miércoles, 25 de febrero de 2026

Quizá, entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento.
Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima,  la 
Arremangaba jugando al marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. 
Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de todos, pasándolo por en 
medio de una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la 
cara levantada, amenazándonos a todos con la mano y como diciendo: «Ya me las pagarán 
caro».
Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si 
fuera un aullido de coyote.
Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.
Dicen que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza que por poco lo deja en 
parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.
Lo cierto es que no lo volvimos a ver, sino cuando apareció de vuelta por aquí convertido 
en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en una banca con la carabina 
entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a 
nadie. Y si uno lo miraba, él se hacía el desentendido como si no conociera a la gente.
Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito, se le ocurrió ir a 
darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando todavía estaban 
tocando las campanas el toque de Animas. Entonces se oyeron los gritos, y la gente que 
estaba en la iglesia* rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito 
defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal: Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la 
carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín donde se 
estuvo tendido.
Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el 
curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.
Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. 
No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el 
árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.
Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.

«Acuérdate» 
«El llano en llamas»
 Juan Rulfo.

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