No tan distintos...
viernes, 19 de junio de 2026
jueves, 18 de junio de 2026
martes, 16 de junio de 2026
Ray Bradbury nunca imaginó que el mayor peligro para los libros no vendría de las llamas, sino de la comodidad.
Cuando en 1953 publicó Fahrenheit 451, el mundo occidental salía apenas de una guerra donde los totalitarismos habían quemado bibliotecas en serio. El nazismo había convertido la hoguera literaria en ritual político; la Unión Soviética había perfeccionado el arte de hacer desaparecer ideas sin necesidad de fogatas visibles. Bradbury tomó ese horror y lo proyectó hacia adelante, construyendo una sociedad donde los libros no eran destruidos por orden de tiranos furiosos, sino por indiferencia colectiva administrada. Los bomberos de su novela no apagaban fuegos: los encendían. Y el pueblo los dejaba hacer.
Lo que Bradbury vio con claridad perturbadora no fue el totalitarismo de la violencia, sino el totalitarismo del entretenimiento.
En su distopía, los libros desaparecen porque la gente prefiere las "paredes de televisión" — pantallas inmersivas que llenan cada habitación con ruido, velocidad y estímulo permanente. Nadie necesita prohibir a Dostoievski si Dostoievski simplemente aburre. Nadie tiene que quemar a Virginia Woolf si nadie la abre. El fuego en Fahrenheit 451 es, en el fondo, un símbolo redundante: la obra ya estaba destruida antes de arder.
Setenta años después, vivimos dentro de esa metáfora con una fidelidad que incomoda.
Los libros hoy no se queman: se digitalizan. Y esa aparente victoria de la cultura es, paradójicamente, donde la profecía de Bradbury se vuelve más inquietante. Un libro en papel es casi indestructible en lo que respecta al control: requiere camiones, guardias, hogueras públicas. Un libro digital, en cambio, puede ser eliminado de millones de dispositivos con un solo comando de servidor. Amazon lo demostró en 2009 de manera involuntariamente irónica: borró remotamente copias de 1984 de George Orwell de los Kindle de sus clientes, sin previo aviso, por un conflicto de derechos. El libro más famoso sobre el control del pensamiento desapareció en segundos de miles de pantallas, mientras sus dueños dormían.
Bradbury habría reconocido el gesto.
La digitalización masiva del conocimiento concentra el árbol del saber en muy pocas manos. Google Books escaneó más de 25 millones de volúmenes, según datos citados ampliamente en análisis bibliométricos; Amazon controla más del 80% del mercado del libro digital en varios países de habla inglesa. Cuando una plataforma cae, cuando un estándar de formato queda obsoleto, cuando una empresa cambia sus términos de servicio, lo que desaparece no es papel: es acceso. Y el acceso al conocimiento es, en términos prácticos, el conocimiento mismo.
El fuego de Bradbury era visible. Esta quema es silenciosa.
Hay algo más que la novela anticipó con precisión quirúrgica: la velocidad como enemiga del pensamiento. Montag, el bombero protagonista, vive en un mundo donde nadie tiene tiempo de leer porque la vida transcurre demasiado rápido, demasiado estimulada, demasiado llena de fragmentos. ¿Cuántos libros digitales comprados no se terminarán nunca? ¿Cuántas bibliotecas de Kindle dormirán intactas mientras el lector desliza el feed?
El peligro no es que alguien queme los libros. El peligro es que dejemos de necesitarlos.
Bradbury no era un ludita ni un nostálgico del papel por romanticismo. Era un hombre que entendió que la memoria de la humanidad es frágil, que las ideas requieren cuerpos físicos para sobrevivir, y que cada civilización que ha perdido su biblioteca ha tardado siglos en recuperar lo que ardió. La Biblioteca de Alejandría no desapareció en un solo incendio: murió por décadas de negligencia institucional, financiamiento reducido, y una cultura que fue mirando hacia otro lado.
Hoy miramos hacia las pantallas.
Fahrenheit 451 no era una advertencia sobre el fascismo. Era una advertencia sobre nosotros mismos, sobre nuestra disposición perfectamente humana a entregar la complejidad a cambio de comodidad. El totalitarismo que Bradbury temía no necesitaba uniforme: le bastaba con una pantalla brillante y una conexión wifi.
El fuego ya está encendido. Solo que ahora no se ve.
LETRAMUNDI
lunes, 15 de junio de 2026
GINEBRA. SUIZA
Cuarenta rosas amarillas para Jorge Luis Borges, una por cada año de eternidad.
Con una emotiva ofrenda simbólica se rindió homenaje este domingo al escritor argentino en el cementerio de Plainpalais, en Ginebra, a cuarenta años exactos de su muerte.
El color elegido no fue casual: las rosas amarillas ocupan un lugar privilegiado en el imaginario borgeano y remiten a uno de los símbolos más persistentes de su obra.
En su universo literario, la rosa amarilla representa el misterio del lenguaje y la revelación poética.
Está en el título de su cuento “Una rosa amarilla” (de El hacedor, 1960) y en la frase :
“Te ofrezco la memoria de una rosa amarilla vista al crepúsculo, años antes de tu nacimiento”, de “Two English Poems” (El otro, el mismo, de 1964).
Pero, además, Borges dijo varias veces que el amarillo era el color de su ceguera, ya que, al perder la vista, fue el único color que lo acompañó .
Organizado por la asociación Los conjurados, fundada por el argentino Marcos Liyo, que impulsó las jornadas de homenaje a Borges y ofrece tours borgeanos por la ciudad, el acto se realizó para unos pocos privilegiados que pudieron ingresar gracias a un permiso especial: el cementerio cerró sus puertas este fin de semana debido al fuerte operativo de seguridad por la masiva concentración contra el G7 que dejó la ciudad suiza vacía y repleta de policías en una escena inusual para Ginebra.
Alberto Manguel leyó en francés el poema "El remordimiento", de Borges
Con la presencia del escritor Alberto Manguel, que viajó desde Portugal; la especialista argentina residente en Francia Annick Louis; Raúl Tola, Director de la Cátedra Vargas Llosa; Roberto Alifano, secretario de Borges; y el escritor y coleccionista Alejandro Vaccaro, entre otros pocos invitados, el acto fue breve y sencillo, al estilo de Borges.
Al lado de la tumba número 735, donde descansan sus restos desde el 18 de junio de 1986, Liyo anunció que se leerían poemas “de Borges y para Borges”.
Alifano, con su inseparable bastón heredado de su gran amigo, abrió el juego con un haiku dedicado al poeta; Annick Louis recitó en francés el borgeano “Ewigkeit”; Raúl Tola leyó “Cuarenta silencios”, de Alejandro Roemmers, una reversión de su poema “Veinte silencios”; en tanto, Vaccaro y Manguel compartieron los versos de “El remordimiento”, uno en castellano y el otro en francés.
Roberto Alifano, histórico secretario de Borges, dedicó un haiku a su amigo
Roberto Alifano, histórico secretario de Borges, dedicó un haiku a su amigo
A continuación, los asistentes fueron invitados a arrojar una rosa amarilla sobre la tumba más visitada del cementerio de Plainpalai o de los Reyes, en la que se veían algunos lápices y lapiceras a modo de ofrendas.
Había solo dos coronas florales: una de la Embajada argentina en Suiza y otra de la ciudad de Ginebra, donde vivió entre 1914 y 1918 y donde murió el 14 de junio de 1986.
Una tumba, un enigma literario.
Como ocurre con tantos aspectos de la obra de Borges, su tumba es también una obra con símbolos a descifrar.
La lápida fue diseñada por María Kodama siuiendo referencias literarias, históricas y mitológicas que reflejan algunas de las grandes pasiones del escritor.
Se colocó en octubre de 1987, un año y meses después de su muerte.
Es de piedra tallada y tiene dos caras: en el frente hay una imagen con siete guerreros en relieve que sostienen sus escudos y espadas en alto, en plena batalla.
Las armas están rotas o caídas, símbolo de una derrota.
Debajo puede leerse una frase en inglés antiguo:
“And ne forhtedon na”, que puede traducirse como
“Y que no temieran”.
La expresión, que remite a la épica anglosajona que Borges estudió durante décadas, pertenece a “La batalla de Maldon”, un poema épico anglosajón del siglo X que narra la resistencia de un grupo de guerreros frente a la invasión vikinga.
La escena representa a guerreros que avanzan “sin temer” hacia una muerte segura: el coraje ante el destino inevitable.
El reverso de la lápida ofrece otro enigma.
Allí figura una nave vikinga, símbolo del viaje hacia la eternidad, acompañada por una inscripción en nórdico antiguo tomada de la :
“Saga de los volsungos”.
La frase fue citada por Borges en su célebre cuento “Ulrica” y alude a la espada Gram, uno de los objetos legendarios de la tradición escandinava.
Abajo hay una frase que parece una dedicatoria de Kodama: “De Ulrica a Javier Otárola”, protagonistas de su cuento de amor “Ulrica”.
Como señaló Liyo durante la caminata borgeana por Ginebra realizada este sábado, investigadores como Martín Hadis han señalado que estos símbolos condensan varias de las obsesiones intelectuales del escritor: el coraje, las lenguas antiguas, la memoria de los héroes, los laberintos del tiempo y la idea de una literatura universal capaz de unir Buenos Aires con Islandia y las sagas nórdicas con los compadritos porteños.
En la base de la lápida se inscribieron los años de su nacimiento y fallecimiento: 1899-1986, acompañados por una pequeña cruz de estilo celta.
Un autor universal y un lector fervoroso
Después del acto en el cementerio, la comitiva se trasladó a la maison Rousseau, sobre la Grand Rue, en la zona antigua, donde este sábado Borges había interactuado con los asistentes durante la primera jornada de homenaje.
La tarde comenzó con un concierto del grupo “Y su orquesta Quartette”, en el que sonaron tangos y milongas que Borges concibió junto a Astor Piazzolla y Edmundo Rivero.
Luego, la ensayista Annick Louis dictó en francés la conferencia
“Borges universal”, donde repasó con imágenes el impactó del autor en el mundo, sus apariciones en los medios de comunicación argentinos e internacionales, su relación con la política y algunas de las polémicas alrededor de sus declaraciones públicas, especialmente en su país.
El cierre estuvo a cargo de Manguel, con la charla “Borges, un destino literario”, también en francés con algunas intervenciones en castellano, moderada por el escritor colombiano Camilo Bogoya.
Manguel abordó la dimensión del “Borges Lector”, recordando aquella máxima borgeana de que uno es por lo que lee y no por lo que escribe.
Cuarenta rosas amarillas para Georgie
Cuarenta años después de su muerte, el laberinto de Borges sigue abriendo senderos universales.
Este domingo, entre poemas pronunciados en dos idiomas y cuarenta rosas amarillas depositadas sobre la piedra, el homenaje en Ginebra confirmó que algunos grandes escritores ingresan en la eternidad que imaginaron en sus relatos y poemas.
Publicado por
Luis Sarcone
15 de Junio, «DÍA NACIONAL DEL LIBRO» 📖
En la República Argentina🇦🇷
En Argentina, el 15 de Junio es el «Día Nacional del Libro». Esta celebración comenzó en el país, el 15 de Junio de 1908 como "Fiesta del Libro". Se recuerda el día en que se entregaron los premios de un concurso literario organizado por el Consejo Nacional de Mujeres. En 1924, el Decreto Nº 1038 del Gobierno Nacional declaró como oficial la "Fiesta del Libro". El 11 de Junio de 1941, una resolución Ministerial propuso llamar a la conmemoración "Día del Libro" para la misma fecha, expresión que se mantiene actualmente.
Los libros como rica fuente de sabiduría
Los libros son fuente inagotable de sabiduría, que ayudan al hombre a transformar su mundo interior y exterior. Los libros son herramientas para la apertura hacia nuevos conocimientos y valiosos recursos que ayudan en el desarrollo de la creatividad y de las capacidades cognitivas de los niños.
Por otro lado, una buena lectura, puede llegar a transformarse en una excelente terapia para nuestra salud y es un método para forjar la imaginación tanto de los niños como los adultos, además de ser un instrumento universal para forjar valores entre los más jóvenes.
Un buen libro puede servir como una llave para expandir la diversidad cultural entre los distintos pueblos del mundo.
Históricamente, algunos de los libros más leídos en Argentina han sido clásicos de la literatura argentina como "El Aleph" y "Ficciones" de Jorge Luis Borges, "El Martín Fierro" de José Hernández, "Rayuela" de Julio Cortázar y "El túnel" de Ernesto Sábato, junto con obras de autores internacionales como Gabriel García Márquez y Antoine de Saint-Exupéry.
domingo, 14 de junio de 2026
«En la vida de hoy el mundo solo pertenece a los estúpidos, los insensibles y los agitados. El derecho a vivir y al triunfo ahora se gana con casi los mismos requisitos con los que te pueden hospitalizar en un manicomio: la incapacidad de pensar, la moralidad y la hiperexcitación».
Fernando Pessoa, "El Libro de la Inquietud", ayer fue su aniversario.
Recordando a Jorge Luis Borges 🖋️
Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.
Los justos,
Jorge Luis Borges
Ilustración John Montgomery
𝐀𝐮𝐭𝐨𝐩𝐬𝐢𝐜𝐨𝐠𝐫𝐚𝐟𝐢́𝐚
Fernando Pessoa
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que de veras siente.
Y quienes leen lo que escribe,
Sienten, en el dolor leído,
No los dos que el poeta vive
Sino aquél que no han tenido.
Y así va por su camino,
Distrayendo a la razón,
Ese tren sin real destino
Que se llama corazón.
La Madelaine (1892), Ramón Casas
El tugurio Moulin de la Galette en Montmartre era un segundo hogar para el pintor Ramón Casas cuando este estaba en París.
El típico local bohemio en el que la gente (mayoritariamente artistas) se emborrachaba, bailaba y, a ser posible, conocía gente para pasar la noche.
Madeleine Boisguillaime era una de las clientes asiduas del local, una lavandera que probablemente iba a tomar algo tras una dura jornada de trabajo.
En esa época, una mujer sola en un bar, fumando un puro y bebiendo no estaba muy bien visto, pero Casas, lejos de juzgarla, la convierte en el tema de su cuadro y la pinta de forma muy realista y evocadora… despeinada, cansada y con una mirada que transmite de todo.
El pintor aprovecha también para reflejar el ambiente del local en el espejo con una técnica impresionista, transmitiendo muy bien la atmósfera.
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