Apareció entre dos páginas.
Completamente seca.
Perfectamente conservada.
No sabemos quién la colocó ahí.
Ni cuándo.
Ni para quién.
Sólo sabemos que permaneció décadas esperando que alguien volviera a abrir ese libro.
Y un día ocurrió.
El cliente observó la flor unos segundos.
Después volvió a colocarla exactamente en el mismo lugar.
Como si hubiera comprendido que algunas historias todavía no terminan.
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