Un amor que perdura, no es el que se queda “igual”.
Es el que crece… el que se mueve… el que evoluciona.
El amor que vale la pena no se estanca.
Se transforma.
No teme mirarse de frente,
no huye de hablar,
no se asusta de cambiar lo que ya no funciona.
Un amor que perdura
tiene conversaciones incómodas,
se hace responsable de sus heridas,
y se compromete con actualizarse.
Un amor que perdura
no exige perfección,
exige verdad.
Lo que permanece no es lo rígido…
es lo que se adapta sin perder esencia.
Es lo que se construye con presencia,
con paciencia,
con honestidad.
Un amor que perdura
no se mantiene por inercia…
se mantiene por conciencia.
✍️Psic. María Dolores
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