martes, 20 de octubre de 2015

Elogio de los cafés, esos lugares donde escapamos de la soledad

Entrevista al antropólogo Marc Augé
Los cafés, dice el intelectual, tienen una función social más importante que en el pasado porque ahí la gente se vincula y se puede mezclar con otros que son diferentes.


Fabio Gambaro
La Reppublica
“Sentados en la mesita de un café se oscila entre la nostalgia y la expectativa de una sorpresa.” Desde siempre Marc Augé ama frecuentar los célebres locales parisinos, de los que aprecia la atmosfera confortable, las conversaciones improvisadas, el tranquilo transcurrir del tiempo, como también la disposición espacial que, sin excluir a nadie, favorece la comunicación con los otros. A estos lugares típicos de la ville lumière cargados de historia y reminiscencias literarias, el célebre antropólogo de la modernidad dedica ahora un pequeño e interesante ensayo en el cual se alternan los recuerdos personales y las reflexiones agudas: Elogio del café de París.
No sin un dejo de melancolía, Augé analiza la fascinación que estos lugares ejercen en los clientes, destacando también la involuntaria función social orientada a facilitar el contacto entre los individuos, dando así una respuesta a nuestra necesidad –“inconsciente, ilusoria o superficial” – de fortalecer las relaciones con los demás. “Para mí, los cafés no son sólo un objeto de estudio”, explica el octogenario intelectual francés, autor de ensayos célebres como Los no lugaresEl viajero subterráneo: un etnólogo en el metro, y El antropólogo y el mundo global.
-La tipología de los cafés es muy variada. ¿Cuál es el elemento que los caracteriza?
-Al entrar a un café se tiene siempre la impresión de un encuentro posible. De hecho, es un lugar que favorece la comunicación y el intercambio. En sus mesitas es posible entablar relaciones con ocasionales desconocidos, sin contar a los camareros o los habitués. Aunque esté marcado socialmente por el barrio en el que se encuentra, el café sigue siendo un lugar en donde es posible mezclarse. El café no es un club y no excluye a nadie. Es un espacio abierto a otros espacios, a la calle y a la vida. Es una heterotopía, como decía Michel Foucault, que aun siendo artificial puede tener raíces profundas que lo liguen al pasado.
-¿Qué tipos de relaciones nacen ahí?
-Son relaciones que casi siempre existen sólo en ese lugar, produciendo una suerte de familiaridad que, aunque efímera, sigue siendo significativa. Son relaciones de superficie, en las que cuenta sobre todo el gesto del intercambio más que sus motivaciones y sus contenidos. Estas relaciones son útiles, sin embargo, porque tienen un carácter ritual y por tanto nos ayudan a vivir. Desde este punto de vista los cafés tienen hoy una función social más nítida e importante que en el pasado. Ofrecen la oportunidad de una relación en una sociedad a menudo dominada por la soledad de los individuos. En el café nos es dada la posibilidad de sentir que existimos a través de la mirada de los otros.
-Los cafés están también caracterizados por una relación particular con el tiempo.
-En esos lugares no se conoce la premura, se entra para quedarse. En un café podemos pasar el tiempo trabajando, estudiando, escribiendo o simplemente mirando alrededor, observando el espectáculo de la vida. Este marcado uso social y cultural del café es probablemente una característica típicamente francesa. Y si en sus mesitas estamos tan bien, es porque nos sentimos en nuestra casa y en otro lado simultáneamente, experimentando una dimensión de familiaridad muy particular. Sentado en un café, uno tiene la sensación de escapar de la soledad doméstica pero de estar, a la vez, en un lugar conocido y seguro. A lo mejor es por esto que algunos escritores eligen el café para escribir sus novelas.
-No es casual que muchos cafés estén ligados a una cierta tradición literaria e intelectual.
-En efecto, a la mitología y a la fascinación de los cafés contribuyó mucho la sobredeterminación simbólica de la cultura, dado que en estos lugares a menudo se han encontrado artistas y escritores. Algunos movimientos intelectuales están particularmente ligados a los cafés, desde el surrealismo hasta el existencialismo. Cuando esos grupos marginales se vuelven conocidos, se tiende a ennoblecer esos lugares. En París hay muchos lugares así, que gracias a su pasado literario se han vuelto sitios elegantes y costosos.
-Usted argumenta que en los cafés existe una dimensión novelesca…
-Entrando en un café sabemos que siempre puede ocurrir algo y por tanto casi inconscientemente estamos a la expectativa de algo. Mirando en torno y observando a los otros clientes, recogemos fragmentos de historias vividas que nuestra imaginación puede reconstruir como uno quiere, obedeciendo a los estímulos de la fantasía. Sentándonos en una mesita, alcanzamos una suerte de pasividad atenta, como cuando leemos una novela. Estamos abiertos a la sorpresa, a la aventura, a los encuentros, a las conversaciones, etcétera. En el fondo, entrar a un café es una manera de vivir algo inesperado. Desde este punto de vista, el que se permite atravesar este tipo te experiencia es siempre un poco un aventurero de lo cotidiano.
-¿En definitiva, el café es un lugar o un no-lugar?
-En realidad depende de nuestra disposición y de las relaciones que tenemos con su espacio. Los cafés pueden ser no-lugares provisorios y de pasaje, pero también lugares de imaginación y de encuentro. Depende de nuestra disposición y de las relaciones que se entretejen con los otros. Los cafés son por tanto una posibilidad que podemos usar o no, es decir pueden ser lugares o no-lugares.
-¿Por qué considera el café como un símbolo del arte de vivir francés?
-Porque expresa el arte del encuentro, que probablemente es típicamente francés. Con el tiempo, claro, el café se ha transformado. Al comienzo era un lugar poco recomendable donde se iba más bien a beber, luego se pudo comer también, al principio modestamente y después de manera cada vez más refinada. Poco a poco se convirtió en un símbolo de cierta autenticidad, que hoy se contrapone a la lógica de las cadenas de fast food. Los cafés son lugares simples, no muy caros, donde uno se siente bien y donde se trasmite cierta tradición gastronómica. De esta tradición de autenticidad nace la dimensión nostálgica que lo caracteriza.
-¿Usted frecuenta todavía los cafés parisinos?
-En el pasado los frecuenté mucho, hoy un poco menos. Por ejemplo, en los años en que enseñaba en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, a menudo daba el seminario en un café cercano. Algunos sitios desaparecieron, otros cambiaron, algunos conservaron su apariencia antigua. A veces vuelvo. Y del mismo modo que en los cafés está presente una dimensión nostálgica, estos espacios se prestan particularmente a la reflexión personal sobre el tiempo que pasa, al análisis de los propios sentimientos y de los propios recuerdos. Que es un ejercicio siempre interesante.
© La Repubblica. Traducción: Andrés Kusminsky

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