martes, 24 de febrero de 2026

No, no fue un psicólogo.
No fue una pastilla.
No fue una charla, ni una 
escapada al mar.
Fue un gato.
Uno que nadie quiso.
Uno que llevaba el frío 
metido en los huesos, y la 
soledad clavada en la piel.

Llegó sin pedir permiso, con 
hambre en el estómago y un 
mundo entero en la mirada.
No hablaba, pero me dijo todo.
No lloraba, pero sangraba en silencio.
No pedía amor, pero lo 
regalaba como si le sobrara.
Y fue ahí, justo ahí, cuando lo 
abracé por primera vez, que lo 
supe…

No lo rescaté yo.
Él vino a rescatarme a mí.
A enseñarme que el alma no 
respira con aire, respira con 
bondad.
Que los abrazos más sinceros 
tienen pulgas, y que los 
milagros no caen del cielo, 
caminan con cuatro patas… 
y duerme al lado de tu cama.
Él, el callejero, el que todos 
ignoraron, me devolvió la 
vida.

Y desde entonces lo sé:
cuando sientas que te 
ahogas, que no puedes más, 
que el mundo se te cierra…
sal a la calle, busca a uno 
como él.
Abrázalo.
Y vuelve a respirar.
Porque hay gatitos que no 
vienen a llenar un hogar.
Vienen a salvar un alma.

Rescata. Ama.

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