No necesito una mesa ni flores para recordarte.
Porque desde que te fuiste, llevo un altar encendido dentro de mí.
Ahí pongo tus risas, tus silencios y tus maneras.
Pongo tus regaños, tus historias repetidas, tus cosas pequeñas.
Pongo tu olor, que a veces vuelve en medio de la nada,
y me hace cerrar los ojos como quien reza sin palabras.
No me hace falta el copal,
porque el humo ya sale de mi pecho cada vez que te pienso.
Y no necesito velas,
porque tu recuerdo sigue alumbrando por dentro.
He aprendido que el alma también tiene su altar,
y que los muertos viven ahí:
en las esquinas del pensamiento,
en las grietas del corazón,
en los sueños que todavía se atreven a tocar la puerta.
A veces me descubro hablándote bajito,
como quien conversa con un Dios que no responde,
pero escucha.
Y me doy cuenta de que no estoy loco,
solo fiel.
Fiel a lo que fuimos,
a lo que todavía somos aunque no estés.
Dicen que uno debe dejar ir.
Y yo dejo ir, sí…
pero no olvido.
Porque olvidar sería apagar la última vela,
y no pienso quedarme a oscuras.
Tu nombre sigue ahí,
entre los pliegues de mis días,
respirando conmigo.
Y cada vez que me duele la vida,
voy y enciendo otra memoria tuya.
Una risa.
Una mirada.
Una palabra que aún me acompaña.
He comprendido que los altares no se hacen con flores,
sino con recuerdos.
Y que el alma es la única casa donde caben los que ya se fueron.
El viento entra por la ventana.
Mueve algo invisible.
Y siento, sin entender por qué,
que el altar también respira conmigo.
Hay recuerdos que no mueren porque aprendieron a rezar dentro de uno.
Un altar en mí alma,
Fernando D'Sandri
Del libro El viento tiene sus nombres
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