viernes, 17 de julio de 2015

Si nos remontamos atrás en el tiempo y observamos el camino recorrido por el hombre, si buscamos con detenimiento cuándo comenzó a dar sus primeros pasos como ser consciente, como ser capaz de verse y sentirse a sí mismo y vivir acorde a la realidad que lo rodeaba, si analizamos cuándo dejó a un lado sus proyecciones y renunció a buscar en las explicaciones mágicas, míticas, racionales, o incluso en las divinas, el esclarecimiento de su devenir en este mundo ilusorio, observaremos que fue muy pronto cuando constató que padecía de una extraña dolencia: también se sentía como un ser infeliz.

Sus actuaciones, su comportamiento cotidiano (para consigo y para con los otros) su manera de hablar, moverse, pensar y reflexionar, estuvieron marcados desde bien temprano por los denominados Tres Venenos (en sánscrito klesha) a saber, su capacidad para odiarapegarse y, en definitiva, dejarse llevar por su propia ignorancia.  Estos tres aspectos son connaturales a su existencia.

Fue un ser humano, Shidharta Gautama, nacido hace más de dos milenios en el norte de India (Kapilavastu) el que pondría nombre, método y solución a este padecer. Tras ejercer rigurosas prácticas de ascesis y saborear las distintas posibilidades que le ofrecían los religiosos de su época, encontró, sin embargo, un camino de conocimiento que trascendía y superaba lo hasta entonces experimentado.
Así, tras largas jornadas de meditación sentada y serena reflexión, alcanzó un estado al que podríamos considerar como “salud total”. Esta experiencia, liberadora del sufrimiento, la compartió inmediatamente con aquellos que se acercaron a sentirlo por sí mismos. Desde entonces, esta enseñanza se sigue transmitiendo de igual a igual, de ser a ser.

El Budha enseñó que los venenos son tres: la avidez, el odio y la ignorancia.

El apego se encuentra fundamentado en un sentido extremo de poseer algo; lo reconocemos como una identificación mental y emocional obsesiva hacia algo o alguien, un impulso ávido que niega absolutamente la idea de la impermanencia. Para la persona que desea y trata de perpetuar eternamente sus anhelos, todo aquello que impida este propósito se manifiesta mediante formas de enfrentamiento o evasión. Así, ante los impedimentos, el individuo actúa generalmente de manera impulsiva e irresponsable pues trata de obtener, sea como sea, y usando todos los medios a su alcance, cualquier ansia personal que satisfaga sus supuestas necesidades.
Por ello, para conseguir los objetos del deseo, el ser humano articula diversas artimañas y estrategias que, a lo peor, acaban generando daño y dolor en los otros.
Por otro lado, hemos de admitir que el “yo” tampoco acepta la realidad de la interdependencia y defiende a toda costa su autoimagen generada (apego) a través del rechazo del otro (odio). Esta es la ceguera de nuestra ignorancia.
El Budismo enseña, sin embargo, que existe una posibilidad de superar el apego basada en el dar por dar. Esta forma de ser y actuar también es connatural al hombre y se manifiesta cuando experimentamos conjuntamente la humildad y la compasión. Así, en el momento en el que somos capaces de ser verdaderamente útiles para los demás (y para nosotros mismos) a través de pensamientos, palabras y acciones favorables (karma) estamos propiciando la emergencia del antídoto de este primer veneno denominado deseo.

Según nuestra tradición, el segundo veneno es el odio, entendido como un rechazo visceral y emocional que sentimos contra algo o alguien, un impulso obsesivo que puede convertirse, incluso, en dañino, sea cual sea el aspecto que nos aparte de aquello que creemos nos hará felices.
El odio es un impulso ciego y arrollador que, en muchas ocasiones, genera una verdadera fuerza destructiva allá donde depositemos nuestro rechazo (véase, como ejemplo reciente, el último atentado de Madrid del 11M) La cólera, la ira, el insulto y demás actitudes emocionales radicales, relacionadas con el odio, son evidentemente posturas extremas que acaban generando conflicto y destrucción en nuestras relaciones.
¿Cómo debemos actuar, pues, ante hechos cargados de odio y resentimiento? De forma compulsiva no. No debemos fomentar más límites y fronteras. Como ya hemos visto anteriormente, la separatividad es un mecanismo de autodefensa del ego que se apega a sus propias identificaciones y rechaza, a través del odio, lo que ilusoriamente se plantea como fuera de él.

Todo esto es motivado por la permanente ceguera en la que nos hallamos, la ignorancia. Este es el tercer veneno. Bajo el velo de nuestro oscurantismo, entendido sencillamente como una falta de claridad a la hora de percibir, solemos actuar de forma confusa.
La mente es muy activa. Cuando elige estar separada, elige percibir. El mundo que vemos bajo la mirada de las percepciones es siempre manipulable, incluso dañino, pues la manera que tenemos de ver las cosas acaba oscureciendo la naturaleza real de las mismas ya que siempre las interpretamos, a nuestro gusto, en detrimento y daño de los otros.
Necesitamos corregir esta idea de sentirnos y creernos separados. El Budismo enseña que nuestra felicidad radica en la desidentificación con aquello que nos creemos ser. Cuando disolvemos la ilusión de la identidad en el yo, surge naturalmente la experiencia de la sincronicidad. La naturaleza dualística del pensamiento es la raíz de nuestro sufrimientoEsta experiencia de desidentificación es la esencia de toda sanación.
Por lo tanto, es la mente cegada por la ignorancia la que traza fronteras y límites ilusorios que generan dolor y sufrimiento innecesario. La práctica del Budismo Zen tiene como fin transformar estos tres venenos en sus antídotos correspondientes. De esta forma, a través de la práctica perseverante y del desarrollo adecuado de la atención consciente, va surgiendo la SABIDURÍA(entendida como disolución de la ignorancia), la ECUANIMIDAD (esto es, la serenidad mental y emocional que permite la disolución de los apegos) y la COMPASIÓN (o disolución de la cólera y  el odio)
Saber es tener certeza pues el conocimiento no está sujeto a interpretaciones; es un hecho experiencial idéntico y generalizado para todos. Más allá de la percepción no hay juicios. Juzgar esto o lo otro, de esta o de aquella otra manera, es un mecanismo del sujeto (subjetivo) Los juicios siempre entrañan rechazo. Juzgar implica que abrigas la creencia de que la realidad está a tu disposición.
Cada uno debe identificar su propio conflicto interno, sus mecanismos de manipulación y acceder a una actitud contemplativa de no violencia, un estado desde el cual se perm
ita tener una visión íntegra, armónica y global del todo.

Es la práctica de la paciencia la que evita toda agresión. Éste es el principio de la No Violencia. En estos momentos de dolor compartido, pongamos algo de paz en nuestras mentes y abriguemos con tranquilidad, al amparo luminoso de la conciencia, los antídotos de los Tres Venenos.

Que así sea, por el bien de todos los seres."

Texto de Denko Mesa, monje budista zen.

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