domingo, 21 de junio de 2026

“Había contraído contigo compromisos imprudentes y la vida se encargó de protestar: te pido perdón, lo más humildemente posible, no por dejarte, sino por haberme quedado tanto tiempo”.

"Alexis o el Tratado del Inútil Combate", 
Marguerite Yourcenar 

«Ver un mundo en un grano de arena y un paraíso en una flor silvestre».

William Blake
Ya estaba allí ella, la mujer, llenando su desnuda y pequeña casa con su presencia.

Doris Lessing,
Una mujer en la azotea
Mátenme al alba. Con cuchillos [ilegible] y con cuchillas oxidadas. Estaré en cuclillas esperando. Salva tu amor. No lo salves. Desafección y mierda violenta que aprendió a expresarse en nuestros días mediante fórmulas atroces como «hacer el amor» y «asumir la responsabilidad» y «negar el pasado» y «el hombre es lo que se hace». No hay más que la memoria, maravilla sin igual, horror sin semejanza. Hace mucho que me entregué a las sombras. Y no me contenta mi destino sombrío, mi destino asombrado. Me han asolado, me han agostado. Libérame de ti pues te amo y no estás. No me hables. No te apostes en mis rincones preferidos. Estás aquí. Me deliras. Me cortas las cintas de colores que me aliaban a las niñas que fui. Me abandonas loca furiosa, comiendo sombras furiosamente, girando convulsa con las manos espantadas,
revolcándome en tu huida hasta los atroces orgasmos y gritos de bestia asesinada. Pero te amo. A ti te asumo, ante ti sin pasado ni relojes ni sonidos. Sucia y susurrante, leve, ingrávida, llena de sangre y de sustancias sexuales, húmeda, mojada, reventando de calor, de sangre que pide. Me dañas la columna vertebral, tantos días despeñada sobre tu cuerpo imaginado. Me dañas la cabeza que di contra las paredes porque no sabía qué hacer salvo esto: que debía golpearme y castigarme ya que tú no venías. Con tu sonrisa de paraíso exactamente situado en el tiempo y en el espacio. Con tus ojos que sonríen antes que tus labios. En tus ojos encuentro mi persona súbitamente reconstruida. En tus ojos se acumulan mis fragmentos que se unen apenas me miras. En tus ojos vivo una vida de aire puro, de respiración fiel. En tus ojos no necesito del conocimiento, no necesito del lenguaje. En tus ojos me siento y sonrío y hay una niña azul en el jardín de un castillo. Ahora que no estás me atrae la caída, la mierda, lo abyecto, lo denigrante. Salgo a la calle y siento la suciedad, la ruina. Entro en los bares más siniestros y tomo un vino como sangre coagulada, como menstruación, y me rodean brujas negras, perros sarnosos, viejos mutilados y jóvenes putos de ambos sexos. Yo bebo y me miro en el espejo lleno de mierda de moscas. Después no me veo más. Después hablo en no sé cuál idioma. Hablo con estos desechos que no me echan, ellos me aceptan, me incorporan, me reconocen. Recito poemas. Discuto cuestiones inverosímiles. Acaricio a los perros y me chupo las manos. Sonrío a los mutilados. Me dejo tocar, palpar, manos en mi cuerpo adolescente que tanto te gustaba por ser ceñido y firme y suave. («La lisura de tu vientre, tus caderas de efebo solar, tu cintura hecha a la medida de mis manos cerrándose, tus pechos de niña salvaje que los deja desnudos aun cuando llueve, tu sexo y tus gritos rítmicos, que deshacían la ciudad y me llevaban a una selva musical en donde todo confabulaba para que los cuerpos se reconozcan y se amen con sonidos de leves tambores incesantes. Esas noches en que hacíamos el amor debajo de las grandes palabras que perdían su sentido, porque no había más que nuestros cuerpos
rítmicos y esenciales… Y ahora llueve y tengo náuseas y vomito casi todo el día y siempre que hay un olor espantoso en la calle, un olor a paquete olvidado, a muerto olvidado. Y tengo miedo. Eso quería decir: que no estás y tengo miedo.

Alejandra Pizarnik, 
Diarios
...

Igual, por la razón que sea- 
quizá porque el invierno es largo 
y el cielo tan azul oscuro

o quizá porque el corazón se encoge 
tan seguido como se expande- 
agradezco

que el pájaro rojo llegue en invierno encendiendo el paisaje
como ningún otro.

El pájaro rojo,
Mary Oliver

Versión de Natalia Leiderman/Patricio Foglia
Ilustración Inge Schuster

Capilla del Monte, Córdoba

Capilla del Monte, Córdoba

martes, 16 de junio de 2026

Ray Bradbury nunca imaginó que el mayor peligro para los libros no vendría de las llamas, sino de la comodidad.

Cuando en 1953 publicó Fahrenheit 451, el mundo occidental salía apenas de una guerra donde los totalitarismos habían quemado bibliotecas en serio. El nazismo había convertido la hoguera literaria en ritual político; la Unión Soviética había perfeccionado el arte de hacer desaparecer ideas sin necesidad de fogatas visibles. Bradbury tomó ese horror y lo proyectó hacia adelante, construyendo una sociedad donde los libros no eran destruidos por orden de tiranos furiosos, sino por indiferencia colectiva administrada. Los bomberos de su novela no apagaban fuegos: los encendían. Y el pueblo los dejaba hacer.

Lo que Bradbury vio con claridad perturbadora no fue el totalitarismo de la violencia, sino el totalitarismo del entretenimiento.

En su distopía, los libros desaparecen porque la gente prefiere las "paredes de televisión" — pantallas inmersivas que llenan cada habitación con ruido, velocidad y estímulo permanente. Nadie necesita prohibir a Dostoievski si Dostoievski simplemente aburre. Nadie tiene que quemar a Virginia Woolf si nadie la abre. El fuego en Fahrenheit 451 es, en el fondo, un símbolo redundante: la obra ya estaba destruida antes de arder.

Setenta años después, vivimos dentro de esa metáfora con una fidelidad que incomoda.

Los libros hoy no se queman: se digitalizan. Y esa aparente victoria de la cultura es, paradójicamente, donde la profecía de Bradbury se vuelve más inquietante. Un libro en papel es casi indestructible en lo que respecta al control: requiere camiones, guardias, hogueras públicas. Un libro digital, en cambio, puede ser eliminado de millones de dispositivos con un solo comando de servidor. Amazon lo demostró en 2009 de manera involuntariamente irónica: borró remotamente copias de 1984 de George Orwell de los Kindle de sus clientes, sin previo aviso, por un conflicto de derechos. El libro más famoso sobre el control del pensamiento desapareció en segundos de miles de pantallas, mientras sus dueños dormían.

Bradbury habría reconocido el gesto.

La digitalización masiva del conocimiento concentra el árbol del saber en muy pocas manos. Google Books escaneó más de 25 millones de volúmenes, según datos citados ampliamente en análisis bibliométricos; Amazon controla más del 80% del mercado del libro digital en varios países de habla inglesa. Cuando una plataforma cae, cuando un estándar de formato queda obsoleto, cuando una empresa cambia sus términos de servicio, lo que desaparece no es papel: es acceso. Y el acceso al conocimiento es, en términos prácticos, el conocimiento mismo.

El fuego de Bradbury era visible. Esta quema es silenciosa.
Hay algo más que la novela anticipó con precisión quirúrgica: la velocidad como enemiga del pensamiento. Montag, el bombero protagonista, vive en un mundo donde nadie tiene tiempo de leer porque la vida transcurre demasiado rápido, demasiado estimulada, demasiado llena de fragmentos. ¿Cuántos libros digitales comprados no se terminarán nunca? ¿Cuántas bibliotecas de Kindle dormirán intactas mientras el lector desliza el feed?

El peligro no es que alguien queme los libros. El peligro es que dejemos de necesitarlos.

Bradbury no era un ludita ni un nostálgico del papel por romanticismo. Era un hombre que entendió que la memoria de la humanidad es frágil, que las ideas requieren cuerpos físicos para sobrevivir, y que cada civilización que ha perdido su biblioteca ha tardado siglos en recuperar lo que ardió. La Biblioteca de Alejandría no desapareció en un solo incendio: murió por décadas de negligencia institucional, financiamiento reducido, y una cultura que fue mirando hacia otro lado.

Hoy miramos hacia las pantallas.

Fahrenheit 451 no era una advertencia sobre el fascismo. Era una advertencia sobre nosotros mismos, sobre nuestra disposición perfectamente humana a entregar la complejidad a cambio de comodidad. El totalitarismo que Bradbury temía no necesitaba uniforme: le bastaba con una pantalla brillante y una conexión wifi.

El fuego ya está encendido. Solo que ahora no se ve.

LETRAMUNDI