La lealtad tiene esa forma extraña de ser invisible hasta que más la necesitas.
No pide permiso, no exige condiciones, no busca explicaciones.
Simplemente está.
A veces se parece a un perro que camina a tu lado bajo la tormenta, aunque no entienda hacia dónde vas.
Otras veces, se disfraza de silencio en medio de tus dudas, de compañía cuando ni tú mismo quieres estar contigo.
Lo curioso es que la lealtad no se mide en palabras grandes ni en juramentos eternos.
Se mide en pasos compartidos, en miradas que sostienen, en presencias que no huyen aunque el mundo se derrumbe.
Quizás no lo entendí antes, pero hoy sé que la lealtad no pregunta “¿por qué?”, solo responde con un “aquí estoy”. Y en ese gesto sencillo, cabe más amor que en cualquier promesa.
©Jose Luis Vaquero
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