martes, 5 de diciembre de 2017

Salvadora Medina: mujer de ideas boxeadoras

Por Agustina Bullrich



Hasta diciembre podrá verse en el teatro Puerta Roja ''Las descentradas'', una de las obras de Salvadora Medina Onrubia, la legendaria militante anarquista y feminista, esposa de Natalio Botana, el fundador y propietario del diario Crítica y abuela del escritor e historietista Copi. La obra, dirigida por Adrián Canale y protagonizada por Carolina Tisera, es la excusa perfecta para indagar en la vida de esta mujer que llamativamente (o no tanto) recién en los últimos años comienza a ocupar un lugar en los relatos históricos y culturales oficiales.
''No es muy bueno lo que veo'' dijo la gitana mientras sostenía entre sus manos la de la pequeña.  Y sentenció: ''La niña va a ser diferente, una vida distinta de la de todas las demás mujeres de la familia''. La gitana no se equivocaba. Salvadora Medina Onrubia sería diferente a las mujeres de su familia y a la mayoría de las mujeres de aquella época. Esta mujer que durante largo tiempo fue para el relato histórico dominante, únicamente la esposa de Natalio Botana, el fundador del mítico diario Crítica, comienza a aparecer en los últimos años —a través de la edición de sus obras teatrales y de la publicación de diversos trabajos sobre su vida y su obra— como un personaje con peso propio dentro de la historia cultural argentina. Salvadora Medina Onrubia cometió todos los pecados imaginables para una mujer de principios de siglo: fue madre soltera a los dieciséis, militante anarco feminista, periodista, escritora, dramaturga, y, como si fuera poco, recién aceptó casarse con Botana después del tercer hijo.
Acercarse a la vida de Salvadora no es fácil. Personaje lleno de contradicciones, mujer impenetrable. Una lee y lee sobre su vida y cree estar cerca de algún secreto, de alguna verdad oculta, pero siempre hay una especie de barrera, un territorio infranqueable. ¿Cómo no sentirse irremediablemente atrapado por esa vida donde todo es aventura, pasión, hazañas, grandes gestos, proezas?

Medina Onrubia nació en 1894 en La Plata y vivió su infancia en Gualeguay, Entre Ríos. Hija de una mujer que, ante la muerte del marido, se vió obligada a mantener a la familia trabajando como maestra. Poco y nada se sabe del padre de Salvadora, salvo que ella no llegó a conocerlo y que su figura es tan ausente que ni siquiera hay referencia a esta ausencia en sus escritos.
Muy temprano en su vida ella también debe salir a trabajar. A los dieciséis años quedó embarazada de un hombre que desaparece al enterarse que va a tener un hijo. Pero ella decide tenerlo y mudarse a Buenos Aires. Una gran ciudad siempre es mejor que un pueblo para alguien que no quiere vivir bajo la lupa de los otros. Además, será éste el lugar propicio para concretar sus sueños de artista.
Por esa época Salvadora ya era una ferviente militante anarquista. En Buenos Aires, comenzó a escribir para el diario anarquista La protesta y se convierte en la primera mujer empleada como colaboradora permanente en este diario. Colaborará también con La Nación, El Hogar, Caras y Caretas y otras publicaciones. Al poco tiempo, conoció a Natalio Botana, quien por entonces era un joven periodista que acababa de fundar Crítica y soñaba con transformar el periodismo. Se enamoraron, él se hace cargo del pequeño ''Pitón'', el hijo que Salvadora había traído al mundo sin ayuda de nadie, y con el tiempo vendrán ''Poroto'', ''Tito'' y Georgina, ''la China'', los 3 hijos de Natalio y Salvadora.
Mientras tanto, el joven periodista Botana se convierte en el Randolph Hearst de Latinoamérica, un empresario millonario cuyo poder mediático le permite influir en el devenir político de la sociedad argentina. En su casa se organizaban reuniones y cenas que incluían a l@sintelectuales más destacadas de la escena nacional e internacional de aquellos años: Oliverio Girondo, Alfonsina Storni (con quien Salvadora mantiene desde muy joven una profunda amistad), Federico García Lorca, Rafael Alberti, María Teresa León, David Siqueiros, entre otros.
Entre Salvadora y Natalio habrá idas y venidas, tensiones y acercamientos, amor y odio. Y resentimiento. Resentimiento y celos porque Natalio —escribe Salvadora— le robaba el cariño de los hijos,  los seducía ''con dinero y permitiéndoles todo lo que se les antojaba'',  y porque nunca le perdonaría el haberle regalado aquel arma a su hijo mayor Pitón. Aquel arma que le quitara la vida en un confuso episodio, cuando solo tiene 17 años. Algunos, los que no querían nada a Salvadora, la culparían a ella de la muerte del hijo, porque, dicen, le dijo en medio de una pelea que Natalio no era su verdadero padre, y después de eso Pitón se pegó un tiro. Otras versiones de la historia, como la biografía de Josefina Delgado, narran un episodio más confuso donde no queda claro si se trató de un suicidio o de un accidente y recuerdan la resistencia que opuso Salvadora, con todas sus fuerzas, a ese arma que el padre regaló al hijo.
Luego de la muerte de Pitón esta mujer que había hecho frente a todas las dificultades de su vida, parece por primera vez, darse por vencida. El dolor era demasiado fuerte y el alcohol estaban allí para aliviar, aunque sea por momentos, esa pena. Algunos viajes, la escritura y su continuo compromiso con la causa anarquista son algunos de los factores que logran sacarla de esa profunda depresión, aunque algunos dicen que en realidad ya nunca fue la misma.
Hasta aquí algunos de los hechos más significativos en la vida de Medina Onrubia, quien tras la muerte de Natalio se hace cargo del diario y muere en Buenos Aires en 1972.
Dividida, dual, plagada de contradicciones. Así se la intuye al leer sobre su vida: ''Mi karma es vivir a medias entre dos vidas'' le dice Salvadora a Siqueiros en una de esas charlas que tenían los dos cuando el mejicano estaba viviendo en la casa de Don Torcuato de los Botana, donde pintó aquel famoso mural. Una mujer que milita activamente en el anarco feminismo, yendo a visitar a compañeros detenidos, ayudando a conseguirle trabajo a obreros despedidos, colaborando con periódicos anarquistas, yendo a movilizaciones populares —es la primera mujer que habla en público en un acto del 1º de Mayo—, luchando infatigablemente y consiguiendo finalmente la liberación del anarquista Simón Radowitzky, condenado por el asesinato del coronel Falcón.
Salvadora es el nombre inseparable de cualquier historia del movimiento libertario argentino de los años 20. Fue detenida en 1931 durante el gobierno de facto del general Uriburu, a quien le mandó aquella inolvidable carta donde le manifestó todo su desprecio y rechazó su indulto por considerar que no ha cometido ningún delito que deba ser perdonado. Esta mujer estuvo casada con el hombre que desde su diario Crítica tanto ayudó a la conspiración que derrocó al gobierno democrático de Hipólito Yrigoyen e hizo posible ese mismo gobierno de facto. La misma mujer que vivía rodeada de lujos, unida en matrimonio con aquel hombre millonario al que por momentos tanto parecía aborrecer por encontrarlo tan egoísta, negociador, ambicioso, y sobre todo por haberla atrapado ''en una red de la que no pude escaparme sino mucho después. Cuando ya no sabía realmente si servía de algo escapar''. Y será esto justamente lo que marcará y atravesará la vida de Salvadora: ese despreciar a Botana por todo lo que le resulta ajeno a sus valores y a su vez amarlo y no poder despegarse nunca de él, por todo lo que los une a pesar de todo. Ese no poder escapar, o no querer, o no poder querer.
''Las descentradas'', la obra que puede verse por estos días en Puerta Roja, tiene que ver justamente con este sentirse fuera de lugar. ''Ovejas negras'' entre la burguesía e ''inmaculadas'' entre las ovejas negras. Esta obra, que fue estrenada por primera vez en el Teatro Ideal en marzo de 1929, fue la más exitosa de Salvadora, quien además de publicar diversas piezas de su autoría, tradujo obras del inglés y el francés. Los comienzos del siglo XX no eran épocas fáciles para las mujeres con vocación literaria. Escribió Victoria Ocampo en su autobiografía que ''en aquellos años la actitud de la 'sociedad' argentina frente a una mujer escritora no era precisamente indulgente. Lo que decía Jane Austen a mediados del siglo XIX seguía en vigencia: 'Una mujer, si tiene la desventura de saber algo, deberá ocultarlo tan cuidadosamente como pueda'. Era escandaloso, tanto como manejar un auto por las calles de Buenos Aires''.
Pero Salvadora no era de las que ocultan para quedar bien.  Y ''Las descentradas'' es una obra que bucea en esas hipocresías de las buenas costumbres de principios de siglo. Las descentradas son estas mujeres que escapan al estereotipo femenino de las primeras décadas del siglo XX. ¿Qué debe ser una mujer? ¿Qué debe hacer? ¿Qué le está permitido? ¿Qué no? La protagonista de la obra, Elvira Ancizar, una mujer que cuestiona la institución del matrimonio y que vislumbra la posibilidad de un amor más allá de las instituciones, dice en un momento: ''A pesar de ser mujer, me permito el lujo de tener ideas ¿sabe? Yo tengo ideas boxeadoras. Ideas que se dan directas y crosses y swings con la vida (...) Sólo soy un bicho antisociable y salvaje que tiene la desgracia de ver cosas raras que nadie ve''. Eso son las descentradas, mujeres que se permiten el lujo de tener ideas, salirse del rebaño, ser diferentes. Y eso fue Salvadora, eso que una gitana pudo ver en sus manos cuando todavía era una niña.

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