Me crucificaron al hijo.
Lo vi sangrando,
y no pude impedirlo.
Nadie escuchó mis gritos,
nadie detuvo el martillo,
las lanzas,
la risa cruel de los soldados.
Me dejaron llorando al pie del madero
como otra mujer cualquiera.
Y sin embargo,
¡era mi hijo!
Y también era Dios.
Lo arrullé de niño,
le besé las rodillas raspadas,
me dormí con su olor en mis brazos.
Nadie me contó su vida.
Yo la tejí con mi leche,
con mi sangre,
con las palabras que aprendió de mi boca.
Y lo mataron.
Dicen que resucitó,
que lo vieron con la túnica blanca
subiendo a los cielos.
Pero no volvió a casa.
No vino a decirme
“Madre, aquí estoy,
mira mis manos,
he vencido la muerte.”
Desde entonces camino
con esta herida abierta,
madre de un Dios
que no volvió
para secarme el llanto.
Gioconda Belli
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