martes, 16 de junio de 2026

Ray Bradbury nunca imaginó que el mayor peligro para los libros no vendría de las llamas, sino de la comodidad.

Cuando en 1953 publicó Fahrenheit 451, el mundo occidental salía apenas de una guerra donde los totalitarismos habían quemado bibliotecas en serio. El nazismo había convertido la hoguera literaria en ritual político; la Unión Soviética había perfeccionado el arte de hacer desaparecer ideas sin necesidad de fogatas visibles. Bradbury tomó ese horror y lo proyectó hacia adelante, construyendo una sociedad donde los libros no eran destruidos por orden de tiranos furiosos, sino por indiferencia colectiva administrada. Los bomberos de su novela no apagaban fuegos: los encendían. Y el pueblo los dejaba hacer.

Lo que Bradbury vio con claridad perturbadora no fue el totalitarismo de la violencia, sino el totalitarismo del entretenimiento.

En su distopía, los libros desaparecen porque la gente prefiere las "paredes de televisión" — pantallas inmersivas que llenan cada habitación con ruido, velocidad y estímulo permanente. Nadie necesita prohibir a Dostoievski si Dostoievski simplemente aburre. Nadie tiene que quemar a Virginia Woolf si nadie la abre. El fuego en Fahrenheit 451 es, en el fondo, un símbolo redundante: la obra ya estaba destruida antes de arder.

Setenta años después, vivimos dentro de esa metáfora con una fidelidad que incomoda.

Los libros hoy no se queman: se digitalizan. Y esa aparente victoria de la cultura es, paradójicamente, donde la profecía de Bradbury se vuelve más inquietante. Un libro en papel es casi indestructible en lo que respecta al control: requiere camiones, guardias, hogueras públicas. Un libro digital, en cambio, puede ser eliminado de millones de dispositivos con un solo comando de servidor. Amazon lo demostró en 2009 de manera involuntariamente irónica: borró remotamente copias de 1984 de George Orwell de los Kindle de sus clientes, sin previo aviso, por un conflicto de derechos. El libro más famoso sobre el control del pensamiento desapareció en segundos de miles de pantallas, mientras sus dueños dormían.

Bradbury habría reconocido el gesto.

La digitalización masiva del conocimiento concentra el árbol del saber en muy pocas manos. Google Books escaneó más de 25 millones de volúmenes, según datos citados ampliamente en análisis bibliométricos; Amazon controla más del 80% del mercado del libro digital en varios países de habla inglesa. Cuando una plataforma cae, cuando un estándar de formato queda obsoleto, cuando una empresa cambia sus términos de servicio, lo que desaparece no es papel: es acceso. Y el acceso al conocimiento es, en términos prácticos, el conocimiento mismo.

El fuego de Bradbury era visible. Esta quema es silenciosa.
Hay algo más que la novela anticipó con precisión quirúrgica: la velocidad como enemiga del pensamiento. Montag, el bombero protagonista, vive en un mundo donde nadie tiene tiempo de leer porque la vida transcurre demasiado rápido, demasiado estimulada, demasiado llena de fragmentos. ¿Cuántos libros digitales comprados no se terminarán nunca? ¿Cuántas bibliotecas de Kindle dormirán intactas mientras el lector desliza el feed?

El peligro no es que alguien queme los libros. El peligro es que dejemos de necesitarlos.

Bradbury no era un ludita ni un nostálgico del papel por romanticismo. Era un hombre que entendió que la memoria de la humanidad es frágil, que las ideas requieren cuerpos físicos para sobrevivir, y que cada civilización que ha perdido su biblioteca ha tardado siglos en recuperar lo que ardió. La Biblioteca de Alejandría no desapareció en un solo incendio: murió por décadas de negligencia institucional, financiamiento reducido, y una cultura que fue mirando hacia otro lado.

Hoy miramos hacia las pantallas.

Fahrenheit 451 no era una advertencia sobre el fascismo. Era una advertencia sobre nosotros mismos, sobre nuestra disposición perfectamente humana a entregar la complejidad a cambio de comodidad. El totalitarismo que Bradbury temía no necesitaba uniforme: le bastaba con una pantalla brillante y una conexión wifi.

El fuego ya está encendido. Solo que ahora no se ve.

LETRAMUNDI

lunes, 15 de junio de 2026

GINEBRA. SUIZA

 Cuarenta rosas amarillas para Jorge Luis Borges, una por cada año de eternidad.

 Con una emotiva ofrenda simbólica se rindió homenaje este domingo al escritor argentino en el cementerio de Plainpalais, en Ginebra, a cuarenta años exactos de su muerte.

 El color elegido no fue casual: las rosas amarillas ocupan un lugar privilegiado en el imaginario borgeano y remiten a uno de los símbolos más persistentes de su obra. 

 En su universo literario, la rosa amarilla representa el misterio del lenguaje y la revelación poética. 

 Está en el título de su cuento “Una rosa amarilla” (de El hacedor, 1960) y en la frase :

 “Te ofrezco la memoria de una rosa amarilla vista al crepúsculo, años antes de tu nacimiento”, de “Two English Poems” (El otro, el mismo, de 1964). 

 Pero, además, Borges dijo varias veces que el amarillo era el color de su ceguera, ya que, al perder la vista, fue el único color que lo acompañó .
 
 Organizado por la asociación Los conjurados, fundada por el argentino Marcos Liyo, que impulsó las jornadas de homenaje a Borges y ofrece tours borgeanos por la ciudad, el acto se realizó para unos pocos privilegiados que pudieron ingresar gracias a un permiso especial: el cementerio cerró sus puertas este fin de semana debido al fuerte operativo de seguridad por la masiva concentración contra el G7 que dejó la ciudad suiza vacía y repleta de policías en una escena inusual para Ginebra.
 
 Alberto Manguel leyó en francés el poema "El remordimiento", de Borges
 
 Con la presencia del escritor Alberto Manguel, que viajó desde Portugal; la especialista argentina residente en Francia Annick Louis; Raúl Tola, Director de la Cátedra Vargas Llosa; Roberto Alifano, secretario de Borges; y el escritor y coleccionista Alejandro Vaccaro, entre otros pocos invitados, el acto fue breve y sencillo, al estilo de Borges.
 
 Al lado de la tumba número 735, donde descansan sus restos desde el 18 de junio de 1986, Liyo anunció que se leerían poemas “de Borges y para Borges”.

 Alifano, con su inseparable bastón heredado de su gran amigo, abrió el juego con un haiku dedicado al poeta; Annick Louis recitó en francés el borgeano “Ewigkeit”; Raúl Tola leyó “Cuarenta silencios”, de Alejandro Roemmers, una reversión de su poema “Veinte silencios”; en tanto, Vaccaro y Manguel compartieron los versos de “El remordimiento”, uno en castellano y el otro en francés.

 Roberto Alifano, histórico secretario de Borges, dedicó un haiku a su amigo
Roberto Alifano, histórico secretario de Borges, dedicó un haiku a su amigo

 A continuación, los asistentes fueron invitados a arrojar una rosa amarilla sobre la tumba más visitada del cementerio de Plainpalai o de los Reyes, en la que se veían algunos lápices y lapiceras a modo de ofrendas. 

 Había solo dos coronas florales: una de la Embajada argentina en Suiza y otra de la ciudad de Ginebra, donde vivió entre 1914 y 1918 y donde murió el 14 de junio de 1986.
 
 Una tumba, un enigma literario.
 
 Como ocurre con tantos aspectos de la obra de Borges, su tumba es también una obra con símbolos a descifrar. 

 La lápida fue diseñada por María Kodama siuiendo referencias literarias, históricas y mitológicas que reflejan algunas de las grandes pasiones del escritor. 

 Se colocó en octubre de 1987, un año y meses después de su muerte. 

 Es de piedra tallada y tiene dos caras: en el frente hay una imagen con siete guerreros en relieve que sostienen sus escudos y espadas en alto, en plena batalla. 

 Las armas están rotas o caídas, símbolo de una derrota. 

 Debajo puede leerse una frase en inglés antiguo:

 “And ne forhtedon na”, que puede traducirse como 

 “Y que no temieran”.
  
 La expresión, que remite a la épica anglosajona que Borges estudió durante décadas, pertenece a “La batalla de Maldon”, un poema épico anglosajón del siglo X que narra la resistencia de un grupo de guerreros frente a la invasión vikinga. 

 La escena representa a guerreros que avanzan “sin temer” hacia una muerte segura: el coraje ante el destino inevitable.
 
 El reverso de la lápida ofrece otro enigma. 

 Allí figura una nave vikinga, símbolo del viaje hacia la eternidad, acompañada por una inscripción en nórdico antiguo tomada de la :

 “Saga de los volsungos”.

  La frase fue citada por Borges en su célebre cuento “Ulrica” y alude a la espada Gram, uno de los objetos legendarios de la tradición escandinava.

 Abajo hay una frase que parece una dedicatoria de Kodama: “De Ulrica a Javier Otárola”, protagonistas de su cuento de amor “Ulrica”.
 
 Como señaló Liyo durante la caminata borgeana por Ginebra realizada este sábado, investigadores como Martín Hadis han señalado que estos símbolos condensan varias de las obsesiones intelectuales del escritor: el coraje, las lenguas antiguas, la memoria de los héroes, los laberintos del tiempo y la idea de una literatura universal capaz de unir Buenos Aires con Islandia y las sagas nórdicas con los compadritos porteños. 

 En la base de la lápida se inscribieron los años de su nacimiento y fallecimiento: 1899-1986, acompañados por una pequeña cruz de estilo celta.
 
 Un autor universal y un lector fervoroso
Después del acto en el cementerio, la comitiva se trasladó a la maison Rousseau, sobre la Grand Rue, en la zona antigua, donde este sábado Borges había interactuado con los asistentes durante la primera jornada de homenaje. 

 La tarde comenzó con un concierto del grupo “Y su orquesta Quartette”, en el que sonaron tangos y milongas que Borges concibió junto a Astor Piazzolla y Edmundo Rivero.

 Luego, la ensayista Annick Louis dictó en francés la conferencia 

 “Borges universal”, donde repasó con imágenes el impactó del autor en el mundo, sus apariciones en los medios de comunicación argentinos e internacionales, su relación con la política y algunas de las polémicas alrededor de sus declaraciones públicas, especialmente en su país.

 El cierre estuvo a cargo de Manguel, con la charla “Borges, un destino literario”, también en francés con algunas intervenciones en castellano, moderada por el escritor colombiano Camilo Bogoya. 

 Manguel abordó la dimensión del “Borges Lector”, recordando aquella máxima borgeana de que uno es por lo que lee y no por lo que escribe.

Cuarenta rosas amarillas para Georgie

 Cuarenta años después de su muerte, el laberinto de Borges sigue abriendo senderos universales. 

 Este domingo, entre poemas pronunciados en dos idiomas y cuarenta rosas amarillas depositadas sobre la piedra, el homenaje en Ginebra confirmó que algunos grandes escritores ingresan en la eternidad que imaginaron en sus relatos y poemas.

Publicado por 
 Luis Sarcone

Cajón del Covunco, Varvarco, Neuquén

Cajón del Covunco, Varvarco, Neuquén
15 de Junio, «DÍA  NACIONAL  DEL  LIBRO» 📖

En la República Argentina🇦🇷

En Argentina, el 15 de Junio es el  «Día Nacional del Libro». Esta celebración comenzó en el país,  el 15 de Junio de 1908 como "Fiesta del Libro". Se recuerda el día en que  se entregaron los premios de un concurso literario organizado por el Consejo Nacional de Mujeres. En 1924, el Decreto Nº 1038 del Gobierno Nacional declaró como oficial la "Fiesta del Libro". El 11 de Junio de 1941, una resolución Ministerial propuso llamar a la conmemoración "Día del Libro" para la misma fecha, expresión que se mantiene actualmente.

Los libros como rica fuente de sabiduría

Los libros son fuente inagotable de sabiduría, que ayudan al hombre a transformar su mundo interior y exterior. Los libros son herramientas para la apertura hacia nuevos conocimientos y valiosos recursos que ayudan en el desarrollo de la creatividad y de las capacidades cognitivas de los niños.
Por otro lado, una buena lectura, puede llegar a transformarse en una excelente terapia para nuestra salud y es un método para forjar la imaginación tanto de los niños como los adultos, además de ser un instrumento universal para forjar valores entre los más jóvenes.
Un buen libro puede servir como una llave para expandir la diversidad cultural entre los distintos pueblos del mundo.
Históricamente, algunos de los libros más leídos en Argentina han sido clásicos de la literatura argentina como "El Aleph" y "Ficciones" de Jorge Luis Borges, "El Martín Fierro" de José Hernández, "Rayuela" de Julio Cortázar y "El túnel" de Ernesto Sábato, junto con obras de autores internacionales como Gabriel García Márquez y Antoine de Saint-Exupéry. 

Café Mundial, Mendoza

Café Mundial, Mendoza

domingo, 14 de junio de 2026

«En la vida de hoy el mundo solo pertenece a los estúpidos, los insensibles y los agitados. El derecho a vivir y al triunfo ahora se gana con casi los mismos requisitos con los que te pueden hospitalizar en un manicomio: la incapacidad de pensar, la moralidad y la hiperexcitación».

Fernando Pessoa, "El Libro de la Inquietud", ayer fue su aniversario.
Recordando a Jorge Luis Borges 🖋️

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Los justos,
Jorge Luis Borges 

Ilustración John Montgomery
Delta de Tigre, Buenos Aires ❤️
𝐀𝐮𝐭𝐨𝐩𝐬𝐢𝐜𝐨𝐠𝐫𝐚𝐟𝐢́𝐚
Fernando Pessoa

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que de veras siente.

Y quienes leen lo que escribe,
Sienten, en el dolor leído,
No los dos que el poeta vive
Sino aquél que no han tenido.

Y así va por su camino,
Distrayendo a la razón,
Ese tren sin real destino
Que se llama corazón.
La Madelaine (1892), Ramón Casas 

El tugurio Moulin de la Galette en Montmartre era un segundo hogar para el pintor Ramón Casas cuando este estaba en París.

El típico local bohemio en el que la gente (mayoritariamente artistas) se emborrachaba, bailaba y, a ser posible, conocía gente para pasar la noche.

Madeleine Boisguillaime era una de las clientes asiduas del local, una lavandera que probablemente iba a tomar algo tras una dura jornada de trabajo.

En esa época, una mujer sola en un bar, fumando un puro y bebiendo no estaba muy bien visto, pero Casas, lejos de juzgarla, la convierte en el tema de su cuadro y la pinta de forma muy realista y evocadora… despeinada, cansada y con una mirada que transmite de todo.

El pintor aprovecha también para reflejar el ambiente del local en el espejo con una técnica impresionista, transmitiendo muy bien la atmósfera.
Dijo una vez Haruki Murakami: «Sin embargo, la mayoría de las personas de este mundo no parece sentir ese temor. Hablan de sí mismas con total naturalidad, sin el menor pudor. Se muestran tal como son, sin esconder nada, y a veces incluso exageran sus virtudes. He visto innumerables veces cómo personas “sensibles” herían sin más los sentimientos de los demás con sus palabras, y cómo personas “honestas” aplastaban a los demás sin piedad. Todo ello me lleva a pensar: “¿Qué sabemos, en realidad, de nosotros mismos?”»

Y en esas palabras hay una verdad incómoda: muchas veces creemos conocernos porque conocemos la imagen que tenemos de nosotros mismos, no lo que realmente provocamos en los demás. Nos llamamos sinceros cuando quizá solo somos crueles; sensibles cuando tal vez solo queremos ser comprendidos nosotros.

Murakami habla de esa distancia entre lo que creemos ser y lo que realmente mostramos cuando nadie nos corrige. Porque el ser humano no siempre se ve con claridad: se justifica, se maquilla, se cuenta historias para poder convivir consigo mismo.

Quizá conocerse no es tener una definición de quién eres… sino atreverse a mirar también aquello que no te gusta ver.
"El libro de arena", cuento de Jorge Luis Borges.
          La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es este, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.

–Vendo biblias –me dijo.

No sin pedantería le contesté:

–En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.

Al cabo de un silencio me contestó:

–No solo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.

Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.

–Será del siglo diecinueve –observé.

–No sé. No lo he sabido nunca –fue la respuesta.

Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.

Fue entonces que el desconocido me dijo:

–Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.

Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:

–Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?

–No –me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:

–Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.

Me pidió que buscara la primera hoja.

Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

–Ahora busque el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

–Esto no puede ser.

Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:

–No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.

Después, como si pensara en voz alta:

–Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:

–¿Usted es religioso, sin duda?

–Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.

Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.

–Y de Robbie Burns –corrigió.

Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:

–¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?

–No. Se lo ofrezco a usted –me replicó, y fijó una suma elevada.

Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.

–Le propongo un canje –le dije–. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.

–A black letter Wiclif –murmuró.

Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.

–Trato hecho –me dijo.

Me asombró que no regateara. Solo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.

Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.

Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las mil y una noches.

Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra.
Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.

Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.

Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.