Dijo una vez Haruki Murakami: «Sin embargo, la mayoría de las personas de este mundo no parece sentir ese temor. Hablan de sí mismas con total naturalidad, sin el menor pudor. Se muestran tal como son, sin esconder nada, y a veces incluso exageran sus virtudes. He visto innumerables veces cómo personas “sensibles” herían sin más los sentimientos de los demás con sus palabras, y cómo personas “honestas” aplastaban a los demás sin piedad. Todo ello me lleva a pensar: “¿Qué sabemos, en realidad, de nosotros mismos?”»
Y en esas palabras hay una verdad incómoda: muchas veces creemos conocernos porque conocemos la imagen que tenemos de nosotros mismos, no lo que realmente provocamos en los demás. Nos llamamos sinceros cuando quizá solo somos crueles; sensibles cuando tal vez solo queremos ser comprendidos nosotros.
Murakami habla de esa distancia entre lo que creemos ser y lo que realmente mostramos cuando nadie nos corrige. Porque el ser humano no siempre se ve con claridad: se justifica, se maquilla, se cuenta historias para poder convivir consigo mismo.
Quizá conocerse no es tener una definición de quién eres… sino atreverse a mirar también aquello que no te gusta ver.
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