viernes, 26 de junio de 2026

46 cartas estoicas, Lucio Vega
Orwell y Huxley imaginaron dos formas muy distintas de perder la libertad.

Orwell pensó en un poder que te vigila, te castiga y te obliga a callar. Un mundo donde pensar por uno mismo se convierte en un delito y donde la verdad puede modificarse hasta que ya no sepamos distinguirla de la mentira.

Huxley imaginó algo quizá más difícil de detectar. No sería necesario prohibir los libros si conseguimos que nadie quiera leerlos. Tampoco haría falta ocultar la verdad si vivimos demasiado distraídos para buscarla.

Uno temía que el poder nos obligara a obedecer.

El otro, que termináramos obedeciendo porque ya no nos interesara hacer otra cosa.

Y quizá lo más inquietante es que ambas formas de control pueden convivir. Podemos ser vigilados y, al mismo tiempo, estar tan entretenidos que apenas prestemos atención.

La pregunta ya no es solo cuál de los dos acertó.

La pregunta es cuál de los dos mundos se parece más al nuestro.

Arroyo turquesa, Barreal, San Juan

Arroyo turquesa, Barreal, San Juan

domingo, 21 de junio de 2026

“Había contraído contigo compromisos imprudentes y la vida se encargó de protestar: te pido perdón, lo más humildemente posible, no por dejarte, sino por haberme quedado tanto tiempo”.

"Alexis o el Tratado del Inútil Combate", 
Marguerite Yourcenar 

«Ver un mundo en un grano de arena y un paraíso en una flor silvestre».

William Blake
Ya estaba allí ella, la mujer, llenando su desnuda y pequeña casa con su presencia.

Doris Lessing,
Una mujer en la azotea
Mátenme al alba. Con cuchillos [ilegible] y con cuchillas oxidadas. Estaré en cuclillas esperando. Salva tu amor. No lo salves. Desafección y mierda violenta que aprendió a expresarse en nuestros días mediante fórmulas atroces como «hacer el amor» y «asumir la responsabilidad» y «negar el pasado» y «el hombre es lo que se hace». No hay más que la memoria, maravilla sin igual, horror sin semejanza. Hace mucho que me entregué a las sombras. Y no me contenta mi destino sombrío, mi destino asombrado. Me han asolado, me han agostado. Libérame de ti pues te amo y no estás. No me hables. No te apostes en mis rincones preferidos. Estás aquí. Me deliras. Me cortas las cintas de colores que me aliaban a las niñas que fui. Me abandonas loca furiosa, comiendo sombras furiosamente, girando convulsa con las manos espantadas,
revolcándome en tu huida hasta los atroces orgasmos y gritos de bestia asesinada. Pero te amo. A ti te asumo, ante ti sin pasado ni relojes ni sonidos. Sucia y susurrante, leve, ingrávida, llena de sangre y de sustancias sexuales, húmeda, mojada, reventando de calor, de sangre que pide. Me dañas la columna vertebral, tantos días despeñada sobre tu cuerpo imaginado. Me dañas la cabeza que di contra las paredes porque no sabía qué hacer salvo esto: que debía golpearme y castigarme ya que tú no venías. Con tu sonrisa de paraíso exactamente situado en el tiempo y en el espacio. Con tus ojos que sonríen antes que tus labios. En tus ojos encuentro mi persona súbitamente reconstruida. En tus ojos se acumulan mis fragmentos que se unen apenas me miras. En tus ojos vivo una vida de aire puro, de respiración fiel. En tus ojos no necesito del conocimiento, no necesito del lenguaje. En tus ojos me siento y sonrío y hay una niña azul en el jardín de un castillo. Ahora que no estás me atrae la caída, la mierda, lo abyecto, lo denigrante. Salgo a la calle y siento la suciedad, la ruina. Entro en los bares más siniestros y tomo un vino como sangre coagulada, como menstruación, y me rodean brujas negras, perros sarnosos, viejos mutilados y jóvenes putos de ambos sexos. Yo bebo y me miro en el espejo lleno de mierda de moscas. Después no me veo más. Después hablo en no sé cuál idioma. Hablo con estos desechos que no me echan, ellos me aceptan, me incorporan, me reconocen. Recito poemas. Discuto cuestiones inverosímiles. Acaricio a los perros y me chupo las manos. Sonrío a los mutilados. Me dejo tocar, palpar, manos en mi cuerpo adolescente que tanto te gustaba por ser ceñido y firme y suave. («La lisura de tu vientre, tus caderas de efebo solar, tu cintura hecha a la medida de mis manos cerrándose, tus pechos de niña salvaje que los deja desnudos aun cuando llueve, tu sexo y tus gritos rítmicos, que deshacían la ciudad y me llevaban a una selva musical en donde todo confabulaba para que los cuerpos se reconozcan y se amen con sonidos de leves tambores incesantes. Esas noches en que hacíamos el amor debajo de las grandes palabras que perdían su sentido, porque no había más que nuestros cuerpos
rítmicos y esenciales… Y ahora llueve y tengo náuseas y vomito casi todo el día y siempre que hay un olor espantoso en la calle, un olor a paquete olvidado, a muerto olvidado. Y tengo miedo. Eso quería decir: que no estás y tengo miedo.

Alejandra Pizarnik, 
Diarios
...

Igual, por la razón que sea- 
quizá porque el invierno es largo 
y el cielo tan azul oscuro

o quizá porque el corazón se encoge 
tan seguido como se expande- 
agradezco

que el pájaro rojo llegue en invierno encendiendo el paisaje
como ningún otro.

El pájaro rojo,
Mary Oliver

Versión de Natalia Leiderman/Patricio Foglia
Ilustración Inge Schuster

Capilla del Monte, Córdoba

Capilla del Monte, Córdoba