lunes, 15 de junio de 2015

Palacio Leloir, la perla de Retiro

Secreta Buenos Aires.

Lo diseñó el arquitecto Alejandro Christophersen en 1905 y en 1944 fue comprada por el Circolo Italiano: tiene un restaurante.

En el país y en Buenos Aires, el apellido Leloir está asociado a Luis Federico, ese científico argentino que, en 1970, fue galardonado con el premio Nobel de Química. También con la fundación que lleva su nombre. Pero en la Ciudad hay una construcción que suele pasar desapercibida dentro de la geografía porteña: el Palacio Leloir. Construido en la primera década del siglo XX, es una perla del barrio de Retiro que, con su historia centenaria, pudo eludir el escaso criterio de quienes suelen proponer demoliciones en nombre de la modernidad.
La hermosa residencia está en Libertad 1264 y en el frente todavía luce una artística reja que separa la calle con lo que en la tradición francesa se conocía como el patio de honor. Es decir: un jardín con entrada para carruajes que era una especie de antesala para llegar al palacio propiamente dicho. Entonces allí se destaca la gran fachada de estilo academicista francés (se nota su composición simétrica) con toques del Art Noveau que se delata en las columnas y la marquesina. El diseño estuvo a cargo de Alejandro Christophersen (Cádiz, 1866/Buenos Aires, 1946) por un pedido que, en 1905, realizó Isabel E. de Ocampo. Sin embargo, en 1914, aquella obra fue comprada por el matrimonio que formaban Antonio Leloir y Adela Unzué.
Leloir y Unzué se habían casado en agosto de 1900 en una gran ceremonia realizada en la iglesia de La Merced. De ese matrimonio nacieron cuatro hijos: Adela, Clara, Mercedes y Antonio. El palacio consta de planta baja y dos pisos. En su origen, la planta alta albergaba los dormitorios y tanto los salones como esos sectores están decorados con el estilo típico de esos tiempos: cielorrasos con molduras, mármoles y pisos de roble. Todos los herrajes y ornamentos son de bronce.


En 1944, la residencia fue comprada a la viuda de Leloir por el Circolo Italiano di Buenos Aires para instalar allí su sede. El club, fundado en 1873, cuando la colonia italiana en la Argentina ya superaba los 200.000 ciudadanos, lo compró después de vender su sede anterior que estaba en Florida casi Corrientes. Fue la última mudanza después de haber recorrido otros seis lugares anteriores en edificios alquilados. Lejos de despreciar el magnífico edificio, los nuevos propietarios lo revalorizaron dándole brillo a las arañas de cristal, los mármoles y la boiserie hecha con maderas nobles. También actualmente resalta la biblioteca con vitrinas, en donde se guardan diccionarios y enciclopedias históricas vinculadas con la cultura italiana.
Un párrafo aparte merece el Circolo Massimo, un restaurante especializado en alta cocina italiana que desde hace unos años funciona en la planta baja de la misma residencia. A la magia del edificio (donde se conserva desde el estaño original de la barra del bar hasta la espectacular vista al jardín que está en la parte de atrás del palacio, con un árbol centenario), se le suma lo que los artísticos cocineros llaman “el recorrido sensorial por las tentaciones de cada región italiana”. En ese desfile de sabores es obvio que la vedette son las pastas, aunque las carnes, los embutidos típicos y los quesos no se quedan atrás. También tienen salones para reuniones empresariales y fiestas sociales.
Desde mayo de 2008 el majestuoso edificio del Circolo Italiano fue declarado Sitio de Interés Histórico y Cultural, algo que tal vez Alejandro Christophersen nunca imaginó cuando lo diseñaba.
Y es probable que tampoco lo haya pensado al planificar muchas de las magníficas obras arquitectónicas que su talento creativo dejó en Buenos Aires. La lista incluye muchas residencias (como el Palacio Anchorena, actualmente sede de la Cancillería Argentina, en Arenales 761), edificios públicos (como el de la Bolsa de Comercio, inaugurado en 1916) o la impactante Basílica de Santa Rosa de Lima, en la avenida Belgrano y Pasco. En la construcción (se inauguró en 1934) se destaca una imponente cúpula central revestida en cobre y sostenida por un círculo interior con dieciocho columnas de mármol verde. Pero esa es otra historia.

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