martes, 3 de agosto de 2010

La culpa, es del perro?


Tal vez para muchos este sea un tema menor. Y lo es, cuando vemos a la gente que duerme en la calle, a los niños con el “Paco” en la mano y a las continuas pruebas de inseguridad derivadas de la pobreza y la falta de educación, entre otras cosas.
Pero enseñar que los problemas se resuelven eliminando, literalmente hablando, en este caso, a los animales, es enseñar que la muerte es una solución.
Tomando estas medidas, estamos siendo irrespetuosos para con nuestros hermanos, que luchan día a día por causas que parecen imposibles de solucionar.
No siempre el camino más fácil es el más acertado, y sobre todo si este camino implica una medida cruenta y según los especialistas, ineficaz.
Estar de acuerdo con este tipo de “soluciones” es aceptar que contamos con pocos recursos para la vida.
¿Cómo podemos pensar en una solución que implica una medida extrema, para solucionar un problema que tiene causas y motivos que son posibles de resolver a partir de una mejor organización y distribución de fondos y esfuerzos?
La indiferencia frente a los problemas de los sin voz, sean quienes sean, nos ha llevado a convertirnos lentamente en una cultura individualista y con falta de fraternidad.
La colaboración, la solidaridad, la generosidad hacen a los humanos seres especiales. Queremos un mundo especial para nuestros hijos.
Es menester de todos nosotros el forjarlo día a día.
No solucionamos el problema de los niños en la calle dando una moneda. Pero tal vez aunque nos suene menos visible, guiando a nuestros hijos a que no den vuelta la cara o a que puedan regalar un juguete propio, para otro niño que no tiene las mismas posibilidades, lenta pero efectivamente, vamos construyendo conciencia social.
Cuidar de un animal, hace que los niños, comiencen a tomar mínimas responsabilidades, conciencia del otro, placer en el progreso, y valor a su propio esfuerzo, entre muchas otras cosas, todas positivas.
Les enseñamos que dar la mano es mejor que arrojar la piedra y que el dialogo y el consenso son caminos de esperanza.
Hay muchas cosas que solucionar, y hay mucho para hacer y para dar, sobre todo en relación a las minorías. Y como es tanto, muchas veces nos vemos abrumados y no sabemos por donde empezar.
Hagamos aquello que podemos, que seguro no es poco.
Desde lo calentito de nuestro hogar, de allí en adelante construimos una sociedad sana y solidaria. Desde “nuestros más chiquitos”, guiándolos en el respeto por ellos mismos y por los demás, en el valor por la propia vida, y la de los otros, en el cuidado de esta nuestra casa que decididamente será la de ellos, desde allí desde el, todos los días, desde allí comenzamos.
Apoyemos soluciones que valoren la vida.

Fuente: Funcion padres, facebook

viernes, 30 de julio de 2010

Fito Páez - Nadie detiene el amor en un lugar

Sacha, Sissi y el Circulo de Baba, Videoclip - Fito Paez

Yoga y conciencia Ana M. Desirello


El yoga es el estudio y aprovechamiento de la energía universal individuada en el ser humano. Las diversas técnicas yóguicas trabajan sobre las distintas manifestaciones energéticas en la persona: físicas, emocionales y mentales, siendo esta última una de las más importantes.

La mente, a causa de las presiones y condicionamientos a los que está sujeto, puede tomar dos direcciones, hacia lo positivo (supraconciencia) y hacia lo negativo (inconciencia). El que se incline a un lado o al otro depende del entrenamiento adecuado que consiste en técnicas de concentración para fijar la energía mental en el objeto seleccionado; en su posterior meditación para prolongar la concentración; y por último en la contemplación, que se da cuando el individuo que se concentra, el proceso de la concentración y su objeto, se funden en una única experiencia directa.

Cada proceso es experimentado para pasar al siguiente. Y a través de los tres pasos, se trata de conocer y comprender las energías que conforman la existencia y el funcionamiento de las mismas dentro y fuera de una misma. Porque entender dicho funcionamiento es evitar el sufrimiento que la ignorancia proporciona, es comenzar a controlarlo y poder sujetar, canalizar y utilizar sabiamente las energías para fines positivos y provechosos.

El yoga es una búsqueda de la sabiduría, de la iluminación. Este mecanismo adquiere un alto significado y una importancia capital que no puede ser aprehendido por la mente ordinaria ni a través de los pensamientos ordinarios. Hay que moverse con el proceso, no pensándolo, si no viviéndolo, cambiando cuando cambia, uniéndonos y fluyendo con él.

Creemos que somos dueñas de nosotras mismas, que originamos nuestras acciones cuando en realidad son reacciones involuntarias a los estímulos del mundo exterior o de nuestro subconsciente. La persona liberada es aquella que ha descubierto la inconciencia en que vivía, ha sido capaz de comprender, y ha comenzado a vivir una existencia con la mente despierta, emancipada. Así se pueden determinar los propios actos, pensamientos y emociones. Se deja de reaccionar mecánicamente y obtenemos plena conciencia del proceso, de nuestro ser

Hombre de la esquina rosada - Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges
(1899–1986)


Hombre de la esquina rosada
Historia universal de la infamia (1936)

A Enrique Amorim
         A mi, tan luego, hablarme del finado Francisco Real. Yo lo conocí, y eso que éstos no eran sus barrios porque el sabía tallar más bien por el Norte, por esos laos de la laguna de Guadalupe y la Batería. Arriba de tres veces no lo traté, y ésas en una misma noche, pero es noche que no se me olvidará, como que en ella vino la Lujanera porque sí a dormir en mi rancho y Rosendo Juárez dejó, para no volver, el Arroyo. A ustedes, claro que les falta la debida esperiencia para reconocer ése nombre, pero Rosendo Juárez el Pegador, era de los que pisaban más fuerte por Villa Santa Rita. Mozo acreditao para el cuchillo, era uno de los hombres de don Nicolás Paredes, que era uno de los hombres de Morel. Sabía llegar de lo más paquete al quilombo, en un oscuro, con las prendas de plata; los hombres y los perros lo respetaban y las chinas también; nadie ignoraba que estaba debiendo dos muertes; usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre la melena grasíenta; la suerte lo mimaba, como quien dice. Los mozos de la Villa le copiábamos hasta el modo de escupir. Sin embargo, una noche nos ilustró la verdadera condición de Rosendo.
          Parece cuento, pero la historia de esa noche rarísima empezó por un placero insolente de ruedas coloradas, lleno hasta el tope de hombres, que iba a los barquinazos por esos callejones de barro duro, entre los hornos de ladrillos y los huecos, y dos de negro, dele guitarriar y aturdir, y el del pescante que les tiraba un fustazo a los perros sueltos que se le atravesaban al moro, y un emponchado iba silencioso en el medio, y ése era el Corralero de tantas mentas, y el hombre iba a peliar y a matar. La noche era una bendición de tan fresca; dos de ellos iban sobre la capota volcada, como si la soledá juera un corso. Ese jue el primer sucedido de tantos que hubo, pero recién después lo supimos. Los muchachos estábamos dende temprano en el salón de Julia, que era un galpón de chapas de cinc, entre el camino de Gauna y el Maldonado. Era un local que usté lo divisaba de lejos, por la luz que mandaba a la redonda el farol sinvergüenza, y por el barullo también. La Julia, aunque de humilde color, era de lo más conciente y formal, así que no faltaban músicantes, güen beberaje y compañeras resistentes pal baile. Pero la Lujanera, que era la mujer de Rosendo, las sobraba lejos a todas. Se murió, señor, y digo que hay años en que ni pienso en ella, pero había que verla en sus días, con esos ojos. Verla, no daba sueño.
          La caña, la milonga, el hembraje, una condescendiente mala palabra de boca de Rosendo, una palmada suya en el montón que yo trataba de sentir como una amistá: la cosa es que yo estaba lo más feliz. Me tocó una compañera muy seguidora, que iba como adivinándome la intención. El tango hacía su voluntá con nosotros y nos arriaba y nos perdía y nos ordenaba y nos volvía a encontrar. En esa diversión estaban los hombres, lo mismo que en un sueño, cuando de golpe me pareció crecida la música, y era que ya se entreveraba con ella la de los guitarreros del coche, cada vez más cercano. Después, la brisa que la trajo tiró por otro rumbo, y volví a atender a mi cuerpo y al de la compañera y a las conversaciones del baile. Al rato largo llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz. En seguida un silencio general, una pechada poderosa a la puerta y el hombre estaba adentro. El hombre era parecido a la voz.
          Para nosotros no era todavía Francisco Real, pero sí un tipo alto, fornido, trajeado enteramente de negro, y una chalina de un color como bayo, echada sobre el hombro. La cara recuerdo que era aindiada, esquinada.
          Me golpeó la hoja de la puerta al abrirse. De puro atolondrado me le jui encima y le encajé la zurda en la facha, mientras con la derecha sacaba el cuchillo filoso que cargaba en la sisa del chaleco, junto al sobaco izquierdo. Poco iba a durarme la atropellada. El hombre, para afirmarse, estiró los brazos y me hizo a un lado, como despidiéndose de un estorbo. Me dejó agachado detrás, todavía con la mano abajo del saco, sobre el arma inservible. Siguió como si tal cosa, adelante. Siguió, siempre más alto que cualquiera de los que iba desapartando, siempre como sin ver. Los primeros —puro italianaje mirón— se abrieron como abanico, apurados. La cosa no duró. En el montón siguiente ya estaba el Inglés esperándolo, y antes de sentir en el hombro la mano del forastero, se le durmió con un planazo que tenía listo. Jue ver ése planazo y jue venírsele ya todos al humo. El establecimiento tenía más de muchas varas de fondo, y lo arriaron como un cristo, casi de punta a punta, a pechadas, a silbidos y a salivazos. Primero le tiraron trompadas, después, al ver que ni se atajaba los golpes, puras cachetadas a mano abierta o con el fleco inofensivo de las chalinas, como riéndose de él. También, como reservándolo pa Rosendo, que no se había movido para eso de la paré del fondo, en la que hacía espaldas, callado. Pitaba con apuro su cigarrillo, como si ya entendiera lo que vimos claro después. El Corralero fue empujado hasta él, firme y ensangrentado, con ése viento de chamuchina pifiadora detrás. Silbando, chicoteado, escupido, recién habló cuando se enfrentó con Rosendo. Entonces lo miró y se despejo la cara con el antebrazo y dijo estas cosas:
          —Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen el Corralero. Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero , y de malo , y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me enseñe a mi, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista.
          Dijo esas cosas y no le quitó los ojos de encima. Ahora le relucía un cuchillón en la mano derecha, que en fija lo había traído en la manga. Alrededor se habían ido abriendo los que empujaron, y todos los mirábamos a los dos, en un gran silencio. Hasta la jeta del milato ciego que tocaba el violín, acataba ese rumbo.
          En eso, oigo que se desplazaban atrás, y me veo en el marco de la puerta seis o siete hombres, que serían la barra del Corralero. El más viejo, un hombre apaisanado, curtido, de bigote entrecano, se adelantó para quedarse como encandilado por tanto hembraje y tanta luz, y se descubrió con respeto. Los otros vigilaban, listos para dentrar a tallar si el juego no era limpio.
          ¿Qué le pasaba mientras tanto a Rosendo, que no lo sacaba pisotiando a ese balaquero? Seguía callado, sin alzarle los ojos. El cigarro no sé si lo escupió o si se le cayó de la cara. Al fin pudo acertar con unas palabras, pero tan despacio que a los de la otra punta del salón no nos alcanzo lo que dijo. Volvió Francisco Real a desafiarlo y él a negarse. Entonces, el más muchacho de los forasteros silbó. La Lujanera lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas, y se jue a su hombre y le metió la mano en el pecho y le sacó el cuchillo desenvainado y se lo dió con estas palabras:
          —Rosendo, creo que lo estarás precisando.
A la altura del techo había una especie de ventana alargada que miraba al arroyo. Con las dos manos recibió Rosendo el cuchillo y lo filió como si no lo reconociera. Se empinó de golpe hacia atrás y voló el cuchillo derecho y fue a perderse ajuera, en el Maldonado. Yo sentí como un frio.
         —De asco no te carneo —dijo el otro, y alzó, para castigarlo, la mano. Entonces la Lujanera se le prendió y le echó los brazos al cuello y lo miró con esos ojos y le dijo con ira:
          —Dejalo a ése, que nos hizo creer que era un hombre.
Francisco Real se quedó perplejo un espacio y luego la abrazó como para siempre y les gritó a los musicantes que le metieran tango y milonga y a los demás de la diversión, que bailaramos. La milonga corrió como un incendio de punta a punta. Real bailaba muy grave, pero sin ninguna luz, ya pudiéndola. Llegaron a la puerta y grito:
          —¡Vayan abriendo cancha, señores, que la llevo dormida!
          Dijo, y salieron sien con sien, como en la marejada del tango, como si los perdiera el tango.
          Debí ponerme colorao de vergüenza. Dí unas vueltitas con alguna mujer y la planté de golpe. Inventé que era por el calor y por la apretura y jui orillando la paré hasta salir. Linda la noche, ¿para quien? A la vuelta del callejón estaba el placero, con el par de guitarras derechas en el asiento, como cristianos. Dentre a amargarme de que las descuidaran así, como si ni pa recoger changangos sirviéramos. Me dió coraje de sentir que no éramos naides. Un manotón a mi clavel de atrás de la oreja y lo tiré a un charquito y me quedé un espacio mirándolo, como para no pensar en más nada. Yo hubiera querido estar de una vez en el día siguiente, yo me quería salir de esa noche. En eso, me pegaron un codazo que jue casi un alivio. Era Rosendo, que se escurría solo del barrio.
         —Vos siempre has de servir de estorbo, pendejo —me rezongó al pasar, no sé si para desahogarse, o ajeno. Agarró el lado más oscuro, el del Maldonado; no lo volví a ver más.
          Me quedé mirando esas cosas de toda la vida —cielo hasta decir basta, el arroyo que se emperraba solo ahí abajo, un caballo dormido, el callejón de tierra, los hornos— y pensé que yo era apenas otro yuyo de esas orillas, criado entre las flores de sapo y las osamentas. ¿Que iba a salir de esa basura sino nosotros, gritones pero blandos para el castigo, boca y atropellada no más? Sentí después que no, que el barrio cuanto más aporriao, más obligación de ser guapo.
          ¿Basura? La milonga déle loquiar, y déle bochinchar en las casas, y traía olor a madreselvas el viento. Linda al ñudo la noche. Había de estrellas como para marearse mirándolas, una encima de otras. Yo forcejiaba por sentir que a mí no me representaba nada el asunto, pero la cobardía de Rosendo y el coraje insufrible del forastero no me querían dejar. Hasta de una mujer para esa noche se había podido aviar el hombre alto. Para esa y para muchas, pensé, y tal vez para todas, porque la Lujanera era cosa seria. Sabe Dios qué lado agarraron. Muy lejos no podían estar. A lo mejor ya se estaban empleando los dos, en cualesquier cuneta.
          Cuando alcancé a volver, seguía como si tal cosa el bailongo.
Haciéndome el chiquito, me entreveré en el montón, y vi que alguno de los nuestros había rajado y que los norteros tangueaban junto con los demás. Codazos y encontrones no había, pero si recelo y decencia. La música parecia dormilona, las mujeres que tangueaban con los del Norte, no decían esta boca es mía.
         Yo esperaba algo, pero no lo que sucedió.
         Ajuera oimos una mujer que lloraba y después la voz que ya conocíamos, pero serena, casi demasiado serena, como si ya no juera de alguien, diciéndole:
          —Entrá, m'hija —y luego otro llanto. Luego la voz como si empezara a desesperarse.
         —¡Abrí te digo, abrí gaucha arrastrada, abrí, perra! —se abrió en eso la puerta tembleque, y entró la Lujanera, sola. Entró mandada, como si viniera arreándola alguno.
         —La está mandando un ánima —dijo el Inglés.
         —Un muerto, amigo —dijo entonces el Corralero. El rostro era como de borracho. Entró, y en la cancha que le abrimos todos, como antes, dió unos pasos marcados —alto, sin ver— y se fue al suelo de una vez, como poste. Uno de los que vinieron con él, lo acostó de espaldas y le acomodó el ponchito de almohada. Esos ausilios lo ensuciaron de sangre. Vimos entonces que traiba una herida juerte en el pecho; la sangre le encharcaba y ennegrecia un lengue punzó que antes no le oservé, porque lo tapó la chalina. Para la primera cura, una de las mujeres trujo caña y unos trapos quemados. El hombre no estaba para esplicar. La Lujanera lo miraba como perdida, con los brazos colgando. Todos estaban preguntándose con la cara y ella consiguió hablar. Dijo que luego de salir con el Corralero, se jueron a un campito, y que en eso cae un desconocido y lo llama como desesperado a pelear y le infiere esa puñalada y que ella jura que no sabe quién es y que no es Rosendo. ¿Ouién le iba a creer?
          El hombre a nuestros pies se moría. Yo pensé que no le había temblado el pulso al que lo arregló. El hombre, sin embargo, era duro. Cuando golpeó, la Julia había estao cebando unos mates y el mate dió Ia vuelta redonda y volvío a mi mano, antes que falleciera. “Tápenme la cara”, dijo despacio, cuando no pudo más. Sólo le quedaba el orgullo y no iba a consentir que le curiosearan los visajes de la agonía. Alguien le puso encima el chambergo negro, que era de copa altísima. Se murió abajo del chambergo, sin queja. Cuando el pecho acostado dejó de subir y bajar, se animaron a descubrirlo. Tenía ese aire fatigado de los difuntos; era de los hombres de más coraje que hubo en aquel entonces, dende la Batería hasta el Sur; en cuanto lo supe muerto y sin habla, le perdí el odio.
         —Para morir no se precisa más que estar vivo —dijo una del montón, y otra, pensativa también:
          —Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa juntar moscas.
         Entonces los norteros jueron diciéndose un cosa despacio y dos a un tiempo la repitieron juerte después.
         —Lo mató la mujer.
         Uno le grito en la cara si era ella, y todos la cercaron. Ya me olvidé que tenía que prudenciar y me les atravesé como luz. De atolondrado, casi pelo el fiyingo. Sentí que muchos me miraban, para no decir todos. Dije como con sorna:
          —Fijensén en las manos de esa mujer. ¿Que pulso ni que corazón va a tener para clavar una puñalada?
         Añadí, medio desganado de guapo:
          —¿Quién iba a soñar que el finao, que asegún dicen, era malo en su barrio, juera a concluir de una manera tan bruta y en un lugar tan enteramente muerto como éste, ande no pasa nada, cuando no cae alguno de ajuera para distrairnos y queda para la escupida después?
         El cuero no le pidió biaba a ninguno.
         En eso iba creciendo en la soledá un ruido de jinetes. Era la policía. Quien más, quien menos, todos tendrían su razón para no buscar ese trato, porque determinaron que lo mejor era traspasar el muerto al arroyo. Recordarán ustedes aquella ventana alargada por la que pasó en un brillo el puñal. Por ahí paso después el hombre de negro. Lo levantaron entre muchos y de cuantos centavos y cuanta zoncera tenía lo aligeraron esas manos y alguno le hachó un dedo para refalarle el anillo. Aprovechadores, señor, que así se le animaban a un pobre dijunto indefenso, después que lo arregló otro más hombre. Un envión y el agua torrentosa y sufrida se lo llevó. Para que no sobrenadara, no se si le arrancaron las vísceras, porque preferí no mirar. El de bigote gris no me quitaba los ojos. La Lujanera aprovechó el apuro para salir.
          Cuando echaron su vistazo los de la ley, el baile estaba medio animado. El ciego del violín le sabía sacar unas habaneras de las que ya no se oyen. Ajuera estaba queriendo clariar. Unos postes de ñandubay sobre una lomada estaban como sueltos, porque los alambrados finitos no se dejaban divisar tan temprano.
          Yo me fui tranquilo a mi rancho, que estaba a unas tres cuadras. Ardía en la ventana una lucecita, que se apagó en seguida. De juro que me apure a llegar, cuando me di cuenta. Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegué otra revisada despacio, y estaba como nuevo, inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre.

martes, 27 de julio de 2010

Luca Prodan - Años

Stand By Me - Sumo (mejor calidad de audio)

No woman no cry - Sumo

Las vibraciones de la Música


Las Vibraciones en la Musica....

La Ondas Sonoras Posen una gran coneccion con nuestro Ser Energetico.....

¿Han notado alguna ves al escuchar una pieza musical, que su cuerpo experimenta Alegria o Tristeza, Euforia o Tranquilidad?

Esto se debe al Don que por añaduria hemos conseguido en esta etapa evolutiva Del Ser....

Estas Ondas, al igual que la materia ya conocida, son energias vibratorias que desde un punto pueden ser recibidas por el Ser Humano...

La frecuencia vibratoria sonora de estas Ondas, pueden diferenciarce por ondas Cortas Y ondas Largas.... Cuanticamente hablando les damos el Nombre de "Vibraciones Altas y Vibraciones Bajas"...

Lo que Quiero Porponerles es que al escuchar una cancion, presten total atencion y traten de diferenciar la clase de vibracion que estas manejan....

Toda frecuencia vibratoria sea alta o baja, pose una pequeña porcion de su opuesto.. El Simbolo del Yin y el Yan puede resultarles como una muestra de este ejemplo.....

Toda escala musical pose 7 tonos, asendentes y desendentes y repetitivos que se repiten y una y otra ves....

DO RE MI FA SOL LA SI (----------- "DO RE MI FA SOL LA SI" ----------) DO RE MI FA SOL LA SI

Nuestro Cuerpo Fisico y energetico, tiene el poder para notar cualquiera de estas y autolimentar su centro...

En Una Cancion Alegre el escucha puede hallar Vibraciones altas y bajas al mismo tiempo, Lo Mismo que en una cancion Triste puede hallarce una Vibracion Alta...
Esto depende exclusivamente de como se programo la mente desde su crecimiento...

"Personas Positivas, personas Negativas"...



Ejercicio:

Fijense el estilo de musica que escuchan y sabran que vibracion los alimenta y llenando asi su centro...

Cuando puedan escuchar una cancion Deprimente sin que esto les cause angustia o tristeza sabran si estan en el camino indicado o no....



Hoy les dejo esto.......hasta aca me da la cabeza, en otra me explayare mas..... Que la Luz Los ilumine Siempre......



Fuente: concienciacuántica.com

A cada hombre, a cada mujer - Seru Giran

Yo canto para alcanzarte
atravesando todo el azul
Yo canto para mostrarte que sangro igual que vos
y está oscuro en esta cárcel
que soy desde que tengo memoria
y está ciega mi mirada
sin tu luz.
Yo canto para abrazarte
porque encenderte ya no me basta
yo canto para librarme
de las cadenas negras de ideas y palabras
que trazan una línea en el agua
dividiendo lo indivisible
vos y yo.
Uno y uno y
uno en uno y
uno a uno y
todo en uno en mí.
Uno y uno y
uno en uno y
uno a uno y
todo en uno en ti.
Yo canto para escucharte
porque tu voz es la melodía
canto para nombrarte
en incontables nombres y rostros y señales,
la gota de agua, el pan, los trigales,
reflejando cada espiga
todo el sol.
reflejando cada espiga
todo el sol.
reflejando cada espiga
todo el sol.
Uno y uno y
uno en uno y
uno a uno y
todo en uno en mí.
Uno y uno y
uno en uno y
uno a uno y
todo en uno en ti.

Hasta que me olvides (el concierto) - Luis MIguel

Hasta que me olvides voy a
intentarlo
no habra quien me seque tus
labios
por dentro y por fuera
no habra quien desnude mi
nombre
una tarde cualquiera
hasta que me olvides tanto que
no exista mañana ni despues
no...no...
hasta que me olvides voy a intentarlo
no habra quien desnude mi
boca
como tu sonrisa
y voy a rodar como lagrima
entre la llovizna
hasta que me olvides tanto que
no existe mañana ni despues
hasta que me olvides
voy a amarte tanto tanto
como fuego entre tus brazos
hasta que me olvides...
hasta que me olvides
y me rompa en mil pedazos
continuar mi gran teatro
hasta que me olvides... hasta que me olvides...
y voy a bordar tus sueños en la
almohada
llenar poco a poco el silencio
con tu abecedario
y cuando me calle por dentro
tenerte a mi lado
hasta que me olvides tanto que
no exista mañana ni despues
hasta que me olvides
voy a amarte tanto tanto
como fuego entre tus brazos
hasta que me olvides...
hasta que me olvides
y me rompa en mil pedazos
continuar mi gran teatro
hasta que me olvides...
hasta que me olvides...
voy a continuar copiando
tu cuerpo sobre la pared
y voy a colgar en tu pecho
la noche y el amanecer...
hasta que me olvides
voy a amarte tanto tanto
como fuego entre tus brazos
hasta que me olvides...
hasta que me olvides
y me rompa en mil pedazos
continuar mi gran teatro
hasta que me olvides...
hasta que me olvides...