martes, 25 de agosto de 2026

🇦🇷 24 DE AGOSTO DE 1816: NACIÓ MERCEDITAS SAN MARTÍN — LA HIJA DEL LIBERTADOR QUE FUE ARTISTA, COMPAÑERA DE SU PADRE Y DEJÓ SU PROPIA HUELLA EN LA HISTORIA ARGENTINA —

El 24 de agosto de 1816, mientras Mendoza era el corazón político y militar desde donde José de San Martín preparaba la gigantesca empresa del Cruce de los Andes, nació en aquella ciudad Mercedes Tomasa de San Martín y Escalada, la única hija del Libertador y de María de los Remedios de Escalada. Su nacimiento ocurrió en la vivienda que ocupaba la familia en la actual calle Corrientes 343, desaparecida durante el terremoto de 1861. Apenas una semana después, el 31 de agosto, Merceditas fue bautizada en la antigua Iglesia Matriz de Mendoza; sus padrinos fueron José Antonio Álvarez Condarco, uno de los hombres de confianza de San Martín, y Josefa Álvarez. Su infancia quedó inevitablemente atravesada por la epopeya emancipadora. Mientras su padre conducía campañas decisivas en Chile y Perú, Mercedes permaneció junto a su madre y sus abuelos maternos. Remedios murió en Buenos Aires en 1823 y, pocos meses después, San Martín tomó una decisión que cambiaría para siempre la vida de ambos: el 10 de febrero de 1824 padre e hija zarparon hacia Europa a bordo del navío francés Le Bayonnais. Mercedes tenía siete años. Tras pasar por Inglaterra y establecerse posteriormente en Bruselas, el Libertador se ocupó de manera directa de su educación. Allí, en 1825, escribió las célebres Máximas para su hija, doce principios destinados a formar su carácter alrededor de valores como la verdad, la solidaridad, el respeto, la austeridad, la tolerancia religiosa y el amor a la Patria. A fines de 1830 se trasladaron a Francia y en 1832 ambos fueron alcanzados por la epidemia de cólera que azotaba la región parisina. Durante la enfermedad recibieron los cuidados de Mariano Severo Balcarce, médico y diplomático argentino, hijo del general Antonio González Balcarce. Mercedes y Mariano contrajeron matrimonio el 13 de diciembre de 1832. Tuvieron dos hijas: María Mercedes, nacida en Buenos Aires en 1833, y Josefa Dominga, nacida en Grand Bourg, Francia, en 1836. Pero Merceditas fue mucho más que “la hija de San Martín”. Su faceta artística permanece injustamente eclipsada por el gigantesco apellido que llevaba. La historiografía del arte argentino la incluye entre las primeras mujeres que desarrollaron una actividad pictórica en el país, y existen testimonios concretos de su producción. El Museo Histórico Nacional conserva un retrato al óleo del general San Martín realizado por Mercedes en 1856, inspirado en la imagen de su padre anciano; también se conocen trabajos vinculados a Simón Bolívar y otras obras que decoraban su residencia familiar. Su vínculo con Mendoza tampoco desapareció con la distancia. Cuando el devastador terremoto del 20 de marzo de 1861 destruyó gran parte de la ciudad que la había visto nacer, Mercedes participó activamente en Europa en la recaudación de fondos destinados a ayudar a las víctimas mendocinas.  Acompañó a su padre hasta sus últimos años y estuvo a su lado durante la etapa final de su vida en Boulogne-sur-Mer, donde San Martín murió el 17 de agosto de 1850. Más tarde, Mercedes y su familia se radicaron en Brunoy, cerca de París. Allí murió el 28 de febrero de 1875, a los 58 años. Sus restos fueron trasladados a la Argentina en 1951 y hoy descansan en la Basílica de San Francisco de la Ciudad de Mendoza, junto a los de su esposo Mariano Balcarce y su hija María Mercedes. Los restos del Libertador, en cambio, reposan en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires. Y todavía existe un último lazo simbólico entre aquella niña nacida en Mendoza y el presente: el 24 de agosto fue establecido oficialmente en la provincia como Día del Padre, justamente en memoria de la fecha en que José de San Martín se convirtió en padre de Merceditas. Así, detrás del apellido más monumental de nuestra historia aparece también una mujer culta, artista, esposa, madre, hija inseparable y mendocina de nacimiento que construyó una trayectoria propia a ambos lados del Atlántico. 🇦🇷🏔️ 
Dos mujeres y un mismo sueño: las santafesinas que acompañaron a Belgrano
Por Roberto Arnaiz

La historia suele recordar a quienes levantaron la espada. Mucho menos a quienes entregaron su fortuna, su trabajo o sus manos para que aquella espada pudiera defender una causa.

Sin embargo, las revoluciones no se sostienen únicamente con generales y soldados. También necesitan personas dispuestas a arriesgar lo propio cuando el resultado todavía es incierto. Allí aparecen dos mujeres santafesinas cuyas vidas quedaron unidas para siempre a Manuel Belgrano.

Nunca se conocieron.

Jamás compartieron un mismo escenario.

Pero ambas participaron, cada una a su manera, de los primeros pasos de la Patria.

La primera fue Gregoria Pérez de Denis.

En octubre de 1810, cuando la Primera Junta envió a Belgrano hacia el Paraguay para asegurar la adhesión de aquellas provincias, la Revolución apenas comenzaba. Nadie podía garantizar que sobreviviera. España conservaba un enorme poder militar y político, y el fracaso era una posibilidad concreta.

Fue entonces cuando Gregoria tomó una decisión extraordinaria.

Sin que nadie se lo exigiera, puso a disposición del Ejército sus haciendas, sus ganados y cuanto fuera necesario para sostener la expedición. No ofreció lo que le sobraba. Ofreció aquello con lo que vivía.

Belgrano agradeció aquel gesto y la historia terminó reconociéndola como la Primera Patricia Argentina. No por un título nobiliario, sino porque comprendió antes que muchos que la libertad también exigía sacrificios silenciosos. (santafe.gov.ar)

Dos años después, el escenario cambió.

Belgrano ya no marchaba hacia el Paraguay. Se encontraba en Rosario organizando la defensa de las baterías Libertad e Independencia, levantadas sobre las barrancas del Paraná. Allí comprendió que sus soldados necesitaban un emblema propio y decidió crear una bandera con los mismos colores de la escarapela.

La tradición histórica señala que la mujer encargada de confeccionar aquel primer paño fue María Catalina Echevarría de Vidal, hermana de Vicente Anastasio Echevarría, amigo y colaborador de Belgrano.

No existe un documento contemporáneo que describa el momento en que tomó la aguja y comenzó a coser. Esa historia llegó hasta nosotros a través de una tradición transmitida durante generaciones y recogida posteriormente por distintos historiadores. La mayoría la acepta como verosímil, aunque reconoce que la documentación directa es escasa. Precisamente por eso conviene distinguir con claridad entre lo que sabemos con certeza y aquello que pertenece a una tradición histórica consolidada. (historia-hispanica.rah.es)

Más allá de ese debate, hay una verdad difícil de discutir.

La bandera no apareció por arte de magia.

Alguien tuvo que buscar las telas, cortar los paños, unir las costuras y transformar una idea en un símbolo.

La tradición atribuye ese trabajo a María Catalina. Y, aunque los documentos no permitan reconstruir cada detalle, su figura representa a todas aquellas mujeres cuyo aporte quedó eclipsado por el paso del tiempo.

Gregoria y Catalina simbolizan dos formas diferentes de servir a una misma causa.

Una sostuvo al Ejército con sus bienes.

La otra, según la tradición, ayudó a dar forma al símbolo que desde entonces identifica a los argentinos.

Ni buscaron honores.

Ni reclamaron protagonismo.

Simplemente entendieron que había momentos en los que cada uno debía ofrecer lo mejor que tenía.

Durante muchos años la historia concentró su atención en las batallas, los gobiernos y los grandes nombres. Poco a poco comenzamos a descubrir otra dimensión de la Independencia: la de las mujeres que organizaron recursos, protegieron información, asistieron a los heridos, financiaron campañas y sostuvieron a quienes marchaban al frente.

Belgrano imaginó una nación fundada en la educación, el trabajo y el compromiso ciudadano. Ese proyecto no habría podido sostenerse sin personas como Gregoria Pérez de Denis y María Catalina Echevarría de Vidal.

Una entregó su fortuna.

La otra, según la tradición, cosió la primera bandera.

Ambas demostraron que la Patria también comenzó a construirse lejos de los campos de batalla.

Y quizá esa sea la enseñanza más vigente de sus historias: los grandes cambios no dependen solamente de quienes ocupan el centro de la escena. Muchas veces nacen del gesto silencioso de quienes, sin esperar reconocimiento, deciden poner lo mejor de sí al servicio de una causa que los trasciende.
“Después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexpresable es la música.”
Aldous Huxley
.
.
The Tambourine Girl.
John William Godward (1906).
114.5 × 76 cms.
Colección privada.
La casa de Asterión
Jorge Luis Borges · El Aleph (1949)

Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
APOLODORO: Biblioteca, ni, I.

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) 1 están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entré el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré-que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo,- aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos; patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo. . Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre. —¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.

lunes, 24 de agosto de 2026

Punta Perdices, Río Negro

Punta Perdices, Río Negro
"Entre las cosas hay una de la que no se arrepiente nadie en la tierra. Esa cosa es haber sido valiente".

Jorge Luis Borges
.
.
.
Un día como hoy, 24 de agosto de 1899, nacía en Buenos Aires Jorge Luis Borges, una de las figuras más extraordinarias de la literatura en lengua española y uno de los escritores que transformó para siempre la manera de entender la ficción. A 127 años de su nacimiento, su obra continúa siendo un territorio inagotable de espejos, laberintos, bibliotecas, sueños y preguntas sobre el tiempo, la identidad y el infinito.

Desde muy joven, Borges estuvo rodeado de libros y creció en un ambiente bilingüe, entre el español y el inglés. Aquella temprana relación con la lectura marcaría profundamente su destino. Con el paso de los años construyó una obra singular, donde la filosofía, la historia, la imaginación y la literatura dialogan constantemente.

Libros como Ficciones y El Aleph lo convirtieron en una referencia universal. Sus relatos demostraron que unas pocas páginas podían contener universos enteros y que la realidad podía ser tan misteriosa como un sueño.

Aunque nunca recibió el Premio Nobel de Literatura, Borges alcanzó algo quizá más duradero: la inmortalidad literaria. Murió en Ginebra en 1986, pero sus palabras siguen multiplicándose en cada lector que se pierde, una vez más, en alguno de sus infinitos laberintos.

El amenazado

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas,
la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes,
los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se
levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.
.
El oro de los tigres, 1972.
Ilustración: Oswaldo Guayasmin.

viernes, 21 de agosto de 2026

Ruta 12, Misiones

Ruta 12, Misiones
Jorge Luis Borges 
La casa de Asterión es un relato breve escrito por Jorge Luis Borges en 1947. Publicado por primera vez en un número de la revista ‘Anales de Buenos Aires’, aunque su inclusión en ‘El Aleph’, uno de los dos volúmenes más famosos de Borges (el otro es ‘Ficciones’) lo hizo bastante más conocido.

El relato es una revisión de un famoso mito griego, "Ariadna, Teseo y el minotauro" de verdad recomiendo leerlo antes de los spoilers, su efecto es tremendo.

Resumen:

 Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.

Apolodoro, Biblioteca, III, 1.
Y Asterión comienza su discurso.

Primero rechaza las acusaciones que sobre él arroja la plebe, no es ni un misántropo, ni un soberbio, ni mucho menos un loco, calumnias que “castigará a su tiempo”.

Luego admite que no sale de su casa, pero da buenas razones para ello. 

En primer lugar es muy grande, de hecho tiene un número infinito de puertas (el texto anota que el original decía catorce, número que para Asterión equivale al infinito), de nuevo desprecia el rumor de que hay una casa parecida en Egipto.

Otra calumnia es que es un prisionero, de nuevo, aunque su casa es tan grande y un laberinto para los extraños. Ha salido a la calle, pero las caras aplanadas de la plebe, sus llantos y rezos de terror que les inspiraba verle, lo terminaron por fastidiar.

Humildemente acepta que aunque su modestia lo quiera, no se le puede confundir con el vulgo.

Tampoco sabe leer, pues, como el filósofo, piensa que nada es comunicable por el arte de la escritura, eso a veces le pesa pues los días son largos.

Aunque tiene muchas distracciones.

A veces corre por las galerías como un carnero en embestida, juega a que le buscan, escondiéndose entre los infinitos (catorce) aljibes de su casa. También juega a estar dormido, en ocasiones realmente lo hace, pero su juego favorito es fingir que ‘otro Asterión’ lo visita y que le muestra la casa.

También reflexiona sobre esta, con infinitos patios, pesebres, aljibes y galerías, todos idénticos, son uno y muchos a la vez.

Por último habla de que cada nueve años, entran a su casa nueve hombres para que él los libre de todo mal, tan pronto los escucha corre alegremente a buscarlos, ceremonia que dura pocos minutos. Ignora quiénes son, pero sabe que uno profetizó al morir, que alguna vez llegaría su redentor, desde entonces no le duele la soledad, sabe que existe y que en algún momento se van a encontrar.

El discurso de Asterión es seguido por estas líneas:

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre. 

–¿Lo creerás, Ariadna? –dijo Teseo–. El minotauro apenas se defendió