"Un día, sentado en el parque mirando a la gente pasar, entendí algo simple y brutal: el mundo no tiene colores propios, somos nosotros quienes pintamos todo lo que tocamos. Esa banca no era ni feliz ni triste, pero el anciano que leía en ella la llenaba de calma, mientras el joven que se iba corriendo la dejaba teñida de prisa. Las cosas, los momentos, no tienen alma; somos nosotros quienes les damos peso, luz u oscuridad. Y entonces comprendí que la alegría, o cualquier otra emoción, no está en lo que vemos, sino en lo que llevamos dentro y en cómo dejamos que eso inunde lo que miramos."
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