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jueves, 10 de septiembre de 2026

La casa de Asterión (fragmento final).

Jorge Luis Borges + Escultura de Eve Shepherd.

...Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. 

Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
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Broken.
Eve Sheperd
48 x 41,5 cms.

domingo, 30 de agosto de 2026

"Este jardín nos cede su delicia,
nos cede el árbol de manzanas lleno.
fuente de dioses a la sed propicia,
pan del instinto, para el hambre, bueno.

Mas blanco mármol sin igual pudicia
fija en nosotros su mirar sereno:
muslo desnudo, vigoroso el seno,
puro, como la luz que lo acaricia.
Se hacen tus ojos demasiado azules,
cubren tus manos impalpables tules
y algo divino te levanta en vuelo.

No cortemos la fruta deleitosa
y mira el alma en una nube rosa,
cómo es de azul la beatitud del cielo."

Noche divina,
Alfonsina Storni 

Arte: Ferdinando Andreini - La bañista

Título: Violets, Sweet Violets
Artista: John William Godward
Año: 1906
Ubicación: Colección Privada
Estilo: Neoclasicismo / Pintura Académica Victoriana
Período: Arte Victoriano tardío

Descripción de la obra:

Esta pintura representa a una joven mujer en traje clásico, reclinada sobre un diván cubierto con telas decoradas. La figura sostiene delicadamente un ramo de violetas, contemplándolo con expresión serena. La composición muestra el característico estilo de Godward: figuras femeninas idealizadas en ambientes clásicos, con una meticulosa atención al detalle en la representación de texturas (mármol, telas y piel) y una paleta de colores suaves y armoniosos.

Sobre el artista:

John William Godward (1861-1922) fue un pintor inglés neoclásico de la época victoriana, considerado discípulo de Sir Lawrence Alma-Tadema. Se especializó en representaciones de mujeres en ambientes clásicos grecorromanos, con extraordinaria maestría técnica en el tratamiento de texturas y materiales.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Todo es muy simple
Idea Vilariño

Todo es muy simple mucho
más simple y sin embargo
aún así hay momentos
en que es demasiado para mí
en que no entiendo
y no sé si reírme a carcajadas
o si llorar de miedo
o estarme aquí sin llanto
sin risas
en silencio
asumiendo mi vida
mi tránsito
mi tiempo.
.
.
Stańczyk.
Título completo; Stańczyk during a ball at the court of Queen Bona in the face of the loss of Smolensk.
Jan Matejko (1862).
120 x 88 cms.
Warsaw National Museum (Polonia)

martes, 25 de agosto de 2026

“Después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexpresable es la música.”
Aldous Huxley
.
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The Tambourine Girl.
John William Godward (1906).
114.5 × 76 cms.
Colección privada.

sábado, 1 de agosto de 2026

"Mujer con libro" o "La lectora" (1937) del artista argentino Fioravanti. Está hecha en cemento blanco. 
Pertenece al Museo de Arte Tigre (no es parte de una muestra temporaria) y está en proceso de restauración.

lunes, 27 de julio de 2026

Boreas (1903), de John William Waterhouse.
Esta obra, inspirada en Bóreas, el dios griego del viento del norte, representa a una joven envuelta por una fuerte ráfaga de viento. El movimiento de su cabello y sus vestiduras transmite una extraordinaria sensación de dinamismo.
Con su inconfundible estilo prerrafaelita, Waterhouse combina la belleza femenina, la naturaleza y la mitología en una composición llena de delicadeza y simbolismo.
Actualmente, la pintura forma parte de una colección privada.

domingo, 12 de julio de 2026

"El pedazo de piedra más triste y conmovedor del mundo", así describió el escritor Mark Twain al León de Lucerna, en Suiza.

Se trata de un león moribundo, atravesado por una lanza, que protege un escudo de la monarquía francesa mientras espera la muerte. Su expresión transmite tanto dolor que millones de personas guardan silencio apenas llegan frente a él.

Pero ese león no habla de animales, habla de 760 hombres.

El 10 de agosto de 1792, durante la Revolución Francesa, la Guardia Suiza recibió la misión de proteger el Palacio de las Tullerías, residencia del rey Luis XVI. Mientras la familia real abandonaba el lugar, los soldados permanecieron en sus puestos. Sabían que estaban completamente superados en número y que apenas les quedaban municiones. Aun así, demostraron su inquebrantable lealtad a la corona.

Treinta años después, Karl Pfyffer von Altishofen, un oficial que salvó la vida porque estaba de permiso, impulsó la construcción de un monumento para que el sacrificio de sus compañeros jamás fuera olvidado.

Entre 1820 y 1821, el escultor danés Bertel Thorvaldsen diseñó la obra y Lukas Ahorn la talló directamente sobre una antigua cantera de arenisca. Mide 10 metros de largo por 6 de alto, pero más que su tamaño, impresiona la expresión de su mirada.

Bajo el león aparecen grabados los nombres de los soldados caídos y una frase en latín que resume el sentido del monumento: "Helvetiorum Fidei ac Virtuti", "A la lealtad y la valentía de los suizos".

Cada año, más de un millón de personas visitan este rincón de Lucerna que representa a hombres honorables que permanecieron fieles a su palabra incluso, a costa de su propia vida.

domingo, 14 de junio de 2026

La Madelaine (1892), Ramón Casas 

El tugurio Moulin de la Galette en Montmartre era un segundo hogar para el pintor Ramón Casas cuando este estaba en París.

El típico local bohemio en el que la gente (mayoritariamente artistas) se emborrachaba, bailaba y, a ser posible, conocía gente para pasar la noche.

Madeleine Boisguillaime era una de las clientes asiduas del local, una lavandera que probablemente iba a tomar algo tras una dura jornada de trabajo.

En esa época, una mujer sola en un bar, fumando un puro y bebiendo no estaba muy bien visto, pero Casas, lejos de juzgarla, la convierte en el tema de su cuadro y la pinta de forma muy realista y evocadora… despeinada, cansada y con una mirada que transmite de todo.

El pintor aprovecha también para reflejar el ambiente del local en el espejo con una técnica impresionista, transmitiendo muy bien la atmósfera.

sábado, 13 de junio de 2026

"El beso más bonito del mundo" de Santa Catalina de Siena es una famosa ilusión óptica creada por una escultura de bronce dedicada a la mística italiana, situada en Roma.
Desde un ángulo específico al acercarse al Vaticano, la perspectiva hace que la estatua parezca inclinarse para besar la cúpula de la Basílica de San Pedro.
Fue esculpida por Francesco Messina en 1961 e instalada muy cerca de Castel Sant'Angelo.
Gracias a la genialidad del escultor, los labios de la figura de bronce se alinean perfectamente con la lejana cúpula de San Pedro, generando un efecto visual impactante y romántico. Además de esta famosa perspectiva visual, Santa Catalina de Siena (1347-1380) es una figura fundamental en la historia católica. Es reconocida como Doctora de la Iglesia, patrona de Italia y de Europa, y fue una mística clave para lograr el regreso del papado a Roma desde Aviñón.

Il santo bacio

viernes, 29 de mayo de 2026

"No me despiertes si duermo; y si es verdad, no me duermas.
Mas sea verdad o sueño, obrar bien es lo que importa.
Si fuere verdad, por serlo; si no,
por ganar amigos cuando despertemos."

La vida es sueño,
Calderón de la Barca 

MUJER DURMIENDO CON UN VESTIDO DE ORO.
Andrey Remnev.
Artista contemporáneo ruso.

Las mujeres son los personajes más importantes en las pinturas de Remnev. El usa una técnica de compocisión donde la figura de la mujer ocupa la mayor parte del plano pictórico, pintando el resto de los elementos en reducido espacio o como miniaturas (esto se observa mejor en sus otras pinturas); así las mujeres lucen poderosas o monumentales. Esta era una técnica usada en en el Renacimiento particularmente por Leonardo Da Vinci, quién así lograba una sensación de grandeza y misterio en la figura femenina.

domingo, 3 de mayo de 2026

Escultura de la artista surrealista anglo mexicana Leonora Carrington. Fue pintora, escultora, y escritora.

lunes, 27 de abril de 2026

El Evangelio según San Marcos,
Jorge Luis Borges 

El hecho sucedió en la estancia Los Álamos, en el partido de Junín, hacia el sur, en los últimos días del mes de marzo de 1928. Su protagonista fue un estudiante de medicina, Baltasar Espinosa. Podemos definirlo por ahora como uno de tantos muchachos porteños, sin otros rasgos dignos de nota que esa facultad oratoria que le había hecho merecer más de un premio en el colegio inglés de Ramos Mejía y que una casi ilimitada bondad. No le gustaba discutir; prefería que el interlocutor tuviera razón y no él. Aunque los azares del juego le interesaban, era un mal jugador, porque le desagradaba ganar. Su abierta inteligencia era perezosa; a los treinta y tres años le faltaba rendir una materia para graduarse, la que más lo atraía. Su padre, que era librepensador, como todos los señores de su época, lo había instruido en la doctrina de Herbert Spencer, pero su madre, antes de un viaje a Montevideo, le pidió que todas las noches rezara el Padrenuestro e hiciera la señal de la cruz. A lo largo de los años no había quebrado nunca esa promesa. No carecía de coraje; una mañana había cambiado, con más indiferencia que ira, dos o tres puñetazos con un grupo de compañeros que querían forzarlo a participar en una huelga universitaria. Abundaba, por espíritu de aquiescencia, en opiniones o hábitos discutibles: el país le importaba menos que el riesgo de que en otras partes creyeran que usamos plumas; veneraba a Francia pero menospreciaba a los franceses; tenía en poco a los americanos, pero aprobaba el hecho de que hubiera rascacielos en Buenos Aires; creía que los gauchos de la llanura son mejores jinetes que los de las cuchillas o los cerros. Cuando Daniel, su primo, le propuso veranear en Los Álamos, dijo inmediatamente que sí, no porque le gustara el campo sino por natural complacencia y porque no buscó razones válidas para decir que no.
El casco de la estancia era grande y un poco abandonado; las dependencias del capataz, que se llamaba Gutre, estaban muy cerca. Los Gutres eran tres: el padre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta paternidad. Eran altos, fuertes, huesudos, de pelo que tiraba a rojizo y de caras aindiadas. Casi no hablaban. La mujer del capataz había muerto hace años.
Espinosa, en el campo, fue aprendiendo cosas que no sabía y que no sospechaba. Por ejemplo, que no hay que galopar cuando uno se está acercando a las casas y que nadie sale a andar a caballo sino para cumplir con una tarea. Con el tiempo llegaría a distinguir los pájaros por el grito.
A los pocos días, Daniel tuvo que ausentarse a la capital para cerrar una operación de animales. A lo sumo, el negocio le tomaría una semana. Espinosa, que ya estaba un poco harto de las bonnes fortunes de su primo y de su infatigable interés por las variaciones de la sastrería, prefirió quedarse en la estancia, con sus libros de texto. El calor apretaba y ni siquiera la noche traía un alivio. En el alba, los truenos lo despertaron. El viento zamarreaba las casuarinas. Espinosa oyó las primeras gotas y dio gracias a Dios. El aire frío vino de golpe. Esa tarde, el Salado se desbordó.
Al otro día, Baltasar Espinosa, mirando desde la galería los campos anegados, pensó que la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caballo o desde nuestra altura. La lluvia no cejaba; los Gutres, ayudados o incomodados por el pueblero, salvaron buena parte de la hacienda, aunque hubo muchos animales ahogados. Los caminos para llegar a la estancia eran cuatro: a todos los cubrieron las aguas. Al tercer día, una gotera amenazó la casa del capataz; Espinosa les dio una habitación que quedaba en el fondo, al lado del galpón de las herramientas. La mudanza los fue acercando; comían juntos en el gran comedor. El diálogo resultaba difícil; los Gutres, que sabían tantas cosas en materia de campo, no sabían explicarlas. Una noche, Espinosa les preguntó si la gente guardaba algún recuerdo de los malones, cuando la comandancia estaba en Junín. Le dijeron que sí, pero lo mismo hubieran contestado a una pregunta sobre la ejecución de Carlos Primero. Espinosa recordó que su padre solía decir que casi todos los casos de longevidad que se dan en el campo son casos de mala memoria o de un concepto vago de las fechas. Los gauchos suelen ignorar por igual el año en que nacieron y el nombre de quien los engendró.
En toda la casa no había otros libros que una serie de la revista La Chacra, un manual de veterinaria, un ejemplar de lujo del Tabaré, una Historia del Shorthorn en la Argentina, unos cuantos relatos eróticos o policiales y una novela reciente: Don Segundo Sombra. Espinosa, para distraer de algún modo la sobremesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían importar las andanzas de otro. Dijo que ese trabajo era liviano, que llevaban siempre un carguero con todo lo que se precisa y que, de no haber sido tropero, no habría llegado nunca hasta la Laguna de Gómez, hasta el Bragado y hasta los campos de los Núñez, en Chacabuco. En la cocina había una guitarra; los peones, antes de los hechos que narro, se sentaban en rueda; alguien la templaba y no llegaba nunca a tocar. Esto se llamaba una guitarreada.
Espinosa, que se había dejado crecer la barba, solía demorarse ante el espejo para mirar su cara cambiada y sonreía al pensar que en Buenos Aires aburriría a los muchachos con el relato de la inundación del Salado. Curiosamente, extrañaba lugares a los que no iba nunca y no iría: una esquina de la calle Cabrera en la que hay un buzón, unos leones de mampostería en un portón de la calle Jujuy, a unas cuadras del Once, un almacén con piso de baldosa que no sabía muy bien dónde estaba. En cuanto a sus hermanos y a su padre, ya sabrían por Daniel que estaba aislado —la palabra, etimológicamente, era justa— por la creciente.
Explorando la casa, siempre cercada por las aguas, dio con una Biblia en inglés. En las páginas finales los Guthrie —tal era su nombre genuino— habían dejado escrita su historia. Eran oriundos de Inverness, habían arribado a este continente, sin duda como peones, a principios del siglo diecinueve, y se habían cruzado con indios. La crónica cesaba hacia mil ochocientos setenta y tantos; ya no sabían escribir. Al cabo de unas pocas generaciones habían olvidado el inglés; el castellano, cuando Espinosa los conoció, les daba trabajo. Carecían de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones del pampa. Espinosa les habló de su hallazgo y casi no escucharon.
Hojeó el volumen y sus dedos lo abrieron en el comienzo del Evangelio según Marcos. Para ejercitarse en la traducción y acaso para ver si entendían algo, decidió leerles ese texto después de la comida. Le sorprendió que lo escucharan con atención y luego con callado interés. Acaso la presencia de las letras de oro en la tapa le diera más autoridad. Lo llevan en la sangre, pensó. También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. Recordó las clases de elocución en Ramos Mejía y se ponía de pie para predicar las parábolas.
Los Gutres despachaban la carne asada y las sardinas para no demorar el Evangelio.
Una corderita que la muchacha mimaba y adornaba con una cintita celeste se lastimó con un alambrado de púa. Para parar la sangre, querían ponerle una telaraña; Espinosa la curó con unas pastillas. La gratitud que esa curación despertó no dejó de asombrarlo. Al principio, había desconfiado de los Gutres y había escondido en uno de sus libros los doscientos cuarenta pesos que llevaba consigo; ahora, ausente el patrón, él había tomado su lugar y daba órdenes tímidas, que eran inmediatamente acatadas. Los Gutres lo seguían por las piezas y por el corredor, como si anduvieran perdidos. Mientras leía, notó que le retiraban las migas que él había dejado sobre la mesa. Una tarde los sorprendió hablando de él con respeto y pocas palabras. Concluido el Evangelio según Marcos, quiso leer otro de los tres que faltaban; el padre le pidió que repitiera el que ya había leído, para entenderlo bien. Espinosa sintió que eran como niños, a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad. Una noche soñó con el Diluvio, lo cual no es de extrañar; los martillazos de la fabricación del arca lo despertaron y pensó que acaso eran truenos. En efecto, la lluvia, que había amainado, volvió a recrudecer. El frío era intenso. Le dijeron que el temporal había roto el techo del galpón de las herramientas y que iban a mostrárselo cuando estuvieran arregladas las vigas. Ya no era un forastero y todos lo trataban con atención y casi lo mimaban. A ninguno le gustaba el café, pero había siempre un tacita para él, que colmaban de azúcar.
El temporal ocurrió un martes. El jueves a la noche lo recordó un golpecito suave en la puerta que, por las dudas, él siempre cerraba con llave. Se levantó y abrió: era la muchacha. En la oscuridad no la vio, pero por los pasos notó que estaba descalza y después, en el lecho, que había venido desde el fondo, desnuda. No lo abrazó, no dijo una sola palabra; se tendió junto a él y estaba temblando. Era la primera vez que conocía a un hombre. Cuando se fue, no le dio un beso; Espinosa pensó que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Urgido por una íntima razón que no trató de averiguar, juró que en Buenos Aires no le contaría a nadie esa historia.
El día siguiente comenzó como los anteriores, salvo que el padre habló con Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres. Espinosa, que era librepensador pero que se vio obligado a justificar lo que les había leído, le contestó:
—Sí. Para salvar a todos del infierno.
Gutre le dijo entonces:
—¿Qué es el infierno?
—Un lugar bajo tierra donde las ánimas arderán y arderán.
—¿Y también se salvaron los que le clavaron los clavos?
—Sí —replicó Espinosa, cuya teología era incierta.
Había temido que el capataz le exigiera cuentas de lo ocurrido anoche con su hija. Después del almuerzo, le pidieron que releyera los últimos capítulos.
Espinosa durmió una siesta larga, un leve sueño interrumpido por persistentes martillos y por vagas premoniciones. Hacia el atardecer se levantó y salió al corredor. Dijo como si pensara en voz alta:
—Las aguas están bajas. Ya falta poco.
—Ya falta poco —repitió Gutrel, como un eco.
Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Espinosa entendió lo que le esperaba del otro lado de la puerta. Cuando la abrieron, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz.

Un Cristo extraordinariamente intenso, flotando en la oscuridad, se ofrece desde arriba para redimir un mundo que, inmediatamente debajo de él, parece haber encontrado un puerto de salvación.
Es el Cristo de San Juan de la Cruz llamado “El Cristo de Puerto Lligat”, hecho por Salvador Dalí en 1951
Galería de arte Kelvingrove y Museo de Glasgow

lunes, 20 de abril de 2026

Nuestras cicatrices nos hacen saber que nuestro pasado fue real.

Jane Austin

🖌️La anatomía de la melancolía,
Laura Makabresku

martes, 17 de febrero de 2026

Joan Miró 
“El jardín” fue pintado el año 1925. El jardín es un cuadro de Miró que representa a un hombre en el jardín de su casa en las afueras de Barcelona. Se considera una de las obras más famosas de Miró y ha sido expuesta en numerosas galerías de arte de todo el mundo.

Joan Miró fue un pintor catalán que combinó magistralmente el arte abstracto con la fantasía surrealista.

martes, 2 de diciembre de 2025

domingo, 5 de octubre de 2025

Tengo la extraña sensación de que ya no soy yo mismo. Es difícil expresarlo con palabras, pero supongo que es como si estuviera profundamente dormido y alguien viniera, me desarmara y me volviera a armar rápidamente. Ese tipo de sensación.

— Haruki Murakami

Retrato de Dora Maar, 1936
Picasso

jueves, 28 de agosto de 2025

Amedeo Modigliani (1884 - 1920)

Jeanne Hebuterne con sombrero y collar, 1917

Óleo sobre lienzo 164.52 x 137.1 cm

jueves, 14 de agosto de 2025

David Alfaro Siqueiros
(Santa Rosalía de Camargo, Chihuahua, 1896 –Cuernavaca, 1974)

"Madre campesina" (1924)
Óleo sobre yute, 249 x 180 cm.