viernes, 28 de octubre de 2016

De Ischigualasto a Talampaya



En el rojo cañon de Talampaya, las paredes alcanzan los 160 metros de altura.

Son hermanos, geológicamente hablando, y vecinos de frontera. De un lado, San Juan con su valle lunar; del otro, La Rioja y la grandiosidad de un territorio con más pinta de Marte que de este planeta.


Ambas son áreas protegidas: Ischigualasto, una depresión que muestra a flor de tierra sedimentos de la era Mesozoica, es Parque  ProvincialTalampaya, la confirmación de lo que fuera una fecunda expresión de excesos tropicales durante el Triásico, es Parque Nacional. 

Juntos forman una inmensa cuenca donde los rastros prehistóricos se manifiestan entre yacimientos de fósiles y huellas arqueológicas. Una y otra geografía se nos antoja bizarra, pero sólo es la consecuencia de una erosión de viento y agua que se tomó millones de años para modelar las formas a las que bautizamos con nombres que la imaginación asoció con morfologías conocidas.

La fórmula convencional es visitarlos en el mismo día. Los apurados alegan que en dos-tres horas por Parque  es suficiente, y tan contentos. Pero la recomendación de LUGARES es dedicar un día a cada uno. De ansiedad, ni hablar.    

A San Agustín del Valle Fértil


Confieso que me estrené en la visita a estos monumentos naturales, y no tuve mejor idea que viajar con un sanjuanino y un riojano, a los que tuve que soportar discutiendo –educadamente– sobre que Ischigualasto es riojano y Talampaya sanjuanino. Que por qué uno es provincial y el otro nacional. Y así. 

Lo cierto es que bien distintos son y fuera de toda interna, estos Parques pertenecen a la humanidad toda, pues fueron reconocidos como Patrimonio Natural por la UNESCO apenas comenzó este milenio. Más allá de sus atractivos y riquezas, la diferencia entre ambos es bien marcada: Ischigualasto tiene gran valor científico y Talampaya regala vistas impactantes.

¿Cuál conocer primero? Depende por dónde vaya. Hay dos opciones: si arranca en San Juan, lo indicado es hacer base en San Agustín del Valle Fértil; si en La RiojaVilla Unión es la respuesta. Sólo hay que tomar la decisión de moverse 60 km al sur u otro tanto hacia el norte.

Nosotros, si bien volamos a La Rioja, el recorrido de los Parque s lo iniciamos en San Juan; después cruzamos a Talampaya, y como cierre, añadimos un programa extra: Chilecito. Así lo habíamos combinado con Alejo Piehl, guía experimentado con sede en esa localidad, con quien hemos cumplido más de un provechoso recorrido por la zona. 

Así fue que salimos una mañana de La Rioja capital con dirección al oeste, por la RN 38 (la misma que cruza  la provincia de Córdoba) rumbo a Patquía, para seguir a Los Baldecitos por la RN 150, y de allí aSan Agustín del Valle Fértil por la RP 510, la que conecta directamente con Ischigualasto

Grande fue nuestra sorpresa cuando vimos que el asfaltado de la 510 está a punto de llegar a su fin; los 80 km de ripio que había que transitar serán, en breve, historia.

Sepa que en San Agustín abunda la oferta de pensiones y cabañas, además de hosterías, algún camping y aparts. El pueblo trabaja a pleno durante los fines de semana  largos y las temporadas altas, esto es, vacaciones de invierno y Semana Santa. Fuera de esas fechas clave, la paz es absoluta. Sólo unos pocos mantienen las puertas abiertas todo el año, pero esto no quiere decir más que eso: que están abiertos. Ausencia de calefacción, desayunos flacos, comedores cerrados, son detalles a tener en cuenta para aclarar cuando haga las reservas.

El elegido de muchos visitantes es el Hotel Valle Fértil, una mole que asoma en lo alto, perteneciente a la cadena de hoteles Alkazar, la más importante de la capital sanjuanina. El Valle Fértil ocupa un edificio que fuera del Automóvil Club; cuenta con 38 habitaciones que miran al horizonte de cerros y un pequeño lago, producto del dique vecino. Angela de Marco, su gerente, nos llevó a  conocer las cabañas que fueron construidas dentro del predio del hotel; son una excelente opción para instalarse en la antesala al Parque , y muy recomendables, ya que tienen la virtud de ser amplias y de estar bien equipadas. 

Ischigualasto


Todo el mundo lo conoce como Valle de la Luna, y los geólogos lo llaman Cuenca Triásica de Ischigualasto. Se trata de una gran depresión que muestra sobre su superficie antiguos sedimentos pertenecientes al Triásico, dentro de la era Mesozoica, esto es, unos 230 millones de años atrás. En ese impensable pasado, el mundo que hoy conocemos estaba habitado por plantas e invertebrados; cuando comenzó la era de los reptiles, éstos no tuvieron competencia y evolucionaron como seres únicos. Ischigualasto da fe de esa hegemonía, constituyéndose en uno de los yacimientos paleontológicos más importantes de la Tierra. Como muestra basta un botón: al Eoraptor Lunensis, un depredador tan antiguo como este valle, se lo puede ver en la carpa del Museo de Ciencias Naturales que está pegadito a la entrada del Parque . 

Los voluntarios de este museo, que depende de la Universidad de San Juan, organizan visitas guiadas –las recomendamos vivamente– para una mejor y más completa comprensión de este territorio y sus tesoros. Mientras tanto, todo el equipo del museo espera ver cumplida la promesa de contar con un edificio nuevo donde desarrollar y exponer los fósiles que científicos y estudiantes rescatan de entre las piedras. 

La visita sólo puede realizarse con guía, así que cuando llegamos pudimos sumamos a un grupo que justo acababa de armarse. 

Dentro de las 63 mil hectáreas que abarca Ischigualasto, sólo una muy delimitada área está habilitada para los turistas. El resto es motivo de estudio y conservación.
Apenas pisamos la pedregosa Cancha de Bochas, con sus muchas formas redondeadas, casi perfectas, desparramadas por el suelo, el previsible comentario de los turistas no se hizo esperar: “Es tipo la luna ¿viste?”. Es que se le parece tanto… Pero la explicación del por qué un  territorio frondoso y húmedo se transformó en carbón y roca, nos impresionó a todos por igual, sumiéndonos en un silencio lleno de asombro.    

A medida que la tarde avanzaba, la luz se empeñaba en resaltar los contornos de esas figuras de tierra y milenios a las que reconocemos como el Submarino, el Gusano, el Hongo… Poco a poco, éstas y otras representaciones fueron desapareciendo en el marco de sombras del atardecer. 

Hacia el norte, la formación Los Colorados y sus murallones todavía encendidos de sol crepuscular, contrastaban con las piedras verdosas del valle. La imagen nos recordó que otro paisaje asombroso nos esperaba para el otro día.

Talampaya


Hicimos los 60 km que separan Ischigualasto de Villa Unión e hicimos noche allí, en el hotel Pircas Negras. La calidad de sus sommiers y la potente ducha, dos entelequias –por ahora– en esos pagos, justificaron la elección. 
A la mañana siguiente, dimos una vuelta por la plaza del pueblo y su iglesia. La vista del Famatina ennoblece a este pueblo, dedicado a la producción de vino torrontés. Después enfilamos directo al Parque  de los rojos murallones. 
Pagamos los seis pesos de ingreso, dejamos el vehículo. 

La recorrida del Parque , que se realiza sin vehículo propio y después de pagar los seis pesos correspondientes de la entrada, contempla tres circuitos diferentes: El MonjeLos Cajones –el punto donde nace el río Talampaya, con un ancho del cajón de siete metros– y la Ciudad Perdida. Los dos primeros están a cargo de la empresa Rolling Travel, que ganó la licitación el año pasado para hacerse cargo de la explotación turística del Parque . Los turistas pagan según el recorrido, que incluye guía y traslado en camionetas doble tracción. La empresa trabaja con choferes y guías de la zona. De la Ciudad Perdida se hace cargo la Cooperativa de Transporte de Villa Unión; hay que llamarlos con antelación y salen con un mínimo de cuatro pasajeros.

Nosotros optamos por una tercera vía, la especialidad de Alejo –guía autorizado del Parque–, y que fue caminarlo durante un par de horas. La experiencia, altamente recomendable, no requiere más esfuerzo que el de mover los pies y levantar un poco más las piernas de lo habitual para trepar hasta un mirador. Hicimos el primer tramo que incluye la Quebrada de Don Eduardo, llamado así por su pasado de camino de arrieros y en homenaje, quizás, a uno de esos tantos hombres que llevaban ganado en esos caminos desérticos.

Nos internamos de a poco en el sector de los paredones que alcanzan los 160 metros de alto y que tan pequeños nos hicieron sentir. Todas las tonalidades ocres y rojizas se fueron desplegando a nuestro paso, en formas puntiagudas de perfiles escabrosos. Bajo nuestros pies, el lecho arenoso del río que cuando corría, lo hacía a favor del viento. Arriba, las soberbias crestas de esos abismos entre los que nos gustaba jugar a medirnos para tomar conciencia del tamaño pulga que ahí cobra el ser humano. Lo primero que descubrimos fue El Monje. Después hicimos un alto en El Mirador; aquí Alejo nos contó que una vez se encontró a dos turistas en cueros y ojotas caminando por el cañadón, tan panchos ellos, en busca del río para tomar mate. No sabían que por aquí el agua es una ausencia de milenios y que dejó su memoria en las asombrosas formas que muestra el entorno. La erosión fluvial y eólica se aprecia en una inmensa superficie de 215 mil hectáreas, que ocupan dos departamentos provinciales: Independencia y Felipe Varela.

Bajamos por El Tobogán, entramos por El Cañón, vimos Las Catedraleslas Agujas; gritamos en La Chimenea para comprobar el efecto múltiple de un eco poderoso que es capaz de reiterarse hasta casi cuatro veces, según la potencia que se le imprima al grito. Ahí mismo, se abre el Jardín Botánicopoblado de la flora local: jarillas, chañares, algarrobos y espinos. La vuelta la sellamos con observación de petroglifos de 600 a 1.000 años de antigüedad, y los famosos dibujos de  personitas que parecen lucir casco y antenas, detalles que suscitan las inesquivables alusiones a seres extraterrestres. 

Nuestro paseo transcurrió en un tiempo pleno de serenidad, sólo interrumpido por la inesperada –y festejada– aparición de una familia de guanacos que se hizo humo también de golpe. A los pocos minutos, detectamos un cóndor nos vigilaba desde el murallón y eso fue todo durante las horas que anduvimos, inmersos en la inmensa soledad del Parque. Y pensar que en la última Semana Santa, por aquí llegaron a pasar hasta 1.300 personas por día.

Chilecito, la yapa

Desde Villa Unión, el camino lleva necesariamente a atravesar la increíble Cuesta de Miranda, a mi juicio uno de los caminos más lindos del país. Así que después de saciarnos de curvas, cerros muy colorados, verdores, cardones, y algún que otro caserío que se aparecía en la escena como pintado, llegamos a Chilecito de muy buen humor. El plan de pasar unos días en La Finca del Paiman, propiedad de los Phiel, estuvo más que acertado. La finca, escondida en un recodo del camino, mira a los cerros circundantes, y propone hacer base en un ámbito absolutamente familiar y acogedor. 

Era el cobijo que necesitábamos antes de encarar merodeo por los alrededores de Chilecito, ciudad que surgió de la explotación minera. Poblados y capillas dibujan una postal a cada paso, entre chacras de nogales, membrillares y viñedos. Aquí se puede sentir la calidez del viento Zonda, antes que cubra todo de polvo y se mezcle con el frío de la mañana. 

Si tiene tiempo, no deje de visitar los museos que cobijan retazos del pasado y un poco de biografía de sus protagonistas, como Joaquín V. González, ministro de producción en tiempos del cable carril. Ni deje de hacer una escapada a los pueblos del norte riojano, para comprobar que ahí arriba la provincia mantiene intacta su esencia.


La última estación


Un paseo increíble es llegar hasta la estación 9 del cable carril de la mina La Mexicana. Hay que trepar en camioneta doble tracción los 4.600 metros por senderos angostos. Hay que pedir permiso a la empresa que ahora está a cargo de la exploración, y hay que cruzar el río amarillo que nace de las vertientes delFamatina y baja de ese color por los pigmentos que arrastra. Las paredes rocosas y sus texturas cambiantes y coloridas es una tentación para los fotógrafos.
Con sus torres que parecen suspendidas en el aire, montadas a semejante altura, esta mina funcionó desde 1904 hasta 1914. Fue una obra de vanguardia tecnológica que se le debe a la empresa alemana Bleichert, de Leipzig, y explotada por los ingleses. En su recorrido de 34 km, el cable carril trepaba hasta los 4.400 metros del Famatina, desde la estación del ferrocarril que estaba a la entrada de Chilecito
Del oro que extrajeron de la mina y se llevaron, nada sabemos, pero sí el número de torres que tuvo –269– y las estaciones, que fueron nueve. 
Edificaciones de piedra, dormitorios para operarios, obras hidráulicas para abastecer al personal con el agua de las vertientes, 650 vagonetas que se desplazaban a 40 km por hora por cables que movían motores a vapor… Quién necesitaba el acarreo a mulas con semejante tecnología. Si hasta tuvo una de las primeras líneas telefónicas del país esta mina. 



Por Julia Caprara
Fotos: Iván Zabrodski


Publicado en REVISTA LUGARES 111.

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