A veces la poesía no llega,
no toca la puerta,
no avisa.
Se queda quieta,
como una semilla
debajo de la lengua.
Y una la siente,
late despacio,
como si el cuerpo supiera
algo que la voz todavía no entiende.
La poesía no es el verso,
ni la rima,
ni la forma prolija
que aprendimos en la escuela.
La poesía es esa grieta
por donde se escapa lo que duele,
lo que arde,
lo que no tiene nombre.
Es el recuerdo que vuelve
cuando menos lo esperamos,
la infancia que nos mira
desde una esquina del alma.
Es la madre,
la hija,
la mujer que fuimos
y la que todavía no nos animamos a ser.
La poesía es un temblor.
Escribirla
es como caminar descalza
sobre una memoria encendida,
es animarse a decir
aunque tiemble la voz,
aunque duela.
Porque hay palabras
que no fueron dichas a tiempo,
y se quedan
haciendo nido en el pecho.
Y un día,
sin pedir permiso,
se vuelven poema.
Entonces entendemos
que escribir
no es ordenar el mundo,
sino habitarlo.
Que no se trata de explicar,
sino de sentir.
Que la poesía no salva,
pero acompaña.
Y a veces,
solo a veces,
eso alcanza.
Ilustración Emi Blouf
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