Yo he visto
al mar rugir y destrozarse contra la costa,
como un enamorado despechado,
herido, loco,
como una bestia desatada,
y lo he visto -a veces solo
unas horas después-
llegar en calma hasta la arena,
con una gran sonrisa de felicidad.
Pero esas tardes de otoño
en las que ni se nota su presencia,
qué cerca he estado de él.
KARMELO IRIBARREN
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