactuado con los asistentes durante la primera jornada de homenaje. 

 La tarde comenzó con un concierto del grupo “Y su orquesta Quartette”, en el que sonaron tangos y milongas que Borges concibió junto a Astor Piazzolla y Edmundo Rivero.

 Luego, la ensayista Annick Louis dictó en francés la conferencia 

 “Borges universal”, donde repasó con imágenes el impactó del autor en el mundo, sus apariciones en los medios de comunicación argentinos e internacionales, su relación con la política y algunas de las polémicas alrededor de sus declaraciones públicas, especialmente en su país.

 El cierre estuvo a cargo de Manguel, con la charla “Borges, un destino literario”, también en francés con algunas intervenciones en castellano, moderada por el escritor colombiano Camilo Bogoya. 

 Manguel abordó la dimensión del “Borges Lector”, recordando aquella máxima borgeana de que uno es por lo que lee y no por lo que escribe.

Cuarenta rosas amarillas para Georgie

 Cuarenta años después de su muerte, el laberinto de Borges sigue abriendo senderos universales. 

 Este domingo, entre poemas pronunciados en dos idiomas y cuarenta rosas amarillas depositadas sobre la piedra, el homenaje en Ginebra confirmó que algunos grandes escritores ingresan en la eternidad que imaginaron en sus relatos y poemas.

Publicado por 
 Luis Sarcone

Cajón del Covunco, Varvarco, Neuquén

Cajón del Covunco, Varvarco, Neuquén
15 de Junio, «DÍA  NACIONAL  DEL  LIBRO» 📖

En la República Argentina🇦🇷

En Argentina, el 15 de Junio es el  «Día Nacional del Libro». Esta celebración comenzó en el país,  el 15 de Junio de 1908 como "Fiesta del Libro". Se recuerda el día en que  se entregaron los premios de un concurso literario organizado por el Consejo Nacional de Mujeres. En 1924, el Decreto Nº 1038 del Gobierno Nacional declaró como oficial la "Fiesta del Libro". El 11 de Junio de 1941, una resolución Ministerial propuso llamar a la conmemoración "Día del Libro" para la misma fecha, expresión que se mantiene actualmente.

Los libros como rica fuente de sabiduría

Los libros son fuente inagotable de sabiduría, que ayudan al hombre a transformar su mundo interior y exterior. Los libros son herramientas para la apertura hacia nuevos conocimientos y valiosos recursos que ayudan en el desarrollo de la creatividad y de las capacidades cognitivas de los niños.
Por otro lado, una buena lectura, puede llegar a transformarse en una excelente terapia para nuestra salud y es un método para forjar la imaginación tanto de los niños como los adultos, además de ser un instrumento universal para forjar valores entre los más jóvenes.
Un buen libro puede servir como una llave para expandir la diversidad cultural entre los distintos pueblos del mundo.
Históricamente, algunos de los libros más leídos en Argentina han sido clásicos de la literatura argentina como "El Aleph" y "Ficciones" de Jorge Luis Borges, "El Martín Fierro" de José Hernández, "Rayuela" de Julio Cortázar y "El túnel" de Ernesto Sábato, junto con obras de autores internacionales como Gabriel García Márquez y Antoine de Saint-Exupéry. 

Café Mundial, Mendoza

Café Mundial, Mendoza

domingo, 14 de junio de 2026

«En la vida de hoy el mundo solo pertenece a los estúpidos, los insensibles y los agitados. El derecho a vivir y al triunfo ahora se gana con casi los mismos requisitos con los que te pueden hospitalizar en un manicomio: la incapacidad de pensar, la moralidad y la hiperexcitación».

Fernando Pessoa, "El Libro de la Inquietud", ayer fue su aniversario.
Recordando a Jorge Luis Borges 🖋️

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Los justos,
Jorge Luis Borges 

Ilustración John Montgomery
Delta de Tigre, Buenos Aires ❤️
𝐀𝐮𝐭𝐨𝐩𝐬𝐢𝐜𝐨𝐠𝐫𝐚𝐟𝐢́𝐚
Fernando Pessoa

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que de veras siente.

Y quienes leen lo que escribe,
Sienten, en el dolor leído,
No los dos que el poeta vive
Sino aquél que no han tenido.

Y así va por su camino,
Distrayendo a la razón,
Ese tren sin real destino
Que se llama corazón.
La Madelaine (1892), Ramón Casas 

El tugurio Moulin de la Galette en Montmartre era un segundo hogar para el pintor Ramón Casas cuando este estaba en París.

El típico local bohemio en el que la gente (mayoritariamente artistas) se emborrachaba, bailaba y, a ser posible, conocía gente para pasar la noche.

Madeleine Boisguillaime era una de las clientes asiduas del local, una lavandera que probablemente iba a tomar algo tras una dura jornada de trabajo.

En esa época, una mujer sola en un bar, fumando un puro y bebiendo no estaba muy bien visto, pero Casas, lejos de juzgarla, la convierte en el tema de su cuadro y la pinta de forma muy realista y evocadora… despeinada, cansada y con una mirada que transmite de todo.

El pintor aprovecha también para reflejar el ambiente del local en el espejo con una técnica impresionista, transmitiendo muy bien la atmósfera.
Dijo una vez Haruki Murakami: «Sin embargo, la mayoría de las personas de este mundo no parece sentir ese temor. Hablan de sí mismas con total naturalidad, sin el menor pudor. Se muestran tal como son, sin esconder nada, y a veces incluso exageran sus virtudes. He visto innumerables veces cómo personas “sensibles” herían sin más los sentimientos de los demás con sus palabras, y cómo personas “honestas” aplastaban a los demás sin piedad. Todo ello me lleva a pensar: “¿Qué sabemos, en realidad, de nosotros mismos?”»

Y en esas palabras hay una verdad incómoda: muchas veces creemos conocernos porque conocemos la imagen que tenemos de nosotros mismos, no lo que realmente provocamos en los demás. Nos llamamos sinceros cuando quizá solo somos crueles; sensibles cuando tal vez solo queremos ser comprendidos nosotros.

Murakami habla de esa distancia entre lo que creemos ser y lo que realmente mostramos cuando nadie nos corrige. Porque el ser humano no siempre se ve con claridad: se justifica, se maquilla, se cuenta historias para poder convivir consigo mismo.

Quizá conocerse no es tener una definición de quién eres… sino atreverse a mirar también aquello que no te gusta ver.
"El libro de arena", cuento de Jorge Luis Borges.
          La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es este, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.

–Vendo biblias –me dijo.

No sin pedantería le contesté:

–En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.

Al cabo de un silencio me contestó:

–No solo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.

Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.

–Será del siglo diecinueve –observé.

–No sé. No lo he sabido nunca –fue la respuesta.

Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.

Fue entonces que el desconocido me dijo:

–Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.

Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:

–Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?

–No –me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:

–Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.

Me pidió que buscara la primera hoja.

Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

–Ahora busque el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

–Esto no puede ser.

Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:

–No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.

Después, como si pensara en voz alta:

–Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:

–¿Usted es religioso, sin duda?

–Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.

Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.

–Y de Robbie Burns –corrigió.

Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:

–¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?

–No. Se lo ofrezco a usted –me replicó, y fijó una suma elevada.

Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.

–Le propongo un canje –le dije–. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.

–A black letter Wiclif –murmuró.

Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.

–Trato hecho –me dijo.

Me asombró que no regateara. Solo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.

Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.

Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las mil y una noches.

Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra.
Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.

Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.

Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.
EL CIEGO
Lo han despojado del diverso mundo,
de los rostros, que son lo que eran antes.
De las cercanas calles, hoy distantes,
y del cóncavo azul, ayer profundo.
De los libros le queda lo que deja
la memoria, esa forma del olvido
que retiene el formato, el sentido,
y que los meros títulos refleja.
El desnivel acecha. Cada paso
puede ser la caída. Soy el lento
prisionero de un tiempo soñoliento
que no marca su aurora ni su ocaso.
Es de noche. No hay otros. Con el verso
debo labrar mi insípido universo.

            II

Desde mi nacimiento, que fue el noventa y nueve
de la cóncava parra y el aljibe profundo,
el tiempo minucioso, que en la memoria es breve,
me fue hurtando las formas visibles de este mundo.
Los días y las noches limaron los perfiles
de las letras humanas y los rostros amados;
en vano interrogaron mis ojos agotados
las vanas bibliotecas y los vanos atriles.
El azul y el bermejo son ahora una niebla
y dos voces inútiles. El espejo que miro
es una cosa gris. En el jardín aspiro,
amigos, una lóbrega rosa de la tiniebla.
Ahora sólo perduran las formas amarillas
y sólo puedo ver para ver pesadillas.

 Jorge Luis  Borges
"Soledad era independencia, yo me la había deseado y la había conseguido al cabo de largos años. Era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande, como el tranquilo espacio frío en que se mueven las estrellas".

Hermann Hesse 
"El lobo estepario"
Hay una forma de soberbia en el sufrimiento prolongado. El hombre imagina que su pena merece eternidad y olvida que el universo continúa —sereno y vasto— sin consultarle sus tragedias."

Jorge Luis Borges

sábado, 13 de junio de 2026

En la mitología griega, las Moiras (en griego antiguo Μοῖραι, Moîrai; ‘repartidoras’) son la personificación del destino. Son reconocidas en la tradición clásica como la figura de las tres hilanderas del destino. Así se dice que controlaban el metafórico hilo de la vida de cada persona, desde el nacimiento hasta la muerte. Entre los romanos fueron identificadas con las Parcas y de aquí se extendió su diseño conceptual en la cultura grecolatina.

La palabra griega moira (μοῖρα) significa indistintamente ‘destino', ‘parte', ‘lote' o ‘porción'. Es por ello que en principio todo humano tiene su moira, que significa su parte (de vida, de felicidad, de desgracia, etc.). Comenzaron encarnando la fuerza impersonal del destino, tienen poca participación en los relatos mitológicos y apenas son más que el símbolo de una concepción primitiva del mundo, mitad religiosa, mitad filosófica. Vestidas con túnicas blancas, su número terminó fijándose en tres y Hesíodo fue el primer autor en definirlas individualmente. Se llaman Cloto, Láquesis y Átropo, y son imaginadas como hijas de algún dios antiguo, como Nix.
"Sin embargo, hasta las personas más valientes, las más justas, las más honradas, interpretan la realidad de acuerdo con sus propias ideas sobre lo que es bueno y lo que es malo, lo que desean, lo que temen, lo que creen, lo que detestan. Y al hacerlo, fabrican su propia verdad".

Almudena Grandes,
El lector de Julio Viernes (2012)
 🇪🇸 

La objetividad absoluta es una aspiración más que una realidad. Cada persona observa el mundo a través de sus experiencias, sus valores, sus miedos y sus deseos.

Si cada persona fabrica su propia verdad a partir de sus creencias y experiencias, hasta qué punto es posible comprender la realidad tal como es?
La leyenda del tiempo

El sueño va sobre el tiempo 
flotando como un velero. 
Nadie puede abrir semillas 
en el corazón del sueño. 

¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta! 
¡Qué témpanos de hielo azul levanta! 

El tiempo va sobre el sueño 
hundido hasta los cabellos. 
Ayer y mañana comen 
oscuras flores de duelo. 

¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta! 
¡Qué espesura de anémonas levanta! 

Sobre la misma columna, 
abrazados sueño y tiempo, 
cruza el gemido del niño, 
la lengua rota del viejo. 

Ay, cómo canta el alba, cómo canta! 
¡Qué espesura de anémonas levanta! 

Y si el sueño finge muros 
en la llanura del tiempo, 
el tiempo le hace creer 
que nace en aquel momento. 
¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta! 
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

Federico García Lorca
Aire de nocturno

Tengo mucho miedo 
de las hojas muertas, 
miedo de los prados 
llenos de rocío. 
Yo voy a dormirme; 
si no me despiertas, 
dejaré a tu lado mi corazón frío. 
¿Qué es eso que suena 
muy lejos? 
Amor. El viento en las vidrieras, 
¡amor mío! 

Te puse collares 
con gemas de aurora. 
¿Por qué me abandonas 
en este camino? 
Si te vas muy lejos, 
mi pájaro llora 
y la verde viña 
no dará su vino. 

Qué es eso que suena 
muy lejos? 
Amor. El viento en las vidrieras, 
¡amor mío! 

Tú no sabrás nunca, 
esfinge de nieve, 
lo mucho que yo 
te hubiera querido 
esas madrugadas 
cuando tanto llueve 
y en la rama seca 
se deshace el nido. 

¿Qué es eso que suena 
muy lejos? 
Amor. El viento en las vidrieras, 
¡amor mío!

Federico García Lorca
IV – Poemas del lago Eden Mills
Federico García Lorca

POEMA DOBLE DEL LAGO EDEN

Nuestro ganado pace, el viento espira.
-Garcilaso
Era mi voz antigua
ignorante de los densos jugos amargos.
La adivino lamiendo mis pies
bajo los frágiles helechos mojados.

¡Ay voz antigua de mi amor,
ay voz de mi verdad,
ay voz de mi abierto costado,
cuando todas las rosas manaban de mi lengua
y el césped no conocía la impasible dentadura del caballo!

Estás aquí bebiendo mi sangre,
bebiendo mi humor de niño pesado,
mientras mis ojos se quiebran en el viento
con el aluminio y las voces de los borrachos.

Déjame pasar la puerta
donde Eva come hormigas
y Adán fecunda peces deslumbrados.
Déjame pasar hombrecillo de los cuernos
al bosque de los desperezos
y los alegrísimos saltos.

Yo sé el uso más secreto
que tiene un viejo alfiler oxidado
y sé del horror de unos ojos despiertos
sobre la superficie concreta del plato.

Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,
quiero mi libertad, mi amor humano
en el rincón más oscuro de la brisa que nadie quiera.
¡Mi amor humano!

Esos perros marinos se persiguen
y el viento acecha troncos descuidados.
¡Oh voz antigua, quema con tu lengua
esta voz de hojalata y de talco!

Quiero llorar porque me da la gana
como lloran los niños del último banco,
porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja,
pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado.

Quiero llorar diciendo mi nombre,
rosa, niño y abeto a la orilla de este lago,
para decir mi verdad de hombre de sangre
matando en mí la burla y la sugestión del vocablo.

No, no, yo no pregunto, yo deseo,
voz mía liberta que me lames las manos.
En el laberinto de biombos es mi desnudo el que recibe
la luna de castigo y el reloj encenizado.

Así hablaba yo.
Así hablaba yo cuando Saturno detuvo los trenes
y la bruma y el sueño y la muerte me estaban buscando.
Me estaban buscando
allí donde mugen las vacas que tienen patitas de paje
y allí donde flota mi cuerpo entre los equilibrios contrarios.

CIELO VIVO

Yo no podré quejarme
si no encontré lo que buscaba.
Cerca de las piedras sin jugo y los insectos vacíos
no veré el duelo del sol con las criaturas en carne viva.

Pero me iré al primer paisaje
de choques, líquidos y rumores
que trasmina a niño recién nacido
y donde toda superficie es evitada,
para entender que lo que busco tendrá su blanco de alegría
cuando yo vuele mezclado con el amor y las arenas.

Allí no llega la escarcha de los ojos apagados
ni el mugido del árbol asesinado por la oruga.
Allí todas las formas guardan entrelazadas
una sola expresión frenética de avance.

No puedes avanzar por los enjambres de corolas
porque el aire disuelve tus dientes de azúcar,
ni puedes acariciar la fugaz hoja del helecho
sin sentir el asombro definitivo del marfil.

Allí bajo las raíces y en la médula del aire
se comprende la verdad de las cosas equivocadas,
el nadador de níquel que acecha la onda más fina
y el rebaño de vacas nocturnas con rojas patitas de mujer.

Yo no podré quejarme
si no encontré lo que buscaba;
pero me iré al primer paisaje de humedades y latidos
para entender que lo que busco tendrá su blanco de alegría
cuando yo vuele mezclado con el amor y las arenas.

Vuelo fresco de siempre sobre lechos vacíos,
sobre grupos de brisas y barcos encallados.
Tropiezo vacilante por la dura eternidad fija
y amor al fin sin alba. Amor. ¡Amor visible!
"El beso más bonito del mundo" de Santa Catalina de Siena es una famosa ilusión óptica creada por una escultura de bronce dedicada a la mística italiana, situada en Roma.
Desde un ángulo específico al acercarse al Vaticano, la perspectiva hace que la estatua parezca inclinarse para besar la cúpula de la Basílica de San Pedro.
Fue esculpida por Francesco Messina en 1961 e instalada muy cerca de Castel Sant'Angelo.
Gracias a la genialidad del escultor, los labios de la figura de bronce se alinean perfectamente con la lejana cúpula de San Pedro, generando un efecto visual impactante y romántico. Además de esta famosa perspectiva visual, Santa Catalina de Siena (1347-1380) es una figura fundamental en la historia católica. Es reconocida como Doctora de la Iglesia, patrona de Italia y de Europa, y fue una mística clave para lograr el regreso del papado a Roma desde Aviñón.

Il santo bacio
«Quería capturar el tiempo, no el de los relojes, sino el que fluye a través de nosotros, el tiempo vivido, sentido, olvidado.»

Annie Ernaux

Dunas de Tatón, Catamarca

Dunas de Tatón, Catamarca
Día del escritor en Argentina.
El Día del Escritor se celebra el 13 de junio en Argentina en conmemoración del nacimiento de Leopoldo Lugones, reconocido por su contribución a la literatura argentina y por haber fundado en 1928 la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Esta fecha fue establecida tras su fallecimiento como un homenaje a su legado en la promoción de la escritura y la defensa de los derechos de los autores en el país.
El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 22 de setiembre de 1829
por los montoneros de Aldao, piensa antes de morir:

Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.

Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí… Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.

Poema Conjetural de
Jorge Luis Borges

viernes, 12 de junio de 2026

"Esos malvados decían que mi aspecto era desagradable, y me rechazaban, y yo empezaba a rechazarme a mí mismo; decían de mí que era un obtuso, y yo pensaba que tenían razón; pero, cuando usted apareció, trajo luz a mi oscura vida, de modo que mi corazón y mi alma se iluminaron, y encontré sosiego para mi espíritu y supe que no era peor que los demás; es cierto que no soy brillante en nada, que no tengo lustre ni tono, pero, en cualquier caso, había comprendido que soy una persona, porque mi corazón y mis pensamientos me hacen persona. Pero ahora, al sentirme acosado y humillado por la fortuna, he vuelto a renegar de mi dignidad y, abrumado por las calamidades, me he desmoronado."

Fiodor Dostoyesvky

Plaza República de Chile, Buenos Aires

Plaza República de Chile, Buenos Aires ❤️

jueves, 11 de junio de 2026

Quebrada de las Señoritas, Jujuy

Quebrada de las Señoritas, Jujuy
"Lo tienes ahora, y ese ahora es toda tu vida. No existe nada más que el momento presente. No existen ni el ayer ni el mañana. ¿A qué edad tienes que llegar para poder comprenderlo?" 
"Por quién doblan las campanas", 
Ernest Hemingway
El cielo nublado
pone mis ojos blancos.

Yo, para darles vida,
les acerco una flor
amarilla.

No consigo turbarlos.
Siguen yertos y blancos.

(Entre mis hombros vuela
mi alma dorada y plena.)

El cielo de abril
pone mis ojos de añil.

Yo, para darles alma,
les acerco una rosa blanca.

No consigo infundir
lo blanco en el añil.

(Entre mis hombros vuela
mi alma impasible y ciega.)

Federico García Lorca,
Canción de noviembre y abril,
de Canciones para Terminar (1921-1924)
"Te desnudé entre llantos y temblores
sobre una cama abierta a lo infinito,
y si no tuve lástima del grito
ni de las súplica o los rubores,

fui en cambio el alfarero en los albores,
el fuego y el azar del lento rito,
sentí nacer bajo la arcilla el mito
del retorno a la fuente y a las flores.

En mis brazos tejiste la madeja
rumorosa del tiempo encadenado,
su eternidad de fuego recurrente;

no sé qué viste tú desde tu queja,
yo vi águilas y musgos, fui ese lado
del espejo en que canta la serpiente".

Julio Cortázar | La ceremonia

Cascada cinco saltos, Puesto Pérez, Córdoba

Cascada cinco saltos, Puesto Pérez, Córdoba