lunes, 25 de febrero de 2019

Miguel Poveda, el espejo del poeta

El cantaor rinde un sentido homenaje a la obra de Federico García Lorca con 'EnLorquecido', un disco que emociona desde la palabra.

Para sumergirse de lleno en la obra de Federico García Lorca hay que tener valor. Y confianza. Y sensibilidad. Y arrojo. Y nervios. Y dudas. Y respeto. Y miedo. Y admiración. La lista podría y debería ser eterna a la hora de enumerar los factores necesarios que se requieren para mirar frente a frente al verso atemporal de una de las figuras literarias más relevantes del siglo XX. Hablamos de obras maestras escritas con la tinta de lo universal, con la belleza de lo inmortal, con el candor del primer encuentro y el alma compungida de la despedida. Melancolía sobre el papel mojado, letras firmes como la más imponente de las encrucijadas, desvíos en la rima de la eternidad.
García Lorca es una bandera cosida al himno de la tierra que pisamos. Un paisaje que Miguel Poveda ha recorrido con la entrega y dedicación necesaria durante los dos últimos años hasta confeccionar y entregar 'EnLorquecido', un disco en el que pone su apabullante voz al servicio de algunos de los textos más deslumbrantes del poeta granadino. Un trabajo tan elegante como conmovedor donde la poesía y la música se funden hasta adherirse a la piel. Un homenaje, una carta de amor, un acto de libertad, una reivindicación y una habitación con vistas al poema infinito. Y todo funciona.

El arrebato inicial de 'No me encontraron (fragmento fábula y rueda de los tres amigos)', con ese prólogo de nudo en la garganta que navega sobre un océano inabarcable: 'Quiero dormir un rato, un rato, un minuto, un siglo; pero que todos sepan que no he muerto'; la épica elegancia de 'Grito hacia Roma desde la torre Chrysler Building (fragmento)', fuego y calma; la belleza desarmante de una 'Alba' acariciada por unos arreglos orquestales de auténtico terciopelo; 'Oda a Walt Whitman (Fragmento)', desnuda y prendida por la llama de una percusión maestra, fluida e hipnótica;'El silencio', la mejor del lote, embriagadora y fascinante desde su misma raíz; 'Son de negros en Cuba', soberbia inmersión en una Habana musical de zapatos de baile rasgados y vestidos empapados; 'Carta a Regino Sainz de la Maza (Adaptación)', tan tradicional y clásica, tan profunda y hermosa, tan honesta y plausible; '¡Ay, voz secreta del amor oscuro!', enésima demostración por parte de Poveda de potencial vocal y destreza para manejar los enredados límites del exceso; una 'El amor duerme en el pecho del poeta' que no necesita más que un espléndido acompañamiento de piano para emerger como gigante; 'Federico y las delicadas criaturas', precioso texto reconvertido en himno de corazón en alto; y, por último, ese desenlace vibrante y conmovedor protagonizado por una 'Canción de la muerte pequeña' que cierra las puertas del disco con versos que mantienen la vista fija en el infinito: 'Un hombre, ¿y qué? Lo dicho. Un hombre solo y ella. Prado, amor, luz y arena'.
Cada momento cuenta, cada nota suma, cada arreglo explota y reconstruye mil pedazos de arena y mar y cada palabra encuentra su justo lugar. Mientras tanto, desde la portada, los rostros del cantaor y el poeta parecen fundirse en uno solo, acortando las distancias y acercando las sensibilidades. Y es que, si como asegura el propio Poveda en la hoja promocional que acompaña a este nuevo trabajo, la intención de 'EnLorquecido' era conseguir que el público pudiera «viajar por el universo de los miles de Federicos que existen: el entusiasta, alegre, triste, comprometido, viajero, premonitorio, amante de lo culto y lo popular y obsesionado con la muerte, pero también con la vida...», puede respirar tranquilo. Misión cumplida. La indestructible resurrección de los versos inmortales.


"Sonetos del amor oscuro", o  Sonetos, son una colección de sonetos escritos durante sus últimos años de vida por el poeta y dramaturgo español Federico García Lorca (Granada, 1898–1936), recopilados y publicados póstumamente.

Ay voz secreta del amor oscuro
¡ay balido sin lanas! ¡ay herida!
¡ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡ay corriente sin mar, ciudad sin Muro!

¡Ay noche inmensa de perfil seguro,
montaña celestial de angustia erguida!
¡ay perro en corazón, voz perseguida!
¡silencio sin confín, lirio maduro!

Huye de mí, caliente voz de hielo,
no me quieras perder en la maleza
donde sin fruto gimen carne y cielo.

Deja el duro marfil de mi cabeza,
apiádate de mí, ¡rompe mi duelo!
¡que soy amor, que soy naturaleza!


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