sábado, 28 de febrero de 2026
Cielo de claraboyas
Silvina Ocampo
(Cuento completo)
La reja del ascensor tenía flores con cáliz dorado y follajes rizados de fierro negro, donde se enganchan los ojos cuando uno está triste viendo desenvolverse, hipnotizados por las grandes serpientes, los cables del ascensor.
Era la casa de mi tía más vieja adonde me llevaban los sábados de visita. Encima del hall de esa casa con cielo de claraboyas había otra casa misteriosa en donde se veía vivir a través de los vidrios una familia de pies aureolados como santos. Leves sombras subían sobre el resto de los cuerpos dueños de aquellos pies, sombras achatadas como las manos vistas a través del agua de un baño. Había dos pies chiquitos, y tres pares de pies grandes, dos con tacos altos y finos de pasos cortos. Viajaban baúles con ruido de tormenta, pero la familia no viajaba nunca y seguía sentada en el mismo cuarto desnudo, desplegando diarios con músicas que brotaban incesantes de una pianola que se atrancaba siempre en la misma nota. De tarde en tarde, había voces que rebotaban como pelotas sobre el piso de abajo y se acallaban contra la alfombra.
Una noche de invierno anunciaba las nueve en un reloj muy alto de madera, que crecía como un árbol a la hora de acostarse; por entre las rendijas de las ventanas pesadas de cortinas, siempre con olor a naftalina, entraban chiflones helados que movían la sombra tropical de una planta en forma de palmera. La calle estaba llena de vendedores de diarios y de frutas, tristes como despedidas en la noche. No había nadie ese día en la casa de arriba, salvo el llanto pequeño de una chica (a quien acababan de darle un beso para que se durmiera,) que no quería dormirse, y la sombra de una pollera disfrazada de tía, como un diablo negro con los pies embotinados de institutriz perversa. Una voz de cejas fruncidas y de pelo de alambre que gritaba «¡Celestina, Celestina!», haciendo de aquel nombre un abismo muy oscuro. Y después que el llanto disminuyó despacito… aparecieron dos piecitos desnudos saltando a la cuerda, y una risa y otra risa caían de los pies desnudos de Celestina en camisón, saltando con un caramelo guardado en la boca. Su camisón tenía forma de nube sobre los vidrios cuadriculados y verdes. La voz de los pies embotinados crecía: «¡Celestina, Celestina!». Las risas le contestaban cada vez más claras, cada vez más altas. Los pies desnudos saltaban siempre sobre la cuerda ovalada bailando mientras cantaba una caja de música con una muñeca encima.
Se oyeron pasos endemoniados de botines muy negros, atados con cordones que al desatarse provocan accesos mortales de rabia. La falda con alas de demonio volvió a revolotear sobre los vidrios; los pies desnudos dejaron de saltar; los pies corrían en rondas sin alcanzarse; la falda corría detrás de los piecitos desnudos, alargando los brazos con las garras abiertas, y un mechón de pelo quedó suspendido, prendido de las manos de la falda negra, y brotaban gritos de pelo tironeado.
El cordón de un zapato negro se desató, y fue una zancadilla sobre otro pie de la falda furiosa. Y de nuevo surgió una risa de pelo suelto, y la voz negra gritó, haciendo un pozo oscuro sobre el suelo: «¡Voy a matarte!». Y como un trueno que rompe un vidrio, se oyó el ruido de jarra de loza que se cae al suelo, volcando todo su contenido, derramándose densamente, lentamente, en silencio, un silencio profundo, como el que precede al llanto de un chico golpeado.
Despacito fue dibujándose en el vidrio una cabeza partida en dos, una cabeza donde florecían rulos de sangre atados con moños. La mancha se agrandaba. De una rotura del vidrio empezaron a caer anchas y espesas gotas petrificadas como soldaditos de lluvia sobre las baldosas del patio. Había un silencio inmenso; parecía que la casa entera se había trasladado al campo; los sillones hacían ruedas de silencio alrededor de las visitas del día anterior.
La falda volvió a volar en torno de la cabeza muerta: «¡Celestina, Celestina!», y un fierro golpeaba con ritmo de saltar a la cuerda.
Las puertas se abrían con largos quejidos y todos los pies que entraron se transformaron en rodillas. La claraboya era de ese verde de los frascos de colonia en donde nadaban las faldas abrazadas. Ya no se veía ningún pie y la falda negra se había vuelto santa, más arrodillada que ninguna sobre el vidrio.
Celestina cantaba Les Cloches de Corneville, corriendo con Leonor detrás de los árboles de la plaza, alrededor de la estatua de San Martín. Tenía un vestido marinero y un miedo horrible de morirse al cruzar las calles.
FIN
El tiempo de Borges
Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges.
viernes, 27 de febrero de 2026
Heráclito
Jorge Luis Borges
Heráclito camina por la tarde
De Éfeso. La tarde lo ha dejado,
Sin que su voluntad lo decidiera,
En la margen de un río silencioso
Cuyo destino y cuyo nombre ignora.
Hay un Jano de piedra y unos álamos
Se mira en el espejo fugitivo
Y descubre y trabaja la sentencia
Que las generaciones de los hombres
No dejarán caer. Su voz declara:
Nadie baja dos veces a las aguas
Del mismo río. Se detiene. Siente
Con el asombro de un horror sagrado
Que él también es un río y una fuga.
Quiere recuperar esa mañana
Y su noche y la víspera. No puede.
Repite la sentencia. La ve impresa
En futuros y claros caracteres
En una de las páginas de Burnet.
Heráclito no sabe griego. Jano,
Dios de las puertas, es un dios latino.
Heráclito no tiene ayer ni ahora.
Es un mero artificio que ha soñado
Un hombre gris a orillas del Red Cedar,
Un hombre que entreteje endecasílabos
Para no pensar tanto en Buenos Aires
Y en los rostros queridos. Uno falta.
jueves, 26 de febrero de 2026
A un olmo seco
Antonio Machado
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
«El verdadero dolor es indecible. Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte: eso significa que no es tan importante. Porque cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la palabra. Es probable que reconozcas lo que digo; quizá lo hayas experimentado, porque el sufrimiento es algo muy común en todas las vidas (igual que la alegría). Hablo de ese dolor que es tan grande que ni siquiera parece que te nace de dentro, sino que es como si hubieras sido sepultada por un alud. Y así estás. Tan enterrada bajo esas pedregosas toneladas de pena que no puedes ni hablar. Estás segura de que nadie va a oírte».
La ridícula idea de no volver a verte,
Rosa Montero
«Ni el amor, ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los profundos desencuentros, son obra de las casualidades, sino que nos están misteriosamente reservados. ¡Cuántas veces en la vida me ha sorprendido cómo, entre las multitudes de personas que existen en el mundo, nos cruzamos con aquellas que, de alguna manera, poseían las tablas de nuestro destino, como si hubiéramos pertenecido a una misma organización secreta, o a los capítulos de un mismo libro! Nunca supe si se los reconoce porque ya se los buscaba, o se los busca porque ya bordeaban los aledaños de nuestro destino».
Ernesto Sábato
Ilustración de Jiwoon Pak
«—¿Sabes qué me pasa? —dijo abriendo las manos en el aire como si fuese a mostrar un secreto guardado hace mucho tiempo. Que echo en falta la vida cuando era nuestra». (...) «Aquel invierno fue terrible. Nunca me he sentido más sola. Por fortuna había libros, libros, libros... Historias en las que refugiarse, historias por las que huir. Libros». (...) «Cuando te encuentres sola, lee un libro. Te ayudará a sentirte mejor».
La vida cuando era nuestra,
Marian Izaguirre
"De árbol en árbol
subía,
de escalera en escalera,
una niñita invisible...
(para aquel que no la viera...)
Altos verdes
perseguía
—de tronco en enredadera—
para alcanzar lo increíble:
la gran familia estrellera.
De los verdes
al celeste,
llegó la niña
un buen día
y el buen sol la hizo visible...
(para quien no la veía...)
Cuenta el que sabe de cuentos
que —mientras la fe no muera—
de árbol a estrella
es posible alcanzar lo que uno quiera".
Elsa Bornemann
Ilustración S. Hee
No siempre tenemos que ser fuertes para ser fuertes. A veces, nuestra fortaleza se expresa siendo vulnerables. A veces, necesitamos deshacernos en pedazos para rehacernos, y seguir sobre el camino.
Todos tenemos días en que no podemos empujar más duro. En que no podemos contener las dudas en nosotros mismos, en que no podemos dejar de concentrarnos en el miedo, en que no podemos ser fuertes.
Hay días en que no podemos concentrarnos en ser responsables. Ocasionalmente, no queremos quitarnos el pijama. A veces, lloramos delante de los demás. Exponemos nuestro cansancio, nuestra irritabilidad o nuestra ira.
No tienen nada de malo esos días. No tienen nada de malo. Parte de cuidar de nosotros mismos significa darnos permiso de «deshacernos» cuando lo necesitamos.
No tenemos por qué ser torres perpetuas de fortaleza.
Somos fuertes.
Lo hemos probado.
Seguiremos siendo fuertes aunque tengamos el valor de permitirnos sentirnos temerosos, débiles y vulnerables cuando necesitamos experimentar esos sentimientos.
El lenguaje del adiós,
Melody Beattie
Ilustracion Odette Barberdouse
Mi monstruo favorito es la nostalgia,
porque llega sin tocar la puerta,
se sienta a mi lado
y me recuerda que el duelo no tiene una fecha especial
Me hace abrir cajas que juré selladas,
releer mensajes que ya no existen,
oler la ropa que aún guarda su nombre.
Y mientras lo hace,
me habla bajito,
como si supiera
que todavía sangro por dentro.
La nostalgia no destruye,
solo desentierra.
Saca del silencio los días que creí muertos
y los pone frente a mí, tibios,
con tanto amor
Como si él aún respirara.
Y entonces entiendo
que el duelo no es olvidar,
es aprender a vivir con los fantasmas que habitan en la mente,
sin que te devoren.
Porque a veces,
el alma solo sana
cuando se atreve a abrazar con amor
a su monstruo favorito.
"Mi corazón tiene mil años. No soy como otras personas. La gente solo se preocupan por los finales felices. Vivo una vida llena de caras vacías. Mi mente es un bosque oscuro que todo el mundo intenta evitar. Solo atraigo a aquellos que están perdidos en la oscuridad. Soy un pozo que ha sido drenado. Soy un árbol que no da fruto. Soy un perro sin hogar. Soy un pájaro sin alas. Soy la persona con la que nadie quiere hablar".
Haruki Murakami
"(...) He atravesado una crisis de lejanías y de tristezas que ni yo mismo me he dado cuenta. Podría decirse que yo era una sombra borracha de verano y de pasión imposible… Tenía dentro del alma, en ese pozo insondable del que Santa Teresa hizo su castillo interior, un sedimento de espigas sonoras y de nubes blancas. He contemplado demasiado el cielo azul y he sentido verdaderas heridas de luz (…) Yo soy como una ilusión antigua hecha carne, y aunque mi horizonte se pierda en crepúsculos formidables de apasionamientos, tengo una cadena como Prometeo que me cuesta trabajo arrastrarla, ahora que no estoy preso en la roca, pero en vez de águila, un búho me roe el corazón. Me siento lleno de poesía, poesía fuerte, llana, fantástica, religiosa, mala, honda, canalla, mística. ¡Todo, todo! ¡Quiero ser todas las cosas! Bien sé que la aurora tiene la llave escondida en bosques secretos, pero yo la sabré encontrar".
Las maravillas que Federico García Lorca escribía con 20 años.
Hay almas que tienen
Federico García Lorca
Hay almas que tienen
azules luceros,
mañanas marchitas
entre hojas del tiempo,
y castos rincones
que guardan un viejo
rumor de nostalgias
y sueños.
Otras almas tienen
dolientes espectros
de pasiones. Frutas
con gusanos. Ecos
de una voz quemada
que viene de lejos
como una corriente
de sombra. Recuerdos
vacíos de llanto
y migajas de besos.
Mi alma está madura
hace mucho tiempo,
y se desmorona
turbia de misterio.
Piedras juveniles
roídas de ensueño
caen sobre las aguas
de mis pensamientos.
Cada piedra dice:
“¡Dios está muy lejos!”
"En esos días sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada, ni en nadie. Las palabras no se parecen a lo que nombran y ni siquiera se parecen a su propio sonido. Entonces no estoy donde estoy. Dejo mi cuerpo y me voy, lejos, a ninguna parte, y no quiero estar con nadie, ni siquiera conmigo. Y no tengo nombre, ni quiero tener, nombre ninguno: entonces pierdo las ganas de llamarme o ser llamado".
Eduardo Galeano, El libro de los abrazos
"Te van a llamar “𝐥𝐨𝐜𝐚” porque lo estás, porque naciste con el don de ver las cosas de otra manera y eso les asusta.
Te van a llamar “𝐢𝐧𝐭𝐞𝐧𝐬𝐚” porque lo eres, porque naciste con el valor bien puesto para permitirte sentirlo todo plenamente y eso les intimida.
Te van a llamar “𝐞𝐠𝐨𝐢́𝐬𝐭𝐚” porque así es, porque descubriste que tú eres lo más importante en tu vida y eso no les conviene.
Te van a llamar de muchas maneras, con muchos juicios, durante mucho tiempo, pero mantente firme en ti y en lo que quieres, y te prometo que un día te van a llamar para decirte: “𝐠𝐫𝐚𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐩𝐨𝐫 𝐞𝐱𝐢𝐬𝐭𝐢𝐫”.
✍️ Alejandro Jodorowsky
🎨Ömer Yilmaz
«No podemos escapar de lo que nos sucederá.
El viento nos llevará a los lugares que debemos visitar. El sol brillará sobre las personas que debemos observar. El aire dará vida a las situaciones que deben cobrar vida. La noche oscurece aquello de lo que quiere protegernos. La lluvia lavará los ojos llorosos y el arcoíris nos dará esperanza. El vuelo de los pájaros nos hará pensar en alguien. Estas y muchas otras cosas sucederán, pero recuerda: nada es casualidad.»
miércoles, 25 de febrero de 2026
Quizá, entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento.
Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima, la
Arremangaba jugando al marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco.
Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de todos, pasándolo por en
medio de una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la
cara levantada, amenazándonos a todos con la mano y como diciendo: «Ya me las pagarán
caro».
Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si
fuera un aullido de coyote.
Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.
Dicen que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza que por poco lo deja en
parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.
Lo cierto es que no lo volvimos a ver, sino cuando apareció de vuelta por aquí convertido
en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en una banca con la carabina
entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a
nadie. Y si uno lo miraba, él se hacía el desentendido como si no conociera a la gente.
Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito, se le ocurrió ir a
darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando todavía estaban
tocando las campanas el toque de Animas. Entonces se oyeron los gritos, y la gente que
estaba en la iglesia* rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito
defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal: Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la
carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín donde se
estuvo tendido.
Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el
curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.
Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él.
No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el
árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.
Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.
«Acuérdate»
«El llano en llamas»
Juan Rulfo.
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