No tan distintos...
jueves, 2 de abril de 2026
miércoles, 1 de abril de 2026
martes, 31 de marzo de 2026
A veces nos olvidamos de regar el jardín que llevamos dentro por salir a cuidar bosques ajenos. Hoy vuelvo a este recorte, a esta imagen, para recordarme (y recordarte) que el jardín propio es el único lugar donde siempre somos bienvenidas.
¿Qué semilla estás cuidando hoy en tu silencio?
Germana Martin
Arte: Sabina Botti
Está bien que se mida con la dura
Sombra que una columna en el estío
Arroja o con el agua de aquel río
En que Heráclito vio nuestra locura
El tiempo, ya que al tiempo y al destino
Se parecen los dos: la imponderable
Sombra diurna y el curso irrevocable
Del agua que prosigue su camino.
Está bien, pero el tiempo en los desiertos
Otra substancia halló, suave y pesada,
Que parece haber sido imaginada
Para medir el tiempo de los muertos.
Surge así el alegórico instrumento
De los grabados de los diccionarios,
La pieza que los grises anticuarios
Relegarán al mundo ceniciento
Del alfil desparejo, de la espada
Inerme, del borroso telescopio,
Del sándalo mordido por el opio
Del polvo, del azar y de la nada.
¿Quién no se ha demorado ante el severo
Y tétrico instrumento que acompaña
En la diestra del dios a la guadaña
Y cuyas líneas repitió Durero?
Por el ápice abierto el cono inverso
Deja caer la cautelosa arena,
Oro gradual que se desprende y llena
El cóncavo cristal de su universo.
Hay un agrado en observar la arcana
Arena que resbala y que declina
Y, a punto de caer, se arremolina
Con una prisa que es del todo humana.
La arena de los ciclos es la misma
E infinita es la historia de la arena;
Así, bajo tus dichas o tu pena,
La invulnerable eternidad se abisma.
No se detiene nunca la caída
Yo me desangro, no el cristal. El rito
De decantar la arena es infinito
Y con la arena se nos va la vida.
En los minutos de la arena creo
Sentir el tiempo cósmico: la historia
Que encierra en sus espejos la memoria
O que ha disuelto el mágico Leteo.
El pilar de humo y el pilar de fuego,
Cartago y Roma y su apretada guerra,
Simón Mago, los siete pies de tierra
Que el rey sajón ofrece al rey noruego,
Todo lo arrastra y pierde este incansable
Hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
De tiempo, que es materia deleznable.
Jorge Luis Borges,
El reloj de arena
Hay una pregunta que atormentó a la literatura mundial durante décadas: ¿Por qué Juan Rulfo no volvió a escribir? Tras publicar Pedro Páramo en 1955, el mundo se rindió a sus pies, pero él se sumergió en un mutismo absoluto. Cuando le preguntaban, respondía con una timidez cortante: "Es que se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias". Pero la verdad era mucho más compleja y técnica.
El método del "tijeretazo": Escribir para borrar
El proceso creativo de Rulfo no era de acumulación, sino de sustracción. Se sabe que el manuscrito original de Pedro Páramo era mucho más largo y lineal. Rulfo, con una disciplina casi quirúrgica, comenzó a eliminar capítulos enteros, adjetivos y explicaciones.
Su método consistía en dejar solo la estructura ósea de la historia. Quería que el lector sintiera el "aire" entre las palabras. Por eso, en Comala, los muertos no asustan; simplemente están ahí, como el polvo. Rulfo no escribía sobre fantasmas; escribía sobre la omnipresencia de la ausencia.
El escritor que miraba a través de una lente
Un detalle que pocos conectan con su literatura es que Rulfo fue un fotógrafo magistral. Durante sus viajes por el México rural como agente de ventas de llantas Goodrich-Euzkadi, cargaba siempre con su cámara Rolleiflex.
Tomó más de 6,000 fotografías. Su ojo fotográfico dictó su prosa: Rulfo escribía imágenes. Si observas sus fotos de iglesias en ruinas o indígenas de mirada perdida, estás viendo los borradores visuales de El llano en llamas. Él no describía un paisaje; lo encuadraba. Su literatura es, en esencia, una sucesión de fotogramas estáticos donde el tiempo se ha detenido.
El "vicio" secreto: La literatura nórdica
Aunque se le asocia con el polvo de Jalisco, el método de Rulfo bebía de fuentes gélidas. Era un lector voraz de literatura islandesa y noruega (como Knut Hamsun). De ellos aprendió la sequedad del lenguaje. Decía que el español de México era demasiado "barroco y gordo", y su obsesión fue "adelgazarlo" hasta que solo quedara el susurro.
El manuscrito en los cuadernos escolares
Rulfo no usaba máquinas de escribir de lujo. Escribió gran parte de sus notas en cuadernos escolares de espiral mientras viajaba por carreteras polvorientas. No buscaba la inspiración; buscaba el tono de voz de la gente que encontraba en los pueblos. Se sentaba en las plazas a escuchar, no las anécdotas, sino la cadencia del habla. Por eso, cuando leemos a Rulfo, no leemos un libro; escuchamos un murmullo que viene de la tierra.
El final del juego: El silencio como obra de arte
Muchos creen que Rulfo sufrió un bloqueo. La realidad es que su nivel de autoexigencia era tan alto que consideraba que ya había dicho todo lo que valía la pena decir. Prefirió el silencio a la repetición. Se convirtió en un burócrata del Instituto Nacional Indigenista, editando obras de otros, mientras el mito de su "novela perdida" (La cordillera) crecía. Nunca la entregó. Destruyó los borradores porque no alcanzaban la perfección mineral de su primera obra.
Equinoccio de otoño 🍂
Perséfone, hija de Deméter (diosa de la fertilidad y las cosechas), es raptada por Hades y llevada al inframundo para convertirla en su esposa. Deméter, devastada por la pérdida, deja de cuidar la tierra: los cultivos se secan y el mundo entra en una especie de invierno permanente.
Ante esta crisis, los dioses intervienen y acuerdan que Perséfone pase parte del año con su madre y parte con Hades.
Así, cada vez que Perséfone regresa con Deméter, la tierra florece (primavera y verano). Y cuando vuelve al inframundo, Deméter se entristece y la naturaleza se apaga (otoño e invierno).
Rosa William Morris
A la espera de la oscuridad
Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos.
Alejandra Pizarnik
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)