Ser selectivo no es frialdad, es conciencia. Es haber aprendido, a veces a golpes, que la soledad puede ser un refugio digno y no un castigo. Cuando sabes estar contigo, ya no eliges desde el vacío ni desde el miedo, eliges desde la calma de quien se basta y no necesita perderse en otro para sentirse completo.
Por eso, cuando alguien entra, no lo hace para llenar un hueco, sino para compartir un espacio que ya está habitado. El amor que nace así no exige, no aprieta, no se aferra; camina despacio y con respeto, porque sabe que quedarse es una decisión diaria, no una dependencia disfrazada de pasión.
Elegirte a ti mismo primero cambia la forma de amar. Hace que el “te elijo” tenga peso, verdad y responsabilidad. Porque cuando no necesitas, pero aun así decides quedarte, el vínculo deja de ser urgencia y se convierte en elección, y eso aunque silencioso es una de las formas más profundas de amor.
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