lunes, 8 de agosto de 2016

El duende de García Lorca


Federico García Lorca llegó a Buenos Aires el 14 de octubre de 1933, invitado por Lola Membrives para presentar "Bodas de sangre". 
No fue el único gran acontecimiento teatral de Federico, en una estadía que se fue dilatando y dilatando, porque no quería irse. Y fue así que en nuestra ciudad también estrenó “La zapatera prodigiosa”, “Mariana Pineda”, y escribió gran parte de “Yerma”, cuyos dos primeros actos leyó más de una vez a grupos de amigos.
 Iba a quedarse un mes, pero la Ciudad le gustó tanto que estuvo medio año. Se alojó en la habitación 704 del hotel Castelar, que hoy se conserva vacía, con una ambientación que lo recuerda y los mismos pisos de madera y mosaicos que pisó García Lorca.


Estaba encantado con la Avenida de Mayo, con la gente, con los artistas, con los amigos, aquí conoció a Neruda, por ese entonces cónsul o vice-cónsul de Chile, a Raúl y Enrique González Tuñón, a Borges, que nunca lo comprendió y decía que era “un andaluz profesional”, a Rojas Paz, a Girondo, a Victoria Ocampo, a Alfonsina Storni, en fin…Se quedó seis meses, y se fue, como dicen los franceses “ a contracoeur”, y sus amigos, en el puerto, lo despidieron llorando a lágrima viva, quizás presintiendo algo, tal vez que ya no se verían. 




 "Cuentan que él se asomaba al balcón, miraba la Avenida de Mayo y se inspiraba para escribir", asegura Alex Marrone, gerente operativo del hotel. Hoy la vista desde ese balcón, es la misma que inspiró al poeta andaluz: el edificio de la Unión Industrial Argentina, los árboles de la avenida. "Buenos Aires tiene algo vivo y personal; algo lleno de dramático latido.



 Yo sé que existe una nostalgia de la Argentina, de la cual no quiero librarme", dijo Lorca. Jamás pudo volver. El 19 de agosto de 1936, los franquistas lo fusilaron "por maricón, por rojo y por poeta".

El diario “Crítica”, publicó una espléndida y dolorosa nota de Pablo Rojas Paz: “Yo no sé que decir de esta muerte. Pero ella ha llegado en medio de tanta muerte; su flor roja y negra ha brotado entre tantas flores de desgracia. Y el poeta, como un dios de su propio destino, con su mediodía brillante, ha entrado sonriente en la noche. Otros harán el elogio de su obra, pero yo hablo del amigo que conocí y del español que admiré”. Finalizaba con estas tremendas palabras: “Sombra y silencio sobre su tumba; sombra y silencio sobre España”.

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