La tristeza es el abandono emocional sentido cuando nuestras expectativas y deseos sufren una decepción. La tensión de la espera se desvanece y la tristeza duele porque supone separarnos de aquello a lo cual nos apegábamos, sea un beso de buenas noches, una medalla de oro o un romance, y convivir con la pérdida. Todos conocemos las señales de tristeza: ojos cansados, cara larga, espalda inclinada, hombros caídos, brazos colgantes, pies que se arrastran y voz lánguida. La tristeza es una especie de marchitamiento.
Como es de suponer, luchamos contra la tristeza con todas nuestras fuerzas. Deseamos la felicidad, y su búsqueda es un derecho inalienable, una obsesión universal. Creemos que la forma obvia de ser felices, de poseer el encanto y la chispa de la felicidad, es evitar la tristeza. Sin embargo, lo cierto es lo contrario. El verdadero gozo es posible sólo mediante la aceptación de la tristeza inevitable, pues ésta es la reacción sana ante el fracaso de expectativas, algo ineludible en la vida. Deseamos que las cosas permanezcan siempre igual, pero la vida es cambio y sufrimos heridas en la adaptación. Deseamos que las demás personas nos traten bien, pero no podemos controlarlas y aún tener relaciones vitales con ellas. Las desilusiones no se pueden evitar.
La tristeza, entonces, nos conecta con el centro de nuestra vulnerabilidad y con los apegos primarios que constituyen la trama de nuestra experiencia. Es una energía de descompresión, una tormenta que descarga la tensión y limpia el aire, una danza que disuelve, una vibración caótica en el nivel celular que produce una catarsis curativa imprescindible para la fluidez y la elasticidad del ser. La tristeza es el medio transformador que nos permite ablandar nuestra rigidez y diluir nuestro anhelo de seguridad, estabilidad y garantías ante la inevitabilidad del cambio y la necesidad de crecimiento. El desafío consiste en aceptar nuestra ineludible vulnerabilidad y acoger la experiencia de tristeza cuando ésta llegue, como liberación necesaria para vivir saludablemente con el cambio.
Gabrielle Roth
Ilustración Kaja Kajfez
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