viernes, 2 de agosto de 2019

El niño que miraba el mar, Luis Eduardo Aute


Y daría lo vivido


por sentarme a su costado

para verme en su futuro
desde todo mi pasado.


Cada vez que veo esa fotografía
que huye del cliché del álbum familiar,
miro a ese niño que hace de vigía
oteando el más allá del fin del mar.
Aún resuena en su cabeza el bombardeo
de una guerra de dragones sin cuartel,
su mirada queda oculta pero veo
lo que ven sus ojos porque yo soy él.
Y daría lo vivido
por sentarme a su costado
para verme en su futuro
desde todo mi pasado
y mirándole a los ojos
preguntarle enmimismado
si descubre a su verdugo
en mis ojos reflejado
mientras él me ve mirar
a ese niño que miraba el mar.
Ese niño ajeno al paso de las horas
y que está poniendo en marcha su reloj
no es consciente de que incuba el mal de aurora
ese mal del animal que ya soy yo.
Frente a él oscuras horas de naufragios
acumulan tumbas junto al malecón
y sospecha que ese mar es un presagio
de que al otro lado espera otro dragón.

El niño que miraba el mar



Manila, década de los cuarenta. Un niño se sienta en el malecón y mira el mar. La ciudad está destruida y su padre aprovecha para hacerle una foto de espaldas. Año 2011, la hija de aquel niño le hace una foto, de espaldas, sentado en el malecón de la Habana. Unos 15.000 kilómetros y más de 60 años separan a aquel niño de su presente, un hombre al filo de su vejez.

Cada vez que veo esa fotografía  que huye del cliché del álbum familiar, miro a ese niño que hace de vigía oteando más allá el fin del mar
(L.E.Aute)

Se trata de Luis Eduardo Aute, y hablar de él no es fácil. En una entrevista le preguntan cuál es el principal rasgo de su carácter a lo que responde: probablemente la indefinición. El asunto se complica si atendemos a sus ocupaciones: cantautor, compositor, escritor, cineasta, pintor, escultor…
En su trabajo como dibujante, Aute nos trae un cortometraje de animación titulado “El niño y el basilisco” (2012), que complementa a su  LP “El niño que miraba el mar”. Un cortometraje que narra el encuentro del autor con su infancia, en una ciudad marcada por el bombardeo de las fuerzas aéreas norteamericanas en 1945.
En el film se ve como un niño sentado en el malecón se percata de la presencia de un adulto que se coloca a su lado, pero no le da importancia. Mientras ambos miran al mar, la aparente calma se perturba con la aparición de un basilisco sobrevolando el cielo. El niño gira la mirada hacia el adulto y contempla con asombro cómo éste se transforma también en basilisco.
En los ojos del niño queda reflejado el rostro del autor convertido ahora en un monstruo. El animal en cuestión es una figura mitológica de origen griego que consiste en un cuerpo de gallo, lengua de serpiente y cresta. Su veneno es letal y mata sólo con la mirada. De hecho, quien mire a los ojos del basilisco muere, y si lo ve por un reflejo queda petrificado.
¿Y qué ocurre con el niño? La mirada del basilisco no consigue matarlo ya que el basilisco es el futuro del niño, su yo del mañana convertido en un ser que seca las plantas y envenena las aguas.
Tal vez Aute con este monstruo nos quiera hablar de la pérdida de inocencia que padecemos al llegar al mundo adulto. De los desengaños en nuestro camino, de nuestras miserias e incongruencias. Un mundo adulto donde imperan las leyes oscuras de la maldad y se triunfa mientras más nos parezcamos a una fiera. Por eso el basilisco a su paso deja un rastro de muerte, ahogando a los restantes seres vivos, modificando la naturaleza a su antojo sin importarle.
En una sociedad agresiva y competitiva como la nuestra ya no es una ventaja cooperar sino machacar al más débil. Se nos enseña que los demás se van a aprovechar en cualquier momento de nosotros, que nadie ayuda sin recibir nada a cambio y no está de más desconfiar.
El basilisco entonces se vuelve un monstruo, rodeado de otros monstruos
Producida esta transformación en basilisco, el animal hace halago de su poder y fulmina con la mirada a una paloma que pasa poco después. El niño no sale de su asombro, pues la muerte acecha y este acto podría simbolizar que la paz es sólo una ilusión.
Son tiempos de guerra y siempre estaremos en periodos de entreguerras
Ahora el basilisco lanza lágrimas de fuego al mar y empieza a arder. El monstruo invita a que el niño se suba a sus lomos y comienzan un viaje por los cielos, mientras la muerte se representa en unas decenas de cráneos con alas, una visión dantesca que puede hacer referencia a los caídos en la batalla.
En el horizonte, lo que parecen unos rayos de sol al principio se convierten en la cresta de un nuevo basilisco, una cabeza gigante que abre la boca y gruñe con un sonido trepidante. El niño y el basilisco se dirigen a él y entran por su boca.
Tras un viaje por lo que parece el espacio y el tiempo en un túnel oscuro, la luz se hace presente. El niño y el basilisco regresan al malecón y ambos se encuentran con un niño sentado mirando a un mar que ahora es de fuego. Por unos instantes aparece un cráneo con alas y el basilisco dispara contra él. La silueta del niño desaparece y se abre una puerta hacia un mar en calma…
Nos encontramos ante una obra íntima que nos puede evocar muchas sensaciones. Unos 300 dibujos se entrelazan para contarnos esta historia, la vida de un niño que aprende a vivir en una ciudad desolada por la guerra y que de alguna manera esa impresión le acompañará en forma de basilisco a lo largo de su vida.
Una historia que por desgracia se repite continuamente.

Ese niño ajeno al paso de las horas y que está poniendo en marcha su reloj no es consciente de que incuba el mal de aurora ese mal del animal que ya soy yo.
(L.E.Aute)

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